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Bogas y Carpas enormes frente a la Ciudad -- Luis “Lala” Kurz


- ¡Mira que a las cuatro de la tarde tengo que estar en el centro! ¡Si no llego a esa hora mi mujer me mata y me mudo a tu casa!
- Quedate tranquilo. Antes de las tres estás de vuelta.

La contestación de Lito (Gabriel Verde) sonó segura.

- O “la tiene clara”, o le sobra una habitación en la casa...

A las siete en punto estaba en la guardería bajando la legendaria “Lala”.
Siempre ante la expectativa de una salida, me pregunto: ¿arrancará esta vez?
El motor “tosió” un par de veces y un humo azulado me dio la respuesta: siempre lista.

- ¿Y Lito… a dónde vamos?
- Frente al Club de Pescadores de la Costanera.
- ¡Dejate de jorobar! Vamos a la Depresión…

Luego de media hora de navegación por el canal Costanero, estábamos fondeando cerca del Club aprovechando la ceba que tiran todos los días. El lugar es a río abierto, pero con la Costa a la vista. Hay una corriente muy importante y se está expuesto a los fuertes vientos. A lo lejos, se pueden divisar las piedras de la escollera de Dársena Norte.

Apenas tiramos las líneas de fondo, Lito empezó a tener respuestas. La verdad es que lo miré como clavaba, una tras otra, unas bogas (Leporinus obtusidens) que rondaban entre los dos y tres kilos, mientras yo no podía “embocar” ni una.
Ya al borde de un ataque de nervios, me explicó la técnica: para tener éxito en esta zona el tema es que hay que sentir los pequeños toques en la línea y en ese instante hay que clavar. Si se deja que las bogas coman, se pierden.

Las carnadas empleadas fueron masa y maíz remojado, ya sea en esencia de vainilla o en almíbar de durazno. El corazón no funcionó y al salamín lo tuvimos que comer nosotros ya que a las bogas no les interesó.

Tuve la suerte de clavar una carpa que acusó un peso de cinco kilos, un verdadero desafío dominar ese porte con equipos livianos. La estrella bien ajustada, ya que las corridas fueron increíbles, y la música de la chicharra sonando a más no poder.

Hicimos la pesca con el río en bajante. Además de la carpa levantamos unas doce bogas de las cuales dejamos cinco a bordo. El resto fue devuelto cuidadosamente al agua.
Esta es la segunda vez que pesco con Lito. En la primera dio cátedra con los pejerreyes. Hoy demostró que no es lo único que pesca.

A las catorce decidimos dejar de pesca con tiempo de sobra para llegar y cumplir con el compromiso previsto.

El equipo utilizado fue muy sencillo: cañas de 2 a 2.20 m. Reel frontal o de Bait-cast con nylon 0.25 o multifilamento. Las líneas, de fondo con dos anzuelos Eagle Claw, Cormorán o Seigo Nº 12 al 16, y plomadas entre 40 y 60 grs. Y por supuesto, un copo para levantarlas.

Luis “LALA” Kurz.

 

Secretos de la Costa Porteña- Arq. Martín G. Chaves


Armamos la salida con muy poca antelación. Los informes de los días anteriores sobre el pique no eran para nada auspiciosos.

El calor abrasador del verano y el alto nivel de agua del Río de la Plata también contribuían para desalentarnos.

Pero la excusa de la pesca con amigos siempre es más fuerte que los factores adversos. Y el desafío es mayor cuando se pone difícil.

Acompañado de mis amigos Gabriel Verde y Adrián “Tito” Fontana, guía de la zona, decidimos probar suerte sobre lo que se denomina el “Canal Costero”. Esta franja va desde la boca del río Lujan en el Río de la Plata a la altura de San Isidro, hasta el puerto de la ciudad de Buenos Aires. Si bien el canal tiene buena profundidad, alejarse de él sin conocimiento puede acarrear algunos peligros de varaduras o choques contra zonas de piedras y escombros que son producto del relleno realizado en años anteriores. A esto se le suman las tomas de agua y los caños de vertido de aguas pluviales y arroyos entubados. Pero no todo es malo en la zona.

Con viento NO y olas medianas pudimos acercarnos a las escolleras de piedra sobre el lado exterior de las mismas. Estas protegen las amarras de dársena norte. La corriente allí es muy importante producto de reflujo que se origina por la succión de los canales dragados de acceso al puerto.
Anclamos a una distancia de unos veinte metros de las piedras y con una profundidad, ese día, de aproximadamente tres metros.

La pesca

Siempre que realizamos este tipo de pesca dedicamos primera parte de la jornada a investigar que especies están presentes.

Nos ponemos de acuerdo y cada uno arma un aparejo distinto con diferentes tipos de carnadas. La búsqueda estaba orientada a la boga de gran tamaño, pero existe la posibilidad de dar con doradillos, armados, bagres de todo tipo, chafalotes y tal vez algún cachorro de surubí. El primer pique no se hizo esperar. La punta de mi caña acusó el característico “cabeceo” de un bagre. El mismo no era de gran porte, pero la acción de la fuerte corriente en contra le agregó diversión a la captura. Mientras en las cañas de mis amigos ocurría lo mismo, me dediqué a sacar el bagre blanco o moncholo (Pimelodus albicans) que tenía en mi línea. El mismo había picado en un anzuelo encarnado con chorizo colorado. El otro anzuelo tenía maíz remojado en esencia de vainilla, especial para las bogas en esa zona. Un descuido imperdonable de mi parte en el manejo de la pieza, le dio la oportunidad al bagre para que con un movimiento rápido me clavara una de sus aletas pectorales, que al igual que la aleta dorsal, poseen su primer rayo osificado y agudo en su extremo libre, de borde posterior liso y denticulado del lado interior a modo de arpón. Los pescadores las llamamos vulgarmente púas o chuzas, y suelen provocar dolorosas heridas. Créanme. Por suerte Gabriel tenía un alicate a mano y cortó cerca del lugar de entrada. Si bien contábamos con un botiquín en la lancha con alcohol y agua oxigenada, lo que más me calmó fue mantener un trozo de hielo en la mano hasta que se derritiera. Por suerte tengo como costumbre darme un refuerzo de la vacuna antitetánica todos los años. Esto es algo que les recomiendo a todos ya que en la pesca estamos expuestos a pinchazos con anzuelos, cortes, raspones y mordidas.

Durante el resto de la mañana y ya avanzado el mediodía, la pesca fue muy activa. Las distintas especies de bagres no nos dieron descanso. Uno de ellos, amarillo, de no más de diez cm. de largo, fue destinado a un anzuelo enganchado del lomo en una línea para dorados. El líder, atado al nylon del reel y con un plomo pasante, tentó a los ocasionales tigres del río que pudieran estar cazando por allí. Para Adrián, en el Delta no hay mejor carnada que ésta.
Otra de las cañas estaba encarnada con morena y si bien cuando recogíamos para chequear el estado de la misma acusaba marcas, no dio resultado en todo el día.

Al fin, llegó el momento

En uno de los tantos pique que tuve, noté que la llevada era franca, pareja, y que la línea cambiaba de dirección en forma sorpresiva. Si bien no percibí mucha resistencia al principio, al estar a unos veinte metros de la lancha, la caña de acción rígida de 2.10 m. aconsejada por mi amigo Jorge Araneo, se arqueó de una forma increíble. El pez trató de ganar el fondo de la embarcación. Los gritos de los muchachos dando indicaciones se mezclaban con la adrenalina que me producía la ansiedad de ver la “cara” de mi contrincante. Mientras trataba de mantener firme el puntero cerca de la banda, Gabriel se inclinó provisto del copo y pudo embolsar a la enorme boga en un solo intento. Si bien teníamos a bordo el denominado “boga grip”, nosotros para esta especie preferimos el copo. La boga (Leporinus obtusidens), se caracteriza por tener una boca con labios muy frágiles y es muy probable que el anzuelo desgarre a la pieza. Sobre todo esto puede ocurrir en los ejemplares de gran porte.

Esta boga acusó más de tres kilos de peso y exhibió una muy fuerte musculatura que la ayudó a saltar de mis manos y salir despedida como un torpedo por sobre la banda hacia el agua mientras posaba para las fotos. Las bromas y reproches de mis amigos no se hicieron esperar.

Esta captura nos sirvió para sospechar que los peces estaban presentes en el lugar ya que por nuestra experiencia, es poco probable que las bogas anden solas. Había picado en el anzuelo encarnado con maíz remojado, así que todos cambiamos los encarnes, salvo uno que quedo con masa. Se sucedieron pequeños piques, falsas clavadas, maíces “roídos” y partidos. Otra lancha amiga tripulada por Gabriel Aldabe y su señora Mariela se encontraba muy cerca haciendo algunos intentos frente al muelle de pescadores. Nuestros amigos se arrimaron a nosotros debido a nuestro contagioso entusiasmo.
A pesar de que la variada seguía firme y empezaron a aparecer otras bogas más chicas, las grandes que caracterizan la zona dijeron: no.

Otros intentos

Decidimos de común acuerdo cambiar de zona y probar suerte frente al Club de Pescadores porteño, a la altura de Aeroparque.

Esta zona siempre está cebada por los miembros del mismo y atrae a gran cantidad de peces. La presencia de algunos pozones de buena profundidad alienta a cobrar allí patíes y armados muy grandes. Lamentablemente, salvo un armado y algún que otro bagre amarillo, el sector no rindió.

Ya casi al final de la tarde y con el calor que no aflojaba, anclamos frente al muelle de pescadores de la calle Anchorena, frente a La Lucila, en zona Norte.

Mientras algunos inconscientes se bañaban en la costa (estas aguas costeras se encuentran contaminadas y rige la prohibición de baño), la marea comenzó a crecer en forma violenta. Esto constituye un ndicador de que las posibilidades de éxito sean nulas. Amarinamos los bultos, guardamos los equipos y volvimos a la guardería. Quemados por el sol, muertos de sed y agotados, pero muy contentos con la jornada compartida.

La pesca en el Río de la Plata es muy difícil. Hay días de extraordinario pique y otros, muchos, en que no es raro volver sin capturas. Tiene a favor el maravilloso paisaje que se desarrolla a nuestra vista del perfil de la ciudad, con sus árboles, rascacielos y cúpulas.

Hay que tenerle respeto al río ya que un cambio brusco de las condiciones climáticas nos puede sorprender en plena travesía. Por suerte hay varios refugios donde guarecerse pero se deben conocer muy bien. No hay ningún lugar donde protegerse a la sombra, por lo que se debe llevar protector solar y mucho líquido, especialmente en verano.

Todo este sacrificio vale la pena si tenemos en cuenta la valiosa recompensa que nos espera. A veces.

Arq. Martín G. Chaves.

 
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