Cuando salíamos con mi señora
de la visita al obstetra, se me repetía
una y mil veces su frase de despedida:”Debby,
ya es hora que empieces a cuidar la panza,
basta de saltos, quedate mas en tu casa”.
El viernes comencé a preparar la
salida del fin de semana, sentía
que por varios meses iba a ser la última.
Traté de no olvidarme nada, recé
para que el tiempo fuera al menos agradable
y me fui a dormir con esos nervios propios
de todos los pescadores el día anterior
a una esperada excursión.
El sábado amaneció fresco
algo nublado pero ideal para navegar. Compramos
las carnadas: anguilas entre medianas y
chicas y morenas, cerca de las 11 horas
el KIO KIO III ya surcaba las aguas del
Luján. La derrota siguió por
el Sarmiento, el Capitán, cruzamos
el Palmas para entrar en el Capitancito
y de allí al Aguaje del Durazno.
El fuerte viento del este encrespaba las
aguas del aguaje por lo que decidimos fondear
en el primer arroyo hacia la margen de estribor,
que luego forma una Y con lindas y tentadoras
correderas. Dentro de la nave se respiraba
una onda diferente, todos queríamos
hacer lo que más nos gustaba, queríamos
disfrutar al máximo.
Apenas arrojo el ancla, comenzó
a notarse una gran actividad de peces en
superficie, la ansiedad me ganó y
preparé mis dos equipos uno de fondo
y uno de flote, Paulita lista para zambullirse
y Debby con el almuerzo listo.
Paulita llegó al agua antes que
mis anguilas y morenas, luego fue Debby,
mientras yo inflaba una colchoneta amarilla
para que las “nenas” se entretengan.
Demás está comentar que los
peces escaparon ante semejante descontrol,
por lo que me vi obligado a participar también
de los juegos acuáticos. Frescos
nos dispusimos a saborear unos ricos sandwiches
de milanesa con unas cervezas heladas que
mi señora me tenía de sorpresa.
La tarde transcurrió entre siestas
y juegos lúdicos, mientras mis cañas
permanecían erguidas y los reeles
en silencio. Al rato Pauli me pregunta con
esa carita de hija compradora ¿Pá,
no te espanto los peces si vuelvo al agua,
no? ...que le iba a decir.... Conecté
el VHF y me comuniqué con los amigos
del canal 69, ya Simón y Víctor
se preparaban para una pesca nocturna y
capturaban por los bajos algunas taruchas
y mojarrones para usar de carnada. No me
pregunten la razón, pero sabía
que esa jornada me tenía preparada
una sorpresa.
Me preparé unos mates y contemplaba
con una extraña mezcla de tristeza
y alegría como se divertían
las chicas en el agua. Y otra vez la frase
del obstetra que se me metía en la
cabeza. Siempre valoramos las cosas cuando
se terminan o se pierden, por suerte en
esto que es una pasión que comparto
con la familia, solo tendré que esperar
unos meses para repetirlo.
El atardecer hizo que pensáramos
en buscar el lugar para pernoctar, la idea
a pedido de la timonela era lejos de los
juncos y pocos mosquitos. Salimos de este
arroyito otra vez al aguaje y pusimos proa
hacia los bajos, quedándonos en el
ultimo arroyo a estribor, bien cerca de
la confluencia del mismo con el Durazno.
El viento entraba fuerte por el arroyo,
lo que hacía suponer que esa noche
no seríamos picados. Ahora sí
era mi turno, cambié la línea
de flote por una de fondo con plomada pasante
de 20 gramos, líder y anzuelo tipo
4/0 (color azul, garra de águila,
con traba carnada), que no falla en la clavada
de taruchas de todos los tamaños,
y de carnada, morena. La caña “potente”
la armé con línea de fondo
anzuelo torcido 7/0 y encarné una
anguila medianita cerca de la cabeza con
una sola pasada (consejo de Simón).
La actividad se notaba en la unión
de las aguas, y hacia allí arrojé
los aparejos.
La puesta de sol era un espectáculo
aparte, le comenté a mi señora
que no olvide ese paisaje y repentinamente
la chicharra empezó a sonar. Mis
oídos disfrutaban del sonido y mi
cerebro recordaba que no debía apurar
la clavada, no era un dorado pues no corrió
en forma alocada, conté hasta 20
y ahí clavé con fuerza, la
caña que es de acción media
se arqueaba a mas no poder pero sabía
que si aflojaba podía suceder lo
de tantas veces y ni siquiera saber de que
pez se trataba. Me llenaba de paciencia
mientras los nervios me apuraban, las contorciones
del pez y su permanente búsqueda
del fondo del arroyo me daban pistas inequívocas
que se trataba de un pez de porte interesante,
pero no lo podía ver, al rato logro
que suba unos segundos a la superficie y
observé los bigotes y su vientre
blanco, luego pasó al lado de la
embarcación viajando de popa a proa
y se dejo ver en su totalidad, era un hermoso
cachorro de surubí pintado (Pseudoplatystoma
corunscans), que jamás había
capturado. Después de dominarlo,
y con la idea de regresarlo al agua lo levanté
metiendo mi mano en la boca, grave error,
su dentición se presenta en forma
de placas que se conocen con el nombre de
raspadillas, lastimando la piel de mi mano.
Al tratar de quitarle el anzuelo me di cuenta
que se lo había tragado, por lo que
el daño era irreparable. Les comento
que eso de contar hasta 20 me lo enseño
mi amigo Carlos Chaubell, que sostiene que
estos peces toman la carnada, se trasladan
a otro lugar y allí comen.
Sabía que iba a ser una jornada
especial. Yo ya estaba hecho.... Pero al
rato otro pique igual, creo que conté
mal pues el pez ganó el juncal de
enfrente y lo perdí.
Una tregua al cenar interrumpida por dos
capturas: una de tararira y otra de un bagre
blanco que dio mas lucha de la esperada.
El viento dejó de soplar, la corriente
cambió y la actividad se cortó
por completo. El silencio de la noche fue
alterado por los motores de dos lanchas
que venían de los bajos hacia el
aguaje, mi alegría fue mayúscula
al ver que eran Simón y Víctor
a bordo de la Apis y en la Brava: Claudio,
Miguel Angel y detrás de ellos me
pareció ver a Josecito. Tras los
saludos fondearon en la margen opuesta,
el KIO KIO III pareció ensancharse
con tan prestigiosa compañía.
Mientras Víctor capturaba porteños,
bagres amarillos y alguna tarucha, yo aplaudía
mi cuerpo matando uno y mil mosquitos.
Al amanecer los pescadores notables, partieron
hacia la Isla Oyarvide, y a nosotros otra
sorpresa nos esperaba. Remontamos el Durazno
unos cientos de metros y fondeamos frente
a una pequeña entrada a estribor,
arrojé mis carnadas al agua y también
nos refrescamos con Paulita. Mientras nadábamos,
cerca de la embarcación, la caña
de spining comenzó a arquearse, lejos
de intentar volver al barco, observamos
asombrados un lindo salto de un doradito
de dos kilos a no mas de un metro nuestro,
después cruzó por debajo de
la embarcación y corto el sedal,
Paula se quedó hipnotizada.
Un vinito, una picada y emprendimos el
nunca querido regreso, sin dudas el Delta
nos había regalado otra experiencia
inolvidable, el cambio de aroma y el bullicio
del Parque de la Costa nos volvían
a la realidad. Cuando llevaban a descansar
al KIO KIO III, me acerqué a él
y escuche, “¿Vamos a seguir
saliendo ?” , con una mueca entre
cómplice y melancólica y en
voz baja le dije, “Si, pero va a ser
diferente.......”.