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Emocionante despedida con inesperadas visitas -- Lic. Fernando de la Cruz

Cuando salíamos con mi señora de la visita al obstetra, se me repetía una y mil veces su frase de despedida:”Debby, ya es hora que empieces a cuidar la panza, basta de saltos, quedate mas en tu casa”.

El viernes comencé a preparar la salida del fin de semana, sentía que por varios meses iba a ser la última. Traté de no olvidarme nada, recé para que el tiempo fuera al menos agradable y me fui a dormir con esos nervios propios de todos los pescadores el día anterior a una esperada excursión.

El sábado amaneció fresco algo nublado pero ideal para navegar. Compramos las carnadas: anguilas entre medianas y chicas y morenas, cerca de las 11 horas el KIO KIO III ya surcaba las aguas del Luján. La derrota siguió por el Sarmiento, el Capitán, cruzamos el Palmas para entrar en el Capitancito y de allí al Aguaje del Durazno. El fuerte viento del este encrespaba las aguas del aguaje por lo que decidimos fondear en el primer arroyo hacia la margen de estribor, que luego forma una Y con lindas y tentadoras correderas. Dentro de la nave se respiraba una onda diferente, todos queríamos hacer lo que más nos gustaba, queríamos disfrutar al máximo.

Apenas arrojo el ancla, comenzó a notarse una gran actividad de peces en superficie, la ansiedad me ganó y preparé mis dos equipos uno de fondo y uno de flote, Paulita lista para zambullirse y Debby con el almuerzo listo.

Paulita llegó al agua antes que mis anguilas y morenas, luego fue Debby, mientras yo inflaba una colchoneta amarilla para que las “nenas” se entretengan. Demás está comentar que los peces escaparon ante semejante descontrol, por lo que me vi obligado a participar también de los juegos acuáticos. Frescos nos dispusimos a saborear unos ricos sandwiches de milanesa con unas cervezas heladas que mi señora me tenía de sorpresa.

La tarde transcurrió entre siestas y juegos lúdicos, mientras mis cañas permanecían erguidas y los reeles en silencio. Al rato Pauli me pregunta con esa carita de hija compradora ¿Pá, no te espanto los peces si vuelvo al agua, no? ...que le iba a decir.... Conecté el VHF y me comuniqué con los amigos del canal 69, ya Simón y Víctor se preparaban para una pesca nocturna y capturaban por los bajos algunas taruchas y mojarrones para usar de carnada. No me pregunten la razón, pero sabía que esa jornada me tenía preparada una sorpresa.

Me preparé unos mates y contemplaba con una extraña mezcla de tristeza y alegría como se divertían las chicas en el agua. Y otra vez la frase del obstetra que se me metía en la cabeza. Siempre valoramos las cosas cuando se terminan o se pierden, por suerte en esto que es una pasión que comparto con la familia, solo tendré que esperar unos meses para repetirlo.

El atardecer hizo que pensáramos en buscar el lugar para pernoctar, la idea a pedido de la timonela era lejos de los juncos y pocos mosquitos. Salimos de este arroyito otra vez al aguaje y pusimos proa hacia los bajos, quedándonos en el ultimo arroyo a estribor, bien cerca de la confluencia del mismo con el Durazno. El viento entraba fuerte por el arroyo, lo que hacía suponer que esa noche no seríamos picados. Ahora sí era mi turno, cambié la línea de flote por una de fondo con plomada pasante de 20 gramos, líder y anzuelo tipo 4/0 (color azul, garra de águila, con traba carnada), que no falla en la clavada de taruchas de todos los tamaños, y de carnada, morena. La caña “potente” la armé con línea de fondo anzuelo torcido 7/0 y encarné una anguila medianita cerca de la cabeza con una sola pasada (consejo de Simón). La actividad se notaba en la unión de las aguas, y hacia allí arrojé los aparejos.

La puesta de sol era un espectáculo aparte, le comenté a mi señora que no olvide ese paisaje y repentinamente la chicharra empezó a sonar. Mis oídos disfrutaban del sonido y mi cerebro recordaba que no debía apurar la clavada, no era un dorado pues no corrió en forma alocada, conté hasta 20 y ahí clavé con fuerza, la caña que es de acción media se arqueaba a mas no poder pero sabía que si aflojaba podía suceder lo de tantas veces y ni siquiera saber de que pez se trataba. Me llenaba de paciencia mientras los nervios me apuraban, las contorciones del pez y su permanente búsqueda del fondo del arroyo me daban pistas inequívocas que se trataba de un pez de porte interesante, pero no lo podía ver, al rato logro que suba unos segundos a la superficie y observé los bigotes y su vientre blanco, luego pasó al lado de la embarcación viajando de popa a proa y se dejo ver en su totalidad, era un hermoso cachorro de surubí pintado (Pseudoplatystoma corunscans), que jamás había capturado. Después de dominarlo, y con la idea de regresarlo al agua lo levanté metiendo mi mano en la boca, grave error, su dentición se presenta en forma de placas que se conocen con el nombre de raspadillas, lastimando la piel de mi mano. Al tratar de quitarle el anzuelo me di cuenta que se lo había tragado, por lo que el daño era irreparable. Les comento que eso de contar hasta 20 me lo enseño mi amigo Carlos Chaubell, que sostiene que estos peces toman la carnada, se trasladan a otro lugar y allí comen.

Sabía que iba a ser una jornada especial. Yo ya estaba hecho.... Pero al rato otro pique igual, creo que conté mal pues el pez ganó el juncal de enfrente y lo perdí.

Una tregua al cenar interrumpida por dos capturas: una de tararira y otra de un bagre blanco que dio mas lucha de la esperada.

El viento dejó de soplar, la corriente cambió y la actividad se cortó por completo. El silencio de la noche fue alterado por los motores de dos lanchas que venían de los bajos hacia el aguaje, mi alegría fue mayúscula al ver que eran Simón y Víctor a bordo de la Apis y en la Brava: Claudio, Miguel Angel y detrás de ellos me pareció ver a Josecito. Tras los saludos fondearon en la margen opuesta, el KIO KIO III pareció ensancharse con tan prestigiosa compañía.

Mientras Víctor capturaba porteños, bagres amarillos y alguna tarucha, yo aplaudía mi cuerpo matando uno y mil mosquitos.

Al amanecer los pescadores notables, partieron hacia la Isla Oyarvide, y a nosotros otra sorpresa nos esperaba. Remontamos el Durazno unos cientos de metros y fondeamos frente a una pequeña entrada a estribor, arrojé mis carnadas al agua y también nos refrescamos con Paulita. Mientras nadábamos, cerca de la embarcación, la caña de spining comenzó a arquearse, lejos de intentar volver al barco, observamos asombrados un lindo salto de un doradito de dos kilos a no mas de un metro nuestro, después cruzó por debajo de la embarcación y corto el sedal, Paula se quedó hipnotizada.

Un vinito, una picada y emprendimos el nunca querido regreso, sin dudas el Delta nos había regalado otra experiencia inolvidable, el cambio de aroma y el bullicio del Parque de la Costa nos volvían a la realidad. Cuando llevaban a descansar al KIO KIO III, me acerqué a él y escuche, “¿Vamos a seguir saliendo ?” , con una mueca entre cómplice y melancólica y en voz baja le dije, “Si, pero va a ser diferente.......”.

 
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