Qué lejos había quedado
la captura de aquel cachorro, cómo
extrañaba el delta, pero estaba tranquilo,
sabía que llegaba inexorablemente la
última nocturna de la temporada. Iba
a estar ahí como sea, en otra embarcación
o en el KIO KIO III, pero seguro no me la
iba a perder. Leí muchos relatos de
estas salidas y nunca había participado
de ninguna. Esta era mi oportunidad.
Al acercarse la fecha mi ansiedad aumentaba,
hasta que Sergio me avisó que él
y Víctor, sí, Víctor,
querían ser de la partida y a bordo
de mi barquito. En ese momento se superpusieron
todas mis emociones: la alegría de
compartir la jornada con notables pescadores,
los nervios por que la nave vaya a responder
y por sobre todo, que los tripulantes se
sientan a gusto. Se daba todo junto: la
nocturna, mi amigo Sergio de timonel y el
KIO KIO recibiendo al Profe, quien fue y
es mi referente en la pesca deportiva.
Llegó el día, me desperté
inquieto, corrí al living, levanté
la persiana y observé aliviado que
el clima nos acompañaría.
Un sin fin de llamados y preparativos, ¡que
no falte nada!, controlé todo una
y mil veces como nunca lo había hecho
antes. A la hora señalada nos encontramos
los tres en la morenera de San Fernando.
No escatimamos en carnada: anguila, morena,
lombrices .....
A media tarde ya estábamos embarcados,
creo que al primer contacto con el barco
lo acaricié suplicándole que
no se le ocurra romperse justo en esta excursión.
Al darle arranque noté que el motor
también sentía que era una
jornada muy especial para mi, comenzó
a rugir como si hubiera navegado recientemente.
Sergio tomó su lugar y partimos
en busca de nuestros peces, con la ilusión
de grandes cachorros, dorados o taruchas
y si eran azules mejor.
Cargamos nafta en la EG3 de Alber. ¡que
personaje! con su remera roja y sus bigotes,
contemplaba el movimiento de la estación
apoyado en la baranda.
Seguimos nuestro periplo por el Luján,
Vinculación, Urión y Honda.
Por el canal 69 nos comunicamos con las
embarcaciones amigas avisando nuestra llegada.
Anzuelo Oxidado a bordo del Gaucho, Claudio
de la Brava y Simón de la Apis respondieron
a nuestros saludos. También nos informaban
que la pesca era de pobre para abajo, pero
la ilusión en un pescador nunca se
debe perder.
El Paraná de las Palmas nos recibió
con tremendas olas, algunas pasaron sobre
la cabina del KIO KIO, refrescándonos,
les tengo que contar que la nave nunca había
estado bajo condiciones tan adversas desde
su botadura, pero gracias a la experiencia
del timonel entramos sin inconvenientes
en el Sueco. Nos dirigimos a la “cueva”
de Simón, estaba con el Armenio,
otro de los pescanautas del grupo; luego
de intercambiar saludos, pude conocer la
bodega de la Apis, donde yacían bogas,
una tarucha y el famoso “catch and crack”
elemento que evita el movimiento de peces
e intrusos en la embarcación. Continuamos
nuestro derrotero por los palos para cruzar
los bajos. Fue entonces que de una lancha
su capitán, con extravagantes anteojos
rojos, comenzó a hacer señas,
había reconocido la figura del Profe.
Era “Poupee”. Su nave se puso por detrás
y con sus manos abiertas nos mostraba el
tamaño de algo, al principio no entendimos
bien el gesto, pero por radio nos confirmó
que se trataba de un dorado de 70 cm obtenido
en la zona de la boca del Miní.
Alterados por este encuentro, navegamos
por el arroyo Diablo, seguimos hasta el
Miní acompañados por una espesa
nube que no tardó en descargar sus
gruesas gotas sobre nosotros. Cada arroyo,
zanja, banco o pozón nos traía
el recuerdo de alguna captura, varadura,
éxitos o fracasos, experiencias pasadas
que revivíamos mientras buscábamos
nuestro destino. El lugar elegido fue un
riacho que sale a estribor yendo hacia el
Río de la Plata. Fondeamos cerca
de la boca de un tributario que prometía
emociones fuertes.
Entre mates y facturas desplegamos toda
la artillería, ahora sí el
KIO KIO III era un “erizo náutico”,
como dice Josecito, todas las cañas
al agua y a esperar. El primer pique lo
tuvo Sergio, era una de tantas palometas
que nos acompañarían en las
dos jornadas. Entrada la noche, entre sandwiches
triples, milanesas, cervezas heladas, un
buen tinto y las clásicas copitas
Cindor, hicimos una linda pesca variada:
todo tipo de bagres, armados, patíes
y hasta una tarucha.
Pescar al lado de Víctor es un lujo
que gracias a su humildad, muchos nos podemos
dar. Me conmovió ver con cuanto cariño
manipulaba los peces, será por eso
que capturamos un patí sin clavarle
el anzuelo, vino colgado del nylon: increíble.
A medida que avanzaba la noche, las anécdotas
se sucedían una tras otra; las charlas
de pesca se fueron enriqueciendo con vivencias
personales que compartimos como tres amigos
de toda la vida. Seguro que de haber capturado
un gran pez, estos detalles hubiesen pasado
a segundo plano, recordaría la nocturna
por lo que pescamos y no pondría
énfasis en el entorno de estas aventuras.
La mañana nos encontró fondeados
sobre el Miní, nosotros degustando
una bochita de mortadela y las palometas
destruyendo todos los cebos. Cerca del mediodía
emprendimos el regreso, la tranquilidad
del río le permitió al Profe
hacer una siestita. Mientras recorríamos
los últimos tramos del río
Tigre, miré a Víctor, a Sergio
y recordé que “en el río de
la vida la mejor pesca es la amistad”. Al
divisar la guardería sentí
que llegaba a su fin una experiencia que
no voy a olvidar: en esa nocturna había
vivido “el sueño del pibe”, había
pescado con el profesor Víctor De
Víctor.
Quiero dedicarle este relato a todos
los amigos del grupo de Pescanautas que
me recibieron con tanto afecto.