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En “la nocturna” viví “el sueño del pibe” -- Lic. Fernando de la Cruz

Qué lejos había quedado la captura de aquel cachorro, cómo extrañaba el delta, pero estaba tranquilo, sabía que llegaba inexorablemente la última nocturna de la temporada. Iba a estar ahí como sea, en otra embarcación o en el KIO KIO III, pero seguro no me la iba a perder. Leí muchos relatos de estas salidas y nunca había participado de ninguna. Esta era mi oportunidad.

Al acercarse la fecha mi ansiedad aumentaba, hasta que Sergio me avisó que él y Víctor, sí, Víctor, querían ser de la partida y a bordo de mi barquito. En ese momento se superpusieron todas mis emociones: la alegría de compartir la jornada con notables pescadores, los nervios por que la nave vaya a responder y por sobre todo, que los tripulantes se sientan a gusto. Se daba todo junto: la nocturna, mi amigo Sergio de timonel y el KIO KIO recibiendo al Profe, quien fue y es mi referente en la pesca deportiva.

Llegó el día, me desperté inquieto, corrí al living, levanté la persiana y observé aliviado que el clima nos acompañaría. Un sin fin de llamados y preparativos, ¡que no falte nada!, controlé todo una y mil veces como nunca lo había hecho antes. A la hora señalada nos encontramos los tres en la morenera de San Fernando. No escatimamos en carnada: anguila, morena, lombrices .....

A media tarde ya estábamos embarcados, creo que al primer contacto con el barco lo acaricié suplicándole que no se le ocurra romperse justo en esta excursión. Al darle arranque noté que el motor también sentía que era una jornada muy especial para mi, comenzó a rugir como si hubiera navegado recientemente.

Sergio tomó su lugar y partimos en busca de nuestros peces, con la ilusión de grandes cachorros, dorados o taruchas y si eran azules mejor.

Cargamos nafta en la EG3 de Alber. ¡que personaje! con su remera roja y sus bigotes, contemplaba el movimiento de la estación apoyado en la baranda.

Seguimos nuestro periplo por el Luján, Vinculación, Urión y Honda. Por el canal 69 nos comunicamos con las embarcaciones amigas avisando nuestra llegada. Anzuelo Oxidado a bordo del Gaucho, Claudio de la Brava y Simón de la Apis respondieron a nuestros saludos. También nos informaban que la pesca era de pobre para abajo, pero la ilusión en un pescador nunca se debe perder.

El Paraná de las Palmas nos recibió con tremendas olas, algunas pasaron sobre la cabina del KIO KIO, refrescándonos, les tengo que contar que la nave nunca había estado bajo condiciones tan adversas desde su botadura, pero gracias a la experiencia del timonel entramos sin inconvenientes en el Sueco. Nos dirigimos a la “cueva” de Simón, estaba con el Armenio, otro de los pescanautas del grupo; luego de intercambiar saludos, pude conocer la bodega de la Apis, donde yacían bogas, una tarucha y el famoso “catch and crack” elemento que evita el movimiento de peces e intrusos en la embarcación. Continuamos nuestro derrotero por los palos para cruzar los bajos. Fue entonces que de una lancha su capitán, con extravagantes anteojos rojos, comenzó a hacer señas, había reconocido la figura del Profe. Era “Poupee”. Su nave se puso por detrás y con sus manos abiertas nos mostraba el tamaño de algo, al principio no entendimos bien el gesto, pero por radio nos confirmó que se trataba de un dorado de 70 cm obtenido en la zona de la boca del Miní.

Alterados por este encuentro, navegamos por el arroyo Diablo, seguimos hasta el Miní acompañados por una espesa nube que no tardó en descargar sus gruesas gotas sobre nosotros. Cada arroyo, zanja, banco o pozón nos traía el recuerdo de alguna captura, varadura, éxitos o fracasos, experiencias pasadas que revivíamos mientras buscábamos nuestro destino. El lugar elegido fue un riacho que sale a estribor yendo hacia el Río de la Plata. Fondeamos cerca de la boca de un tributario que prometía emociones fuertes.

Entre mates y facturas desplegamos toda la artillería, ahora sí el KIO KIO III era un “erizo náutico”, como dice Josecito, todas las cañas al agua y a esperar. El primer pique lo tuvo Sergio, era una de tantas palometas que nos acompañarían en las dos jornadas. Entrada la noche, entre sandwiches triples, milanesas, cervezas heladas, un buen tinto y las clásicas copitas Cindor, hicimos una linda pesca variada: todo tipo de bagres, armados, patíes y hasta una tarucha.

Pescar al lado de Víctor es un lujo que gracias a su humildad, muchos nos podemos dar. Me conmovió ver con cuanto cariño manipulaba los peces, será por eso que capturamos un patí sin clavarle el anzuelo, vino colgado del nylon: increíble.

A medida que avanzaba la noche, las anécdotas se sucedían una tras otra; las charlas de pesca se fueron enriqueciendo con vivencias personales que compartimos como tres amigos de toda la vida. Seguro que de haber capturado un gran pez, estos detalles hubiesen pasado a segundo plano, recordaría la nocturna por lo que pescamos y no pondría énfasis en el entorno de estas aventuras.

La mañana nos encontró fondeados sobre el Miní, nosotros degustando una bochita de mortadela y las palometas destruyendo todos los cebos. Cerca del mediodía emprendimos el regreso, la tranquilidad del río le permitió al Profe hacer una siestita. Mientras recorríamos los últimos tramos del río Tigre, miré a Víctor, a Sergio y recordé que “en el río de la vida la mejor pesca es la amistad”. Al divisar la guardería sentí que llegaba a su fin una experiencia que no voy a olvidar: en esa nocturna había vivido “el sueño del pibe”, había pescado con el profesor Víctor De Víctor.

Quiero dedicarle este relato a todos los amigos del grupo de Pescanautas que me recibieron con tanto afecto.

 
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