Volví
de zambullirme en la pileta, me acomodé
en la reposera, y mientras atendí los
permanentes pedidos de “upa” de
Juancito, se acercó Paula, del sector
turismo del complejo Rincón Club de
San Martín de los Andes donde nos hospedamos.
Me dijo: “Señor,
Señor, se ha armado una excursión
de pesca”. ¡Por
fin!... Después de seis días
de espera se concretó. La verdad, no
me importaba mucho ni donde ni como, solo
quería tener la chance cierta de dar
con alguna Trucha.
El lugar elegido:
el lago Lolog, distante 12 km. de San Martín.
Partimos junto a Nicolás Salas, un
gran muchacho, tan ilusionado como yo. Un
taxi nos llevó hasta una caballeriza
cercana al lago donde conocimos a nuestro
guía Juan “Parapente”.
Saludos, bromas y partimos a la aventura.
Al llegar
al puerto Lerim, nos llamó la atención
la embarcación “Cantala”,
un bergantín tipo chileno de madera
con mástil y motor de 35 HP, una rara
nave artesanal y pintoresca.
El escaso viento
no nos permitió izar la vela. Nos contaba
Juan, que nos tocó un día muy
particular. Este lago generalmente se encuentra
bastante picado. Los cordones montañosos
no lo reparan de los vientos del este y oeste,
intensos y frecuentes en la zona.
A las 17 horas
ya estabamos navegando, la idea era llegar
a la “Punta de Guerrero”, un pesquero
muy rendidor. Aprovechamos el viaje para hacer
un poco de trolling, utilizamos una mojarra
plateada con bolita de Rapala que profundiza
mucho y una mojarra de paleta intermedia.
Juan observó
algunos movimientos de Truchas cazando cerca
de la orilla, detuvo el motor y nos arrimamos
sigilosamente a la costa. Probamos en la modalidad
de Spinning con cucharas giratorias Nº
3 sin obtener las respuestas deseadas.
De pronto aparecimos
en el paraíso, una hermosa isla a estribor
y una deshabitada playa de arena blanca a
babor. Embicamos
la embarcación, bajamos a la playita
para preparar unos mates y comer tortas fritas.
Ya estaba inquieto,
el tiempo pasaba y la esperanza de alguna
captura parecía ser una utopía.
Juan sostenía que íbamos a tener
una sorpresa sobre todo al caer el sol.
De nuevo a bordo,
Nico colocó una cuchara tipo Tobi de
20 gramos dorada, yo una giratoria Nº
4 con brillos plateados que eligió
Juan. A Trolling comenzamos a rodear la isla.
El silencio, solo alterado por el motor a
pocas vueltas, un paisaje inolvidable y de
repente.....
La caña
de Nico acusó pique, yo sentí
un toque y luego una tensión fuerte,
lo primero que pensé fue que se habrían
cruzado las líneas, pero no, ¡pique
en las dos cañas!. La sutileza de mi
equipo me permitió disfrutar de las
veloces corridas del pez, y la trasparencia
del agua, ver sus intentos por escapar. Mientras
arrimaba la Trucha, Nico luchaba con la otra.
La ansiedad me ganó a la hora de ponerla
en el copo, era mi primera Trucha, una Arco
iris macho cercana al kilo, un poquito más
pequeña que la que capturó mi
compañero. Fue
curioso, el destino nos regaló ese
instante único en que los dos al mismo
tiempo, a distintas profundidades capturamos
nuestras primeras Truchas.
“Vieron,
vieron”, dijo Juan, con una sonrisa
casi tan grande como la nuestra.
Las sombras dominaron
el entorno, apuramos el regreso, casi en silencio,
disfrutamos del momento, el sueño se
había cumplido.
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