Por
primera vez en casi tres años iba a
salir al Delta con un guía. No fue
fácil, ya que en innumerables ocasiones
tratamos de combinar con la familia o con
amigos y siempre por un motivo u otro no se
realizaba la excursión. Esto hizo que
en mi cabeza cobrara forma el mito de que
algo me estaba perdiendo. Y así lo
era.
Lito
Verde “Lito24” fue puntual al extremo. Juntos,
pasamos a buscar a Gabriel Aldabe “GAK” y
nos dirigimos a Villa La Ñata donde
nos esperaba Mauricio Oñate “Anzuelo
Oxidado”, renombrado guía del delta,
excelente colaborador de muchas páginas
de pesca en Internet y como si esto fuera
poco, Licenciado en Periodismo.
Hasta
aquí, lo único que sabía
de el es lo que les conté, más
los aportes desinteresados que recibí
durante años de consejos y sugerencias
de todo tipo vía mail o telefónicamente.
Ninguno de los tres lo conocía personalmente.
El
sol todavía no hacia sentir su calor
cuando nos encontramos en la amarra con Mauricio
y su contramaestre (o mejor dicho, recontraMAESTRO),
Maxi a las 7.30 Hs. Después de un par
de días de tormenta, mucho frío
y viento, no estábamos muy optimistas
acerca de las capturas que podríamos
realizar.
La
Excel daba crédito a su nombre: sus
6,30 m. de eslora, 2,15 m. de manga y 1 m.
de puntal con motor de 90 HP, la convierten
en uno de los factores más importantes
para una pesca cómoda.
Nos
dirigimos a los Bajos del Temor para enfilar
por el Arroyo Diablo y seguir hasta Oyarvide,
saliendo por la Boca del Paraná Miní.
El objetivo de la salida era aprovechar al
máximo los conocimientos del guía
de esta zona mítica del Delta. Con
suma generosidad, permitió que mis
compañeros fueran “copiando” los waypoints
del derrotero, así como los de los
lugares relevados.
Al
llegar al Miní, Mauricio miraba para
todos lados, como si estuviera perdido. Levantó
la cabeza y cuan perro de presa que busca
el rastro, se dirigió a nosotros y
dijo: “esto esta muy bien, el agua esta
bajando y hay algunos arroyos que están
desaguando limpios sobre el Miní…
¿quieren que probemos un poquito antes
de seguir a Oyarvide?”.¡Estoy
seguro que los dorados están cazando
por aquí! ¿Ustedes
que le habrían contestado?
En
esta instancia, el único que opuso
cierta resistencia fui yo, ya que nunca tuve
pescas demasiado espectaculares en el Miní.
Siempre preferí el Guazú, el
Barca o nuestro objetivo, los arroyos de Oyarvide
y Solís.
Como
para taparme la boca, a los diez minutos de
haber anclado y mientras Maxi preparaba un
jugoso sábalo fresco para carnada,
el sonido desconcertante, celestial, y casi
afrodisíaco del reel acusó la
primera corrida. Tenía una línea
de fondo con plomo pasante, leader y morena
encarnada. Pensé que era con suerte
un patí o una tararira, hasta que el
reflejo del sol en las doradas escamas del
pez que saltaba a unos 30 m. de la lancha
me obligó a tragar mis pensamientos.
¡Dorado!, gritaron todos.
Automáticamente,
Mauricio corrió hacia la caña,
realizó la clavada y se la pasó
a GAK, que recién terminaba de apoyar
el mate en la banda.
Yo
no lo podía creer. Como en uno de mis
lugares favoritos, Goya, se repetía
la historia. Sólo que esta vez estaba
a 30 minutos de lancha de mi casa. Con
hermosos colores amarillo furioso y naranja
rojizo, el animal hacía gala de su
atuendo con cada salto que ofrecía.
Así
fue como Gabriel lo fue cansando hasta izarlo
dentro de la embarcación. El mismo
acusó 4 kilos de peso.
Luego
de las fotos de rigor, Mauricio, casi con
la misma delicadeza con la que mi mujer Flavia
baña a mi hijo Agustín de dos
meses, tomó al pez con una toalla,
lo depositó en el agua, le dio oxígeno
y lo despidió. Lágrimas en los
ojos de todos. Emoción de la buena.
Acto
seguido, tomó una moneda de 25 centavos
y como si estuviera pensando un deseo de espaldas
a la Fontana di Trevi, en Italia, la lanzó
al agua. “A los dorados hay que pagarles…”
La
pesca en ese lugar transcurrió tranquila
entre bogas, saltos de doradillos y piques
errados.
Nuevamente
la nota la dio GAK que armó una caña
de mosca modificada para colocar un micro-reel
y encarnando con daditos de sábalo
hizo que nuestros ojos se inyectaran de envidia
con la lucha que mostraba cada boga que picaba.
Creo que hasta Mauricio se sorprendió
y disfrutó de esta variante original
del arquitecto devenido en pescador.
Con
Lito, nos limitamos a mirar al sol que ahora
si estaba calentando.
Al
mediodía, viendo que la diosa fortuna
se había enamorado de nuestro compañero,
sugerimos “con buena onda”, probar en algún
arroyo secreto para las tarariras. Allí,
la suerte fue pareja con todos ya que no sacamos
nada, ¡ninguno!
Después
de unos sandwiches y gaseosas, seguimos viaje,
ahora si para Oyarvide.
Lamentablemente
el agua estaba bajando con mucha fuerza debido
al viento Norte. Los canales que conozco y
que tantas satisfacciones me han dado, estaban
bajos como nunca. Igualmente, arrojamos nuestros
aparejos al agua. Uno de fondo con carnada
viva, ya sea morena o anguila, y otro para
las bogas.
Si
bien Lito aquí se desquitó con
un hermoso ejemplar de boga, Gabriel nuevamente
"nos llenó de escamas".
La variada fue bastante interesante con boguitas,
corridas de doradillos, viejas de agua...
en fin, una acabada muestra de lo que puede
ser este lugar en óptimas condiciones.
Para mi pesar, perdí un dorado que
saltó y se liberó del anzuelo
en el aire.
Luego
pusimos proa hacia la Boca del Barca Grande
donde sacamos un armado que parecía
más un pez globo que lo que realmente
era. Los piques de bogas terminaron en fracaso.
Como
despedida, realizamos un garete rápido
por la desembocadura que nos regaló
varios piques de patíes. Allí
enganchamos las líneas con los boyarines
que usan los pescadores comerciales para marcar
las zonas de ceba. Una lástima… por
los peces y los futuros pescadores de aquí
o de cualquier parte del mundo.
Ya
de regreso, mi mente se ocupó en tratar
de sacar un balance de la jornada. Esta experiencia
debía tener cierto provecho para mí
seguramente, y se los transmito a ustedes,
si todavía les queda paciencia.
En
un día de pesca, aprendí técnicas,
conocí lugares y derribé mitos
propios que me habían insumido dos
años de salidas periódicas al
río.
Gastamos
en la salida la décima parte de lo
que se gasta solo en nafta tratando de encontrar
ese paraíso de pesca escondido. Creo
que fue una buena inversión.
Nuestro
primer error fue que quisimos hacer todo.
Lo óptimo hubiera sido fijar un objetivo
y por las dudas contar con un plan “B”.
Si
focalizamos nuestra salida en un lugar específico
o en una especie que nos haya resultado esquiva
o en realizar una forma de clínica
de pesca, seguro que saldremos mas conformes.
Y no es que estábamos disconformes,
sino que la cantidad de peces cobrada nos
hacía dudar.
Como
ya les conté, mis compañeros
aprovecharon para marcar en sus GPS los puntos
relevantes de la travesía. Conocieron
lugares a los que nunca habían llegado.
Aprendimos a sortear bancos de arena y “leer”
las condiciones del pesquero.
Pero
por sobre todas las cosas, nos divertimos
muchísimo. El aire de distensión
que generaron Mauricio, Maxi, Lito y Gabriel
seguramente perdurará en mi memoria
por largo tiempo.
El
Delta otra vez nos regaló sus hermosos
paisajes, sus sonidos y sus especies mas preciadas.
Yo,
terminé de convencerme que existen
los buenos dorados allí nomás,
al alcance de la mano.
Hasta
la próxima, Piscui