Alguien
le comentó un día que existe un
lugar cercano a la costa uruguaya, conocido
por viejos guías y expertos pescadores
deportivos con muchos años en el Río
de la Plata, en el que los pejerreyes son los
más grandes del mundo; y que abundan…
Mientras
que un quejido, casi como el rechinar de dientes,
dio paso a la tos y posterior ronroneo del motor,
Ale se acomodó el sombrero de ala ancha
y subió hasta el tope el cierre de la
campera impermeable.
No hace mucho que se conocen y sin embargo se
entienden como si fueran hermanos de la misma
madre. La embarcación Jumaluva y su capitán
son una misma cosa desde el dia en que salieron
juntos por primera vez desde Canestrari.
Una
última ojeada a los instrumentos.
Levantó la vista y pudo observar como
el trucker Dobermann III se alejaba por el canal
de acceso a la guardería. Allí
se encuentra parte del equipo que será
su compañía en el largo viaje
de ida a “La Reserva”, o como lo
llaman algunos, “El Corralito”.
Al mando de Rubén Curia y flanqueado
por otros dos experimentados pescadores como
lo son Gabriel Verde y Gonzalo Chamorro, la
segunda embarcación será de gran
ayuda llegado el caso en que se presenten inconvenientes.
Completamos el grupo Luis Kurz y yo, Martin
Chaves, junto a Alejandro Coniglio, Ale.

Mientras
repasaba mentalmente la lista de artículos
imprescindibles para una jornada exitosa de
pesca, el catamarán superó la
barrera de proteccion que representa la boca
del Luján en su salida a río abierto.
Los escalones del espigón del puerto
de San Isidro están sumergidos en su
totalidad debido a la gran cantidad de agua
caída en días pasados por las
tormentas y el fuerte viento del sudeste que
azotó la costa rioplatense.
La fría brisa del noroeste le recordó
que a pesar del dia diáfano y del sol
que asomaba tímido por el horizonte,
aún se encontraba en agosto. Por suerte,
este viento le ayudó a sortear las olas
respetables que le salían al cruce durante
la travesía de casi 50 km. hacia el Serrano
y Cientofante, un buque hundido hace muchos
años y del cual ya no quedan vestigios.
Lo que si perdura en el tiempo son los relatos
de pescas memorables realizadas allí.
La zona se encuentra pegada al canal Buenos
Aires, a pocos kilómetros del vecino
país del Uruguay.

Con la costa a la vista, las características
de este pesquero son únicas: por la transparencia
del agua, por su fondo de piedras y conchillas
y por los legendarios pejerreyes que se apostan
allí en busca del alimento que trae el
oxigenado canal. También se sabe que
es una zona elegida por las flechas de plata
para desovar. Y como todo lugar de renombre,
pescar allí no es tarea fácil.
Además
de la distancia y los peligros inherentes a
toda navegación de “altura”,
hay que rezar para que no nos sorprenda un viento
fuerte, especialmente del oeste, ya que sería
prácticamente imposible volver de allí
en un tiempo razonable y que nos alcance el
combustible.
Todas estas reflexiones le vinieron a la mente
en el instante en que Ale acomodaba la lancha
para que trabajara bien el ancla de capa. Tomó
la mojarra grande del balde y mientras lanzaba
el aparejo, pidió que sus temores viajaran
con las boyas, fuera de la embarcación.
Ya
Luis tenia su línea en el agua y ésta
se deslizaba ágil por la superficie gracias
a la velocidad de deriva. Bordeando la calle
de ceba de aceite de pescado, no tuvo más
que esperar que algún indicio le avisara
del interés de los peces por su carnada.
Los tres nos transportamos al limbo de los pescadores
de pejerrey.
Un
juramento y el ruido de la chicharra de mi reel
los sacó de su letargo. Primer pique
fallido.
Ale tuvo más suerte y pudo cobrar la
primera pieza del dia. De unos 35 cm. y gran
vitalidad; una pequeña muestra de lo
que sucedería en pocos minutos.
Notó que el pez estaba frío, muy
frío, tal vez por la temperatura del
agua cerca de la superficie…
En
ese instante, al mirar al frente, dudó
de mi elección de boyas palito blancas
para desafiar a los supuestos monstruos: habían
desaparecido todas. Me vio tirar con fuerza
de la caña hacia arriba y al costado,
y la punta de la misma se flexionó pero
no cedió ni arrastró el multifilamento.
Pensó que era imposible enganchar en
esa zona. Estaba en lo cierto. Fuertes cabezazos
consecutivos lo despabilaron y algo explotó
en su interior.
La línea que estaba perpendicular a la
lancha, instantáneamente se desplazó
hacia la derecha, mientras yo trataba de recoger
sin perder la tensión de la misma.
-¡Buen
pez!
-¡Traélo despacio!
-¡No le aflojes!
-¡Copo! ¡Alguien que me de una mano!
El “bicho” traía la boca
abierta y venía tragando agua y aire
juntos. En los últimos metros, al divisar
la banda del semirrígido, cobró
fuerzas y trató de alejarse de la red
que lo esperaba ansioso. Su brillante lomo sobresalía
por arriba de la línea lateral fuera
del agua. El brazo firme de White Hunter reaccionó
en el momento exacto y con un quiebre de muñeca,
embolsó al aguerrido oponente. ¡Impresionante
ejemplar!
Esta
situación hubiera podido ser única
y ya nos dejaba contentos por haberla vivido
aunque sea una vez en la temporada. Pero la
diosa fortuna ese jueves estaba de nuestro lado.
Subimos los tres, pejerreyes de 52 cm. de largo,
de 49, de 48, de 45…casi hasta alcanzar
la cantidad de 60 peces de buen tamaño.
Por la radio, Gabriel y el resto de la nave
corrían la misma buena suerte a unos
200 metros de distancia, con más ejemplares,
pero sin llegar a los de kilo.
Eufóricos,
transmitimos por el canal 69 del VHF nuestra
bienaventuranza y más embarcaciones se
sumaron a la fiesta: Marcelo en la “Trovatore”
y Eduardo Bresba con Ariel Ferreyra y “Cartucho”,
en el “Veril”, que estaban probando
suerte por la zona de la Cola de la Depresión.
Lástima
que se estaba extinguiendo el cuarto de hora
y el viento empezó a amainar, siendo
las 15hs., con la consiguiente merma del pique.
Recién en ese instante, Alejandro pudo
tomar su mochila y comenzar a repartir algunas
empanadas.
El
viento viró al noreste y las copas de
los árboles de la costa uruguaya frenaron
la leve brisa imperante. Resultado: calma chicha
y ningún otro pejerrey. Fin de una jornada
como pocas.
Mientras saboreaba su último bocado,
Ale se sintió afortunado de poder apreciar
el paisaje que lo rodeaba. Las frenéticas
horas anteriores no le habían dado la
posibilidad de contemplar semejante despliegue
de la naturaleza. El reflejo del sol sobre las
tranquilas aguas del río, lo invitaban
a reflexionar sobre el significado que tiene
la pesca para él: los amigos, el placer
de sentir el viento en la cara, la intriga de
lo que vendrá al final de la línea,
el silencio que acompaña la inmensidad
del estuario, la charla confidente, la felicidad
plena…

Sólo el grito de alegría de uno
de nosotros pudo sacarlo de su concentración
mientras el catamarán semirrígido
“volaba” sobre las olas aprovechando
la sustentación del viento y la reducida
superficie de contacto de los pontones con el
líquido.
Las tres embarcaciones se dirigían a
todo motor a un encuentro frontal contra una
gigantesca pastilla de vívidos colores
que se fundía en el horizonte de la costa
argentina.