En tiempos como el presente, en que la oferta
de elementos de pesca es tan abundante y
variada que un mismo producto, cualquiera
sea éste, se ofrece en múltiples
versiones que van desde la más lujosa
(y por ende más costosa) hasta la
que se encuentra al alcance del más
modesto bolsillo. Por ejemplo, las cajas
de pesca.
Entre los límites
marcados desde el humilde "cajoncito"
sin bandejas donde apenas cabe un reel y
un par de líneas y los verdaderos
monstruos de varios pisos, multibandejas,
multibolsillos y hasta con ruedas y asiento
incorporados, existe una enorme variedad
de modelos y alternativas capaces de satisfacer
las necesidades y expectativas tanto del
más exigente y sofisticado de los
pescadores como las de aquél que
a falta de mayores recursos sigue prendido
a su vieja tacuara o al "reel chileno",
la famosa latita de duraznos con un cabo
de palo de escoba como mayor lujo.
Por eso a quienes alguna
vez han compartido una salida conmigo puede
haberles llamado la atención mi caja
de pesca (para pejerrey), que parece no
llevarse de acuerdo con el resto de mi equipo.
De chapa, con una bandejita en cuyas divisiones
apenas caben las cosas más elementales;
con una bisagra que a pesar de estar cuidada
y lubricada tarde o temprano va a sucumbir
ante los embates del óxido; ruidosa
a la hora de abrirla y moverla dentro del
bote; con un sistema de cierre que ante
el menor descuido me deja con la tapa en
la mano y desparramadas por el piso todas
las cosas que traía adentro un rato
antes; que ya ha cambiado de color no menos
de diez veces, que son las que la lijé
y volví a pintar para ayudarla a
disimular su edad. Porque es viejita, la
pobre ... muy viejita; ya cumplió
cuarenta y siete años. De hecho,
muchos se han burlado de ella a causa de
su antigüedad. Una vez, lo recuerdo
bien, a orillas de la laguna Chasicó
le dijeron "caja de herramientas"
a la pobre.
También recuerdo
que sin mirar a aquel pescador me sonreí
y seguí mi camino sin responder por
la "ofensa". Porque mi caja de
pesca no es una caja de pesca cualquiera.
Ella tiene su propia historia: Cuando yo
tenía ocho o nueve años mi
mamá me acompañó hasta
una casa de pesca que había en aquellos
tiempos por Belgrano, cerca del cine Savoy;
con su exclusivo aporte económico
y sumando lo poco y nada que sabíamos
sobre este deporte compramos unos anzuelitos
sin idea de para qué peces servirían,
unas boyas que en realidad nos gustaron
sólo por el color y algunas cuantas
cosas más que ya no recuerdo. Para
llevar "todo eso" pedimos también
una caja de pesca; y nos la trajeron ...
estaba pintada a fuego, con pintura martelada
de color azul claro, medio verdosa según
como le daba la luz, y tenía pegada
una etiqueta roja y plateada que decía
"Modelo De Luxe". Como buen chiquilín,
yo había quedado fascinado con la
bandeja porque ..."se puede sacar y
tiene muchos cajoncitos ... mirá,
mamá! mirá qué linda!.
Al llegar a casa la escondimos. Dos días
después mi mamá me despertó
más temprano que de costumbre (ya
nos habíamos puesto de acuerdo) y
mientras ella se iba a preparar el desayuno
yo, abrazado al paquete, corrí hasta
el dormitorio y prácticamente me
zambullí sobre mi padre gritando:
"Felíz cumpleaños, papi
!!!", mientras le ofrecía mi
regalo. Creo que ése fue uno de los
obsequios más inesperados que pudo
recibir mi viejo en su vida y, según
vi después, uno de los más
queridos y cuidados por él. Ese mismo
día se pasó la tarde acomodando
las "cosas de pesca", que tenía
guardadas en un cajón, adentro de
su flamante caja. Para mí, ahora
que estaba llena de "cositos para ir
a la Costanera con Papá", la
caja se había convertido en una especie
de cofre del tesoro; más cuando me
enteré que ahí adentro también
había unos mojarreros armados con
anzuelos "pata de mosca" que mi
viejo había preparado para mi uso
exclusivo. Nunca se lo dije, y no sé
si él se dio cuenta, pero yo reventaba
de orgullo al ver mis líneas junto
con las de él, porque para mí
él era el mejor pescador del mundo
y yo era su compañero de pesca.
Con el correr de los
años fuimos muchas veces a pescar
juntos, siempre compartiendo los tesoros
que él guardaba en la que ya era
"nuestra" caja; una caja que ya
empezaba a ser común y muchos otros
pescadores la tenían, pero que para
mí siempre era la mejor de todas
porque ... "es la caja de mi papá,
y además se la regalé yo...".
Pero un mal día mi viejo (como yo
ya era un adolescente el me permitía
que lo llamara "viejo" sin enojarse)
se fue a pescar estrellas a las lagunas
que Dios tiene preparadas en el cielo para
los hombres como él, y entonces la
pesca dejó de interesarme porque
ya no tenía más a mi compañero
de pesca favorito.
Pasaron varios años.
Hasta que un día mis compañeros
de trabajo me entusiasmaron con la idea
de ir a Chascomús, que en aquél
tiempo era el Paraíso de los pescadores.
Pensando más en el asado que en los
pejerreyes, compré una caña
de bambú espina (era lo más
nuevo, la fibra de vidrio todavía
era una ilustre desconocida por estas latitudes),
un Escualo Guazú y dos o tres líneas
armadas con boyas yo-yo, flamante invento
de Nello Principi, Maestro de pescadores,
que recién aparecían en el
mercado. Ya en casa y revolviendo el galpón
en busca de algo que me sirviera para portar
mis recién adquiridos implementos,
encontré arrumbada en un armario
la ya totalmente olvidada caja de pesca
de mi viejo. Todavía conservaba en
su interior buena parte de las cosas que
habíamos usado; habían estado
guardadas tanto tiempo que el nylon de las
líneas se quebraba con sólo
tocarlo, las boyas de corcho tenían
la pintura cuarteada y descolorida y de
los anzuelos no quedaban más que
trocitos de alambre carcomidos, pero a pesar
de eso pude sentir que cada una de esas
pequeñas piezas aún seguía
atesorando el recuerdo de todo lo que habíamos
compartido pescando. Entonces, mientras
sacaba las viejas líneas para guardar
las recién compradas me di cuenta
que, habiendo decidido volver a pescar,
con el mismo cariño y entusiasmo
con que yo se la había llevado hasta
su cama aquella lejana mañana ahora,
en ese día, era él quien desde
allá arriba me estaba obsequiando
su caja para que supiera que a partir de
ese momento, cada vez que yo fuera a pescar
él compartiría conmigo mis
salidas y las disfrutaríamos juntos
tal como tantas otras veces lo habíamos
hecho con las que él organizaba.
Pasaron muchos años
desde aquel día, pero yo sigo usando
siempre mi vieja caja de pesca. Ahora mis
amigos pescadores ya saben por qué;
y si algún día escuchan que
alguien hace un comentario referido a ella
tendrán una buena historia para contarle.
Si es un buen pescador, seguro que la va
a entender.