Poco a poco
la tarde se fue durmiendo apaciblemente
en el Santuario en tanto los últimos
rayos de sol colgaban estrellas centelleantes
en el firmamento. La pomposa luna aún
reservaba su rutilante aparición
para cuando el cielo se encuentre totalmente
engalanado de ellas.
Mientras este
trance cósmico ocurría, nosotros
allá abajo continuábamos con
nuestra faena. Cada tanto entre Luisito
y yo intercambiábamos una mirada
cómplice esperanzados que no comparezcan
los mosquitos y el viejo entonces decida
dar por terminada la pesca. Pero para alegría
nuestra, don Molina mientras preparaba los
“sol de noche”, sacó
del fondo de una bolsa una caja de espirales
contra los mosquitos y otras bestias de
las tinieblas. Celebramos airosos la ocurrencia
del abuelo y éste se mostró
tan feliz como nosotros.
Propiciada
una cálida noche, con los faroles
encendidos, los espirales preparados y nuestro
ánimo a toda máquina, procedimos
a cenar algo que don Molina se encargó
de calentar con leña debajo del sauce
que nos servía de refugio. No terminábamos
de cenar aún cuando un soplo agudo
comenzó a vibrar en el ambiente.
Eran los mosquitos
que como predadores voladores se lanzaban
hacia nosotros dispuestos a reabastecerse
de nutrientes endovenosos. ¡Jue pucha
!! gritó don Molina y rápidamente
se abalanzó sobre los espirales.
Los colocó sobre la borda de la chalupa
y los encendió. Los dípteros
entrometidos se dispersaron y salvo alguno
que otro se atrevía a traspasar la
barrera formada por el humo de los espirales
mezclado con el aroma de los cigarros “
Dispunti de Avanti” que el viejo saboreaba
en ese momento. Luisito y yo estábamos
convencidos que a lo largo del tiempo habíamos
adquirido cierta inmunidad contra semejante
mezcolanza tóxica. Suerte que en
aquella época no existía GreenPeace,
pues nos habría acusado de intentar
la extinción de los molestos insectos.
Mi amigo y
yo estábamos más que felices.
No solo habíamos conquistado un nuevo
territorio, sino que además derrotamos
a sus defensores alados, traspasamos sus
indómitas barreras, robamos su imponente
paisaje y capturamos su tesoro más
preciado, la fauna oculta en sus mismas
entrañas.
Tantas emociones
vividas, produjeron su efecto hipnótico
y cuando la Luna en lo alto nos bendijo
con sus fúlgidos rayos áureos,
Luis y yo entonces dormimos el sueño
de los Césares, amparados en la añil
mirada del viejo y las azules bocanadas
de sus cigarros.
La mañana
nos sorprendió envueltos en el aroma
de la glicinas. Un tímido sol desvestía
la atmósfera de sus ropajes nocturnos.
La vida comenzaba de nuevo en el Santuario,
y nosotros ya éramos parte de ese
paisaje. Dejamos de ser los conquistadores
y fuimos agua y verde, pájaros clamando
al alba renaciente……..y fuimos
estrellas que vivieron una noche entre los
mortales.
Don Molina
calentaba el café con leche debajo
del sauce. Las hogazas de pan rebosaban
de dulce y manteca. Los dos nos lanzamos
con avidez sobre el desayuno y por primera
vez hacíamos pie en este terruño
solitario.
Saciado el
apetito, continuamos con la pesca hasta
el mediodía, momento en el que el
viejo decidió dar por finalizada
la expedición.
La hora señalada
nos encontró remando pesadamente
hacia la salida. Esta vez una rama se encargó
de dejar un recuerdo grabado para siempre
en el brazo de Luis pues en un descuido,
ésta rozó su antebrazo provocando
un leve herida. Sentí un poco de
envidia ya que yo también quería
ser bendecido de la misma manera.
Emergimos de
la espesa mata que formaba la entrada sobre
el Capitancito. Al cruzarla, nuestras vidas
cambiaron radicalmente. Ya no éramos
los mismos muchachos que el día anterior
solo esperaban vivir una aventura. Nos habíamos
convertido en parte del Delta.
El viejo, antes
de alejarnos con la canoa, volteó
su cabeza hacia atrás y con voz reverente
dijo: …..Gracias .
Fue la última
vez que el abuelo vio el Santuario. Meses
después se quedó dormido oteando
la hilera de casuarinas sentado en el muelle
de su Doña Angélica, mientras
fumaba su cigarro de humo azul. Azul cielo.
Azul como sus ojos.
Luis me observaba
a través de la nube azul de su cigarro.
Su mano derecha frotaba la cicatriz que
el Santuario le había dejado. Como
un símbolo heráldico, exhibía
orgulloso su noble emblema.
Otra vuelta
de café cortó el silencio
que se había alzado en la barra del
bar. Extasiados por la nostalgia del recuerdo,
prometimos algún día revivir
esa aventura que nos marcó para siempre.
Sabíamos que no sería igual
porque faltaba el capitán. ¿Quién
se batiría a capa y espada con las
ramas traicioneras…..? ¿ Como
haríamos para combatir los intrépidos
mosquitos…….? ¿Quién
hará las hogazas doradas para el
desayuno…? Ambos imaginábamos
que el abuelo estará ese día
con nosotros.
Allí, con el aroma de las glicinas
En el agua
y en el verde.
En el albardón
de cada orilla
En cada recodo
del Delta.
En el amanecer
de un nuevo día
En el cielo
de las aves .
Allí,
entre las plantas y los sauces, estarás
con tu mirada azul… Don Molina.
Eternamente.
Josecito.