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Operación Santuario -- Josecito

Parte II

Poco a poco la tarde se fue durmiendo apaciblemente en el Santuario en tanto los últimos rayos de sol colgaban estrellas centelleantes en el firmamento. La pomposa luna aún reservaba su rutilante aparición para cuando el cielo se encuentre totalmente engalanado de ellas.

Mientras este trance cósmico ocurría, nosotros allá abajo continuábamos con nuestra faena. Cada tanto entre Luisito y yo intercambiábamos una mirada cómplice esperanzados que no comparezcan los mosquitos y el viejo entonces decida dar por terminada la pesca. Pero para alegría nuestra, don Molina mientras preparaba los “sol de noche”, sacó del fondo de una bolsa una caja de espirales contra los mosquitos y otras bestias de las tinieblas. Celebramos airosos la ocurrencia del abuelo y éste se mostró tan feliz como nosotros.

Propiciada una cálida noche, con los faroles encendidos, los espirales preparados y nuestro ánimo a toda máquina, procedimos a cenar algo que don Molina se encargó de calentar con leña debajo del sauce que nos servía de refugio. No terminábamos de cenar aún cuando un soplo agudo comenzó a vibrar en el ambiente.

Eran los mosquitos que como predadores voladores se lanzaban hacia nosotros dispuestos a reabastecerse de nutrientes endovenosos. ¡Jue pucha !! gritó don Molina y rápidamente se abalanzó sobre los espirales. Los colocó sobre la borda de la chalupa y los encendió. Los dípteros entrometidos se dispersaron y salvo alguno que otro se atrevía a traspasar la barrera formada por el humo de los espirales mezclado con el aroma de los cigarros “ Dispunti de Avanti” que el viejo saboreaba en ese momento. Luisito y yo estábamos convencidos que a lo largo del tiempo habíamos adquirido cierta inmunidad contra semejante mezcolanza tóxica. Suerte que en aquella época no existía GreenPeace, pues nos habría acusado de intentar la extinción de los molestos insectos.

Mi amigo y yo estábamos más que felices. No solo habíamos conquistado un nuevo territorio, sino que además derrotamos a sus defensores alados, traspasamos sus indómitas barreras, robamos su imponente paisaje y capturamos su tesoro más preciado, la fauna oculta en sus mismas entrañas.

Tantas emociones vividas, produjeron su efecto hipnótico y cuando la Luna en lo alto nos bendijo con sus fúlgidos rayos áureos, Luis y yo entonces dormimos el sueño de los Césares, amparados en la añil mirada del viejo y las azules bocanadas de sus cigarros.

La mañana nos sorprendió envueltos en el aroma de la glicinas. Un tímido sol desvestía la atmósfera de sus ropajes nocturnos. La vida comenzaba de nuevo en el Santuario, y nosotros ya éramos parte de ese paisaje. Dejamos de ser los conquistadores y fuimos agua y verde, pájaros clamando al alba renaciente……..y fuimos estrellas que vivieron una noche entre los mortales.

Don Molina calentaba el café con leche debajo del sauce. Las hogazas de pan rebosaban de dulce y manteca. Los dos nos lanzamos con avidez sobre el desayuno y por primera vez hacíamos pie en este terruño solitario.

Saciado el apetito, continuamos con la pesca hasta el mediodía, momento en el que el viejo decidió dar por finalizada la expedición.

La hora señalada nos encontró remando pesadamente hacia la salida. Esta vez una rama se encargó de dejar un recuerdo grabado para siempre en el brazo de Luis pues en un descuido, ésta rozó su antebrazo provocando un leve herida. Sentí un poco de envidia ya que yo también quería ser bendecido de la misma manera.

Emergimos de la espesa mata que formaba la entrada sobre el Capitancito. Al cruzarla, nuestras vidas cambiaron radicalmente. Ya no éramos los mismos muchachos que el día anterior solo esperaban vivir una aventura. Nos habíamos convertido en parte del Delta.

El viejo, antes de alejarnos con la canoa, volteó su cabeza hacia atrás y con voz reverente dijo: …..Gracias .

Fue la última vez que el abuelo vio el Santuario. Meses después se quedó dormido oteando la hilera de casuarinas sentado en el muelle de su Doña Angélica, mientras fumaba su cigarro de humo azul. Azul cielo. Azul como sus ojos.

Luis me observaba a través de la nube azul de su cigarro. Su mano derecha frotaba la cicatriz que el Santuario le había dejado. Como un símbolo heráldico, exhibía orgulloso su noble emblema.

Otra vuelta de café cortó el silencio que se había alzado en la barra del bar. Extasiados por la nostalgia del recuerdo, prometimos algún día revivir esa aventura que nos marcó para siempre. Sabíamos que no sería igual porque faltaba el capitán. ¿Quién se batiría a capa y espada con las ramas traicioneras…..? ¿ Como haríamos para combatir los intrépidos mosquitos…….? ¿Quién hará las hogazas doradas para el desayuno…? Ambos imaginábamos que el abuelo estará ese día con nosotros.


Allí, con el aroma de las glicinas

En el agua y en el verde.

En el albardón de cada orilla

En cada recodo del Delta.

En el amanecer de un nuevo día

En el cielo de las aves .

Allí, entre las plantas y los sauces, estarás con tu mirada azul… Don Molina.

Eternamente. Josecito.

 
     
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