Nos acercamos
al ventanal para observar la escena. La
lluvia había cesado por completo
y nuestro perro blanco esperaba en el mismo
lugar que antes.
- Bueno ¡Ahora
o nunca! ¡Vamos! - ordenó Paco
-¡No,
esperen un momento por favor!- suplicó
Luis – Si no me equivoco, él
intenta decirnos algo. A lo mejor quiere
que lo sigamos. ¿Por qué no
intentamos ir calmadamente tras él
a ver que pasa?
- Me parece
bien- asintió José.
Mientras tanto
Alí sacó de un armario cinco
capas para lluvia, un machete y nos ofreció
botas de goma para José y para mí.
-¡Listo!-
Paco tomó la vanguardia y decidido
giró el picaporte de la puerta.
Lo seguimos
y sin hablar enfilamos en dirección
al sendero. El perro nos esperaba envuelto
en una atmósfera surrealista y misteriosa.
Paco diminuyó la marcha cuando se
encontró a dos metros del animal.
Escuché al perro lanzar un resoplido
y dio media vuelta en dirección al
sendero, trotó tranquilamente y se
sumergió en la huella.
La senda era
estrecha y estaba formaba por una espesa
galería de hierbas y plantas de todo
tipo. El suelo, aunque barroso, estaba firme
y bien asentado. Alí recorría
este camino con frecuencia para revisar
las trampas que estaban al final del sendero.
Yo nunca había transitado por el
lugar y curioso le pregunté al Turco
que estaba unos metros detrás de
Paco...
-¡Alí
¡ ¿ hasta dónde llega
esto?-
Llega hasta
el otro lado de la isla sobre el río
Sauce y el Uruguay. Son como veinte minutos
caminando.-
-¡Ah!.....
lindo chiste, pensé.
Avanzamos unos
treinta metros cuando Paco indicó:
-¡Ya
no veo al perro, pero igual sigamos avanzando!
-¡Bueno!
– respondió Luis detrás
de Alí.
José
que cerraba filas preguntó:
- Muchachos
¿y sí probamos pidiéndole
los tres deseos al perro y nos vamos a casa?
Caminábamos
sin dificultad por la huella. Paco atendía
diestramente con el machete cualquier rama
desacomodada que encontraba a su paso.
El retumbar
lejano de los truenos nos presagiaba un
destino húmedo para nuestra pequeña
empresa. Pero continuamos avanzando dispuestos
a resolver el acertijo de una vez por todas
y cada tanto, el animal aparecía
y desaparecía en cada recodo del
camino. En ocasiones se adelantaba y a veces
nos esperaba en alguna curva. Si no fuera
por el halo de misterio que cubría
su existencia, diría que actuaba
como cualquier perro común y corriente.
Sin embargo, estaba claro que él
tenía directa relación entre
Alí y la desaparición de su
amuleto.
Llegamos al
centro de la isla, lo delataba la espesura
del follaje que estrechaba el sendero haciendo
más difícil la marcha. Multitud
de troncos caídos se cruzaban. Sobre
nuestras cabezas y a través del follaje
se distinguían negros nubarrones
que apagaban la escasa claridad que había
en el monte.
Seguimos avanzando
por la espesura cuando se oyó la
voz de Alí que decía:
- Estamos por
salir del monte. Luego saldremos al claro
donde tengo las trampas y de ahí
en adelante, es todo pastizal y malezas
hasta la orilla.
-Bueno, veremos
que hace el perro y donde nos lleva- opinó
Paco.
Como había
anunciado Alí, salimos a un despejado.
El perro estaba parado junto a las trampas
vacías que el Turco tenía
preparadas para los coypos. Nos detuvimos
para observar al perro que al vernos reanudó
la marcha a través del pastizal.
Ya no había camino ni huella que
seguir, ahora debíamos hacer nuestro
camino siguiendo al extraño animal
de destino incierto.
Reanudamos
la marcha a través del terreno. Al
encontrarnos en época invernal las
matas no estaban altas y se podía
ver por donde pisábamos, no obstante,
comenzamos a transitar por un suelo barroso
y cada tanto encontrábamos pequeños
charcos de agua que cruzábamos sin
dificultad. Caminábamos uno al lado
de otro y no en fila india como lo hicimos
en el sendero y al cabo de cinco minutos
de marcha, Alí, que estaba veinte
metros delante nuestro se detuvo repentinamente
y señaló con su mano derecha
hacia el frente .
-¿Qué
es eso?- preguntó intrigado.
Nos detuvimos
todos y fijamos la vista hacia el lugar
que señalaba Alí. Pude ver
los juncales que marcaban el final de la
isla. Más lejos y escondida entre
la bruma que flotaba en el río se
divisaba la isla Juncalito.
-¿Qué
es lo que ves Alí?- gritó
Luis que como yo no lograba ver nada extraño.
-¡Allá,
derecho! ¡Delante del perro! ¿Lo
ven?
Alcé
la vista nuevamente y miré adelante
del perro que se había detenido cerca
de la orilla. El animal se distinguía
claramente entre los pastos gracias al color
blanquecino de su pelaje. Entonces pude
ver una forma oscura y redondeada que se
hallaba en el agua, sobre los juncos de
la orilla.
¡Hialá,
Hialá! ¿Lo ven?- preguntó
impaciente Alí.
-¡Sí,
acerquémonos más para verlo
mejor!- contestó Paco.
Reanudamos
la marcha en dirección al misterioso
objeto que acabábamos de descubrir.
Pueden imaginarse el estado de excitación
que teníamos los cinco, estábamos
a punto de revelar el misterio que nos mantenía
en vilo. Allá, frente nuestro, estaba
la verdad.
A medida que
nos acercábamos, las formas del objeto
se definían más claramente.
Su tamaño aumentaba con el ritmo
de nuestros pasos. El suelo antes consistente,
se transformó en un barro pegajoso
y resbaladizo. Por fin llegamos y observamos
de cerca la extraña forma que se
hallaba en el agua.
Se trataba
de la obra viva de una embarcación
de madera que había dado una vuelta
de campana y ahora presentaba totalmente
su casco. No tenia nombre ni señas,
por lo que supusimos que pertenecía
a un islero. Medía unos seis o siete
metros de largo y no tenía quilla.
Un eje desnudo asomaba en la popa junto
a los restos retorcidos del soporte de la
pala timón. La proa se encontraba
apenas enterrada en el albardón de
la orilla, y la popa, que se hallaba totalmente
sobre el agua, cabeceaba lentamente copiando
el suave rolido de las olas.
-Bueno, hasta
aquí llegamos- dijo entonces Paco.
-Por lo que
se ve se trata de un naufragio y muy reciente-
sentenció José. Luego prosiguió
su análisis.
Se debe haber
tragado un tronco o algo así, porque
le arrancó el timón y la hélice.
Seguro que sin gobierno habrá quedado
a merced del temporal que lo trajo hasta
acá. Creo que además, llegamos
justo a tiempo.-
-¿Para
qué a tiempo?- indagó Luis.
- Fijate que
apenas se mantiene aferrada a la orilla
por la punta. En cuanto crezca un poco se
la lleva el agua.
-¿Se
habrá salvado el tripulante?- pregunté
-¡Vaya
uno a saber! Ahora se explica la presencia
del perro.......y a propósito ¿dónde
se habrá metido?
Todos levantamos
la vista para buscarlo, pero yo me detuve
en Luis que estaba agachado observando algo
en el suelo entre los juncos y la proa del
navío. Entonces se incorporó
y llamó al Turco que estaba buscando
al perro entre la maleza.
- ¡Alí!
¡Alí! ¡Vení, vení
a ver acá!
El Turco giró
la cabeza y salió disparado hasta
colocarse al lado de Luis. Repentinamente
se tomo la cabeza entre las manos y se dejó
caer pesadamente sobre sus rodillas.
-¡Lhá,
Lhá! ¡Alá, jhan dulilá
Alá! ¿Por qué me castigas
mi Señor? ¡Alá!- lloraba
desconsolado.
Me acerqué
un poco más para ver. Allí,
semienterrada en el barro, estaba la botella
verde de Alí, rota en varios pedazos.
Su desconsuelo y clamor nos apremiaba hasta
las lágrimas. Era muy duro para él
ver el estigma de su vida, hecho mil pedazos.
La esperanza de encontrar su nazarlik intacto
había mantenido la compostura y serenidad
del Turco hasta ahora, pero ya no tenía
motivos para contenerse y descargó
todo su sufrimiento en un largo lamento.
Nos quedamos
de pié junto a nuestro amigo tratando
de reanimarlo, no había consuelo
para él. De pronto se incorporó
y comenzó a golpear con sus puños
crispados el casco de la chata, mientras
profería insultos y maldiciones en
su lengua.
-¡Maldito,
maldito! ¡Justo tuviste que venir
a enterrarte acá donde estaba mi
nazarlik! ¡Condenada de los infiernos......te
voy a quemar..........!
-¡Pará,
pará un poco Alí! ¡Shhh,
silencio... silencio! ¡Escuchen!?
¿Lo oyen?- gritó Paco que
estaba parado con sus brazos extendidos
implorando calma. En la lejanía se
percibió un trueno apagado.
-¿Qué
decís Paco?- dije contrariado.
-¡No!
¡Acá, acá dentro del
casco! ¡Escuchen!
Puse la mano
sobre la cabeza de Alí que se había
calmado ante el pedido de Paco. Ahora todos
estábamos en silencio y entonces
José apoyó su oreja sobre
la madera. Los demás lo imitamos.
Desde el interior provenía un gemido
doloroso y profundo. Saqué la cabeza
y espantado di un salto hacia atrás.
Era el mismo lamento que escuché
en la casa pero ahora más apagado
y sin la fuerza de entonces.
-¿Qué
diablos fue eso?- pregunté aterrado.
-No sé
que es, pero está ahí dentro.
Y algo tenemos que hacer para averiguarlo
porque se nos viene la noche encima.- argumentó
José.
Paco comenzó
a estudiar la nave. Recorrió todo
el perímetro del casco hasta donde
la altura del agua se lo permitió.
Se encogió de hombros y cruzándose
de brazos, expuso sus conclusiones.
-¡Bien!
A ver. Vinimos hasta acá traídos
por el perro que ya no está más.
Y ahora tenemos en frente otro dilema para
resolver antes que la tormenta o la noche
nos sorprendan. Y la única forma
por lo que veo es levantar un poco la chata
de un lado para poder pasar por abajo y...
no sé.- dijo mientras se tomaba el
mentón.
Alí
que ahora se encontraba totalmente repuesto
después del duro golpe dijo:
- Amigos, me
acompañaron hasta aquí y no
sé como se los voy agradecer. Pero
ahora les pido un último favor. Sea
lo que fuere que esté aquí
dentro, tiene que ver con la destrucción
del nazarlik. Y antes que la venganza del
Califa me alcancé, quiero vérmelas
con el desgraciado que arrojó mi
vida al viento.
-¿Y
vos que querés hacer?- preguntó
Luis
-Sencillo.
Ustedes cuatro sostienen la chata, como
dijo Paco y yo entro para ver que hay.
- ¡Listo,
hagámoslo ya!- propuso José
Una incipiente
brisa proveniente del río comenzó
a soplar empujando los nubarrones hacia
las islas. Los relámpagos y refucilos
apenas se distinguían cuando nos
ubicamos los cinco a estribor de la chata
en el centro y de espaldas a la borda. Comenzamos
a levantar la barcaza y a medida que lo
hacíamos nuestras botas se hundían
en el barro. Pero lográbamos elevar
un poco el borde, lo suficiente para que
pasara una persona. Luego Paco ordenó:
-¡Dale
Alí! ¡Ahora!
Alí
soltó la embarcación, con
agilidad se zambulló en el piso y
rodó por debajo de la borda. Sentimos
la falta de los brazos del Turco porque
ahora la chata pesaba como mil demonios.
Cada tanto debíamos compensar los
centímetros que nos hundíamos
en el barro, levantando un poco más
la chata.
-¿Y
Alí? ¿Qué ves?- pregunté
ahogado.
La voz de Alí
sonaba hueca y con reverberancia.
-¡No
sé! ¡No veo nada! ¡Solo
hay cosas mojadas y.........¡Ahh!
¿Qué es esto? ¡Esperen,
esperen!... creo que acá arriba hay
algo... ¡Ahh!... ¡aguanten un
poco más que lo agarro!
- ¡Apurate
Turco!- gimió Paco. Su rostro estaba
enrojecido. Luis jadeaba y José transpiraba
copiosamente. Mis fuerzas comenzaban a flaquear.
Sólo se escuchaba el gruñido
instintivo que lanzábamos mientras
hacíamos una fuerza descomunal para
sostener la chata. De pronto comenzamos
a notar movimientos adentro, como bultos
que se sacudían de un lado a otro.
Creí que algo malo le estaba pasando
al Turco.-
-¡ Turcoooooo!¿Qué
pasooooó? gritó Paco.
Justo cuando
mis fuerzas me abandonaban los pies de Alí
comenzaron a asomar por debajo.
-¡Ya
salgo! ¡Un poco más! ¡Aguanten!.....
¡Ya está!
Apenas salió
y sin proponer nada, soltamos la inmensa
sobrecarga que habíamos soportado.
Muestras botas habían quedado enterradas
hasta la mitad en el barro. Los cuatro nos
apoyamos sobre el casco para despegar las
botas del barro y reponer fuerzas. Miré
al Turco que estaba arrodillado con una
bolsa harapienta entre las manos, hurgando
con ansiedad en su interior. Me agaché
para calzarme bien las botas y fue entonces
que percibí que Luis se sobresaltó
de golpe, levanté la vista y todo
se paralizó a mí alrededor.
Por un instante el tiempo detuvo el inexorable
avance de las agujas del reloj cósmico
que rige la vida de los mortales. Aquí
abajo, sobre la hierba y el barro, la bolsa
cobro vida y se estremeció delante
de nosotros.
-¡Jhan
dulilá! ¡Está vivo!-
festejó Alí levantando las
manos hacia el cielo.
Luego, puso
sus manos sobre la bolsa y apartó
parte de la tela. El rostro de un bebé
muy pequeño se asomó por la
abertura. Agitó sus diminutas manos
y un llanto lleno de vida brotó de
sus labios. Todas las emociones del alma
se apretujaron en mi corazón y mi
espíritu acongojado desahogó
por fin su llanto junto al niño.
Jamás pude detallar en su justa medida
lo que sentí en ese momento.
La tormenta
cesó su impulsivo azote. Los truenos
ahogaron su clamor más allá
del horizonte. Sobre el río flotaba
la bruma del atardecer y la primera estrella
de la noche centelleaba sobre los árboles,
blanca... muy blanca.
Epílogo
Haseb descendía
apurado por la escalinata del Juzgado. Sus
“tíos” lo esperamos con
un regalo cada uno de nosotros. Alí
se asomó por la puerta del despacho
del Juez, exhibiendo orgulloso un papel
escrito con paciencia, amor y un montón
de sellos. Su sonrisa lo decía todo.
Había conseguido después de
cinco largos años, la tenencia definitiva
de Haseb. Mientras se acercaba a nosotros
recordé el regreso a la casa con
la preciada carga. Estaba muy débil,
pero con esfuerzo lo mantuvimos a salvo.
Recuerdo como Alí contaba el susto
que se dio cuando estaba agachado dentro
de la chata y su cabeza dio contra la bolsa,
que de milagro, había quedado colgada
de la caña del timón y mantuvo
al niño alejado del agua. Nunca supimos
quienes fueron sus padres y el destino que
les toco vivir. La barcaza y el perro desaparecieron
al otro día sin dejar rastro llevándose
el secreto para siempre.
Alí
por fin se paró junto a nosotros.
Estaba muy emocionado cuando habló.
-¡Hoy
Alá me ha bendecido nuevamente! -
Acarició la cabeza de Haseb y prosiguió.
-He recuperado
mi nazarlik otra vez. Estaba escrito en
el libro sagrado, como Alí siempre
decía. Nadie escapa a su destino.
Alá trazó el rumbo del bote
de Alí, para que los encontrara a
ustedes. Sin sus amigos, jamás Alí
hubiera podido levantar la chata y rescatar
a Haseb.
Nunca medité
si realmente existió ese genio, o
que el perro lo fuera y que guío
nuestros pasos hacia el naufragio, o tal
vez el niño sea el genio reencarnado,
no lo sé. Pero Alí si lo creía
y era suficiente para mí y también
para los demás. Hoy la historia había
terminado.
- Che Turco,
ahora podemos bautizarlo ya que tiene apellido-
dije conmovido.
- ¡Si,
ya lo creo! ¡Haremos una fiesta grande
y habrá muchos regalos!
Paco tomó
en brazos a Haseb y comenzó a caminar
al lado de Alí.
-Hablando de
bautismo ¿Ya pensaste quien va ser
el padrino de este sabandija?-
- Si tío
Paco, dale- irrumpió el niño-
¿Y sabés lo que quiero que
me regalen?
-¡Ah
si! Mirá vos que pedigüeño.
A ver..... ¿Y qué querés
vos, eh?
-Quiero un
perro blanco, blanco como la nieve.
Se alejaron
riendo. Nosotros tres nos miramos y caminamos
despacio detrás de ellos sin agregar
ni una sola palabra...
FIN
Dedicado
a la memoria de Rafael Franzón