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Los Caminos de Alá -- Josecito


Parte II

Un siseo repentino presagió el estallido de un trueno ensordecedor que sacudió la vivienda. Luego, la voz de Paco surgió entre los últimos ecos del estruendo que se apagaban lentamente.

Dale Alí, está bien que creas que en tu botella había un genio, pero creer que se escapó y que ahora anda suelto por ahí asustando a la gente......me parece exagerado.

Te entiendo Paco.- indicó Alí –Si yo fuera occidental también lo dudaría.- agregó después.

Lo que pasa es que estás sugestionado con la pérdida de tu talismán, pero pronto lo vas a encontrar en el lugar menos pensado. Acordate que la botella está herméticamente cerrada y al menos que se rompa, seguirá flotando por ahí.- intervino Luisito.

- Estoy de acuerdo. Aparte si el tiempo no embroma, tenemos dos días para ayudarte a encontrarla.- manifesté para tranquilizar al Turco.

Si, tiene razón el Tano. Tenemos la Yarará, el bote, la chata y la canoa. Podemos organizar una expedición con las cuatro - intervino Paco, pero lo interrumpió José que hasta ese momento casi no había intervenido:

- Paco , está bien organizar una exploración para encontrar la botella, pero me parece que nos olvidamos que Alí dijo que “vio” al genio. ¿Por qué no lo dejamos hablar y después pensamos lo que hacemos?

Todos coincidimos en silencio y buscamos al Turco, que en ese momento estaba parado con la mirada fija en el reloj de la pared, el de arriba de la salamandra. Faltaba un cuarto para las tres de la tarde. Al darse cuenta que todos estábamos pendientes de el advirtió:

- Dentro de quince minutos estará afuera y podrán verlo con sus propios ojos.

Un escalofrío intenso recorrió mi espalda al escuchar las palabras proféticas de Alí. Los muchachos se movieron nerviosos cada uno en su sitio, paseando su vista entre el reloj y la amplia ventana. El primero en hablar fue Paco que no podía disimular su perturbación.

- ¡Vamos Turco, no nos vas a decir que el genio tiene un reloj también! - dijo excitado.

Alí meditó por un momento su respuesta. Al fin habló con voz calma y pausada, como haciendo tiempo.

-Amigos míos, se que les cuesta creer lo que les digo. Su educación occidental les enseñó a creer sólo en lo material, en lo que ven con sus ojos y no con el alma. Mi vida es más espiritual y está colmada de las intervenciones de Alá. Hizo una pausa y agregó – Por eso les pido unos minutos más para verlo y después podrán ayudarme a resolver este misterio. Creo que no es casualidad que hoy ustedes estén acá conmigo.

- ¿Por qué no es casualidad nuestra presencia hoy aquí?- propuse aún nervioso.

Alí se dirigió a su dormitorio. Yo necesitaba ir al baño. Al cabo de unos instantes volvió con el Corán en la mano y dijo con tono lacónico. – ¡Porque todos los caminos están escritos aquí mismo por Alá!- sentenció levantando el libro sobre su cabeza.

Está bien Alí, te creemos pero contanos más del genio ¿Cómo es? ¿Qué hiciste cuando lo viste? ¿Te habló?- preguntó impaciente Luis.

Dejando el libro sagrado en la mesa Alí manifestó con calma. – Como ya les dije antes, apareció el jueves por la mañana en el sendero del fondo de la casa, el que conduce a las trampas que hay del otro lado de la isla. Hoy, cuando ustedes llegaron, justamente venía de perseguirlo. Aparece antes del mediodía y después a esta hora.

-¿Pero no hace nada?- preguntó nuevamente Luis. –No nada, sólo se queda mirando.- contestó Alí.

Para entonces mi contención no aguantó más. Me levanté de la silla y cuando entré al cuarto de baño percibí la voz de Alí que decía: - Ya es la hora.- Cerré la puerta tras de mí tratando de alejarme de esta situación estremecedora. No llegué a pararme delante del inodoro cuando me paralicé. Por la pequeña ventana del cuarto se escuchó un lamento aterrador que provenía desde afuera de la casa. Todos los horrores de la humanidad no podían compararse con este aullido pavoroso que desgarró hasta la última fibra de mi alma. Salí rápido del cuarto para reunirme con mis amigos y enfrentar juntos lo que se venía. Pero al llegar a la cocina ya no había nadie. Estaba solo.

Un sentimiento de angustia me invadió por completo. Sabía que mis compañeros no me abandonarían a merced del infortunio. En ese instante pasó como un pantallazo aquella visión de la Yarará acercándose dificultosamente hacia mí envuelta en un mar de olas el día en que sin salvavidas caí por la borda en medio de una sudestada en los Pozos. Ellos, arriesgando la embarcación y sus propias vidas, dieron la vuelta para rescatarme. Recuerdo también al Turco sosteniendo con sus manos su narzarlik mientras Paco y José me aferraban con todas sus fuerzas. No, no me iban a abandonar ahora, pensé.

Avancé varios pasos hacia la puerta principal cuando a través del ventanal vi que los muchachos estaban afuera como petrificados: sus ojos fijos mirando hacia el fondo de la casa. Me tranquilicé pero desde el interior no podía ver lo que ellos observaban. Me armé de valor y decidí salir.

Apenas lloviznaba cuando comencé a bajar peldaño por peldaño. El crujir de la madera era lo único que escuchaba aparte de mi corazón. Di la vuelta y me acerqué a ellos por detrás. Puse la mano sobre el hombro de Alí que estaba de rodillas y miré.

¿Cómo explicar lo que había en el sendero cuando en toda nuestra infancia los cuentos nos narraban historias de las mil y una noches, con genios que parecían nubes traslúcidas flotando sobre una lámpara maravillosa? Tal vez un monstruo de ocho cabezas escupiendo fuego a diestra y siniestra sería más conveniente para ilustrar esta historia. Pero no. No era así. Un hermoso perro blanco se hallaba erguido sobre sus cuatro patas a menos de veinte pasos de nosotros. Su largo pelaje lechoso flotaba con la más leve brisa. Conservaba en ese momento una postura señorial y distinguida. En su cabeza grande y poderosa brillaban dos ojos completamente níveos que nos observaban meticulosamente. Parecía que nos estudiaba tanto como nosotros a él. Su mirada era una rara mezcla entre soberbia e indulgencia.

Al fin, después de examinarnos, emitió un breve bufido y luego un corto aullido. El primero en reaccionar fue Paco diciendo:

-Acerquémonos para ver que pasa con este impostor. ¡Avancemos despacio!- agregó incrédulo. Parecía que el perro había comprendido lo que dijo Paco, porque antes de movernos, comenzó a menear su larga cola como cualquier can contento. Acto seguido, giró sobre sus cuartos traseros y con un breve trote se alejó por el sendero.

-¡Vamos ¡- gritó Paco y todos fuimos tras el animal, pero cuando llegamos al sendero el perro desapareció en la primera curva del camino. Al mismo tiempo comenzaba a llover copiosamente y Alí suplicó:

-Vamos adentro. Ya no hay nada que hacer aquí.-

-Pero ¿por qué? insistió Paco – Tenemos que correr tras él…… ¡vamos!-

-¡No! Ya pasé por esto y no hay caso. El genio se desvanece en el aire y comienza a llover como ahora. ¡Amigos, entremos a la casa por favor!- rogó el Turco.

- ¡Bahh! Ya me parecía raro a mí. ¡Si, entremos de una vez por todas antes que nos pesquemos una pulmonía!- concluyó Paco mientras caminábamos hacia la escalera.

Entramos en silencio. Afuera llovía copiosamente. Paco comentó exaltado.

- ¿Y, vieron que no había genio ni que ocho cuartos…?-

-No te precipites Paco- intervino Alí - ¿Por qué no crees que ese animal es un genio?-

-Y... ¿Por qué? ¿Por qué va ser? ¿No viste acaso que era un perro común y corriente? Lindo, pero de carne y hueso, ¡qué va!.....

-Luis, mirando por la ventana dijo: - A mi no me pareció un perro común y corriente. Yo no creo que alguien de la isla tenga un perro así. Está bien cuidado y alimentado. Sería muy raro que ese perro pertenezca al vecindario. -

-Si. Y además con tanta lluvia, ¡hay barro por todos lados!- dije enfáticamente. –Nosotros salimos dos minutos y tenemos barro hasta las orejas y él estaba limpio y completamente seco.- agregué.

-Ustedes se olvidan de algo- interpuso Alí.

¿Qué es?- interrogué inquieto.

-Su collar. ¿No vieron su collar acaso?-

-¡Es cierto, ahora me doy cuenta!- apuntó José – Tenía un collar rojo que apenas asomaba del pelaje.-

-¡Así es mi Said Luis! Ese collar es nada más ni nada menos que la tela roja que protegía mi nazarlik.-

-Bueno....bueno. Está bien. Me convencieron. Mañana al mediodía estaremos listos y preparados para atraparlo acotó Paco, cuando desde la ventana se escuchó la voz de José que lo interrumpió nuevamente:

- Hay dos razones por la que no esperaremos hasta mañana.-

-¿Si? ¿Cuáles son?- interrogó Alí.

-Ha dejado de llover y nuestro amigo está nuevamente en el fondo...

Concluirá...

 
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