Probablemente
todos nosotros alguna vez en nuestra vida
experimentamos circunstancias inusuales
que al después de enfrentarlas, no
sabemos darle una explicación razonable
o nos conformamos con un mero análisis
superficial desechando alguna intervención
sobrenatural que podría aproximarnos
a la verdad. Esta historia es una más
entre tantas que suceden en el día
a día en la vida de un isleño
del Delta.
Alí
Al Hashir era oriundo de Marruecos. La vida
lo había empujado caprichosamente
hasta un pequeño terruño de
la isla en el Arroyo Pereyra, cerca del
Río Ceibo en el delta entrerriano.
Para la vista de cualquier visitante Alí
era un islero más. Sus botas de caña,
una perpetua boina negra gastada, camisa
de poliéster y algodón y un
despuntado cachemir bordó constituían
su atavío de todos los días.
Sus manos rústicas comunicaban respeto
pues eran las manos de una persona hábil
y dinámica. Era un hombre maduro
que a pesar de la vida rigurosa que llevaba
era fuerte y vigoroso. Sus ojos negros y
vivaces reflejaban un espíritu íntegro,
respetable.
Habitaba en
una casita modesta que le había comprado
a un paisano muchos años atrás.
Sus muebles eran sencillos y antiguos. Sus
posesiones más preciadas eran tres:
un Corán que recitaba siempre, un
tapete que usaba para rezar mirando en dirección
a la Meca, y una antigua redoma de vidrio
verde labrada a mano, envuelta a manera
de protección en una tela de tafetán
rojo y que jamás, pasara lo que pasara
y le fuera la vida , se desprendía
de ella. Ni siquiera sus amigos sabíamos
el secreto que guardaba celosamente en esa
misteriosa botella verde. Cuando alguno
le preguntaba por su contenido, sus ojos
adquirían un brillo inusitado y llevándose
la mano hacia la talega roja que pendía
de su cinturón contestaba irónicamente
- Es mi “nazarlik” de la buena suerte
Vivía
como cualquier islero del delta. Amaba y
odiaba la creciente. Peinaba espineles bien
temprano por la mañana. Cuereaba
nutrias, cortaba juncos y mimbre para vender.
Arreglaba muelles, estacadas y desmontaba
cuando algún “inglés” del
continente lo contrataba. Baqueano por naturaleza
y célebre en las artes de cocina,
era famoso en la isla por las comidas típicas
de su tierra que preparaba minuciosamente.
Servicial y amable como todos los de su
raza. Solamente cuando nosotros, sus amigos,
llegábamos su mirada esquiva y retraída
se transformaba entonces en vivaz y llena
de alegría. Lo conocimos de casualidad
hace muchos años cuando estábamos
pescando cachorros en la desembocadura del
Guazú y nos cruzamos con él
a bordo de su chata atiborrada de leña
y otros enseres entonces a la deriva pués
la hélice se había soltado
caprichosamente. Nos compadecimos de su
súplica y lo remolcamos por el Arroyo
Ceibito hasta su casa. Su gratitud nos impresionó
tanto que nos regalamos su amistad para
toda la vida. Y el “Turco” como lo llamábamos
cariñosamente, siempre decía
que gracias a su talismán de la suerte
la vida nos puso en su camino pero años
después supimos todos que en realidad
su amuleto estaba destinado para otra cosa.
Esta historia
comenzó un día de agosto en
un año desapacible con jornadas lluviosas
y de grandes crecidas provocadas por sudestadas
que traían la desazón a los
lugareños dado que la caza y la pesca
mermaban y conseguir el sustento se hacía
muy dificultoso. Los espineles y las trampas
aparecían vacías y con ellas
las esperanzas de quienes subsistían
con los frutos de la naturaleza. También
aquellas familias que vivían de la
huerta, sufrían mucho pues el agua
que todo lo daba, cuando crecía reclamaba
tiránicamente su parte.
La semana anterior
al día de nuestro arribo a la casa
de Alí, fue una de esas semanas en
que el agua mostró toda su fuerza.
Llegamos el sábado al mediodía,
un día frío y con el cielo
totalmente nublado. Luis, Paco, José
y yo bajamos al muelle de la casa y extrañamos
mucho la ausencia de “el Turco” pues a esta
hora siempre estaba en el cobertizo de la
vivienda arreglando las trampas.
A poco de desembarcar
de la “Yarará” Alí apareció
caminando por el sendero del fondo. En su
rostro se reflejaba la contrariedad y la
angustia del hombre que soportaba el peor
de los tormentos. Nunca antes habíamos
visto al Turco así. Mientras se acercaba
a nosotros con un paso agobiado, conjeturábamos
que ese estado se debía al problema
de las crecidas y el tiempo solapado que
había acontecido. Pero ya Alí
había vivido épocas parecidas
y su felicidad y entusiasmo jamás
fue avasallado por las circunstancias y
menos aún cuando nosotros, sus “hermanos”,
llegábamos de visita.
Pero al acercarse
a nosotros nos quedamos boquiabiertos sin
poder decir absolutamente nada. Todas las
catástrofes del mundo podrían
ocurrir en este momento pero ninguna provocaría
un desastre tan grande como el que preveíamos
que ocurriría ante semejante aparición.
Estábamos tan desconcertados como
nuestro amigo que ya por fin se paró
delante nuestro y pudimos confirmar nuestro
descubrimiento. Su talismán ancestral,
trasmitido de generación en generación,
guardado celosamente por Alí, ya
no estaba amarrado al cinto con su talega.
Su ojos inexpresivos y desolados garantizaban
la desaparición del mismo pues de
tenerlo seguro en otro lugar, aunque esto
sería improbable, nuestro compañero
no estaría tan triste. Entonces con
voz desolada dijo:
-Salamaléicon
mis amigos….. Su visita trajo alegría
a esta casa. Alí necesitaba de Uds.
Alá tiene compasión de mí.-
Paco, tomando
la iniciativa contestó:
-Salamaléicon
salán… pero decinos Alí. ¿Dónde
está tu talismán? ¿Lo
perdiste acaso?-
-¡Así
es said!- respondió Alí.
-¡Y toda
la desgracia caerá sobre la cabeza
de Alí! ¡Mi vida, mi historia,
todo se fue con mi nazarlik…!- concluyó
mientras tomaba su cabeza entre las manos.
Los cuatro
nos miramos absortos pués sabíamos
la trascendencia de esto.
Luego, un poco
más repuesto agregó: -Por
favor mis amigos, dejen sus cosas debajo
del alero y pasen adentro que les contaré
lo que pasó, antes aseguraré
la “Yarará” y le pondré la
cubierta .- dijo y en silencio aceptamos
la invitación y angustiados por “el
Turco” entramos a su casa justo cuando una
molesta llovizna comenzaba a caer.
La salamandra
estaba encendida y sobre ella había
una pava llena de café caliente.
Un aroma a leña flotaba en el interior
de la casa haciendo más confortable
el ambiente.
Cuando nos
quitamos los abrigos, entró Alí
e invitó a sentarnos. Afuera comenzaba
a llover copiosamente.
-¡Justo
a tiempo, por favor pónganse cómodos
mientras les sirvo café caliente!
¿Alguien quiere un poco de coñac?-
preguntó solicito. Luis y Paco respondieron
afirmativamente. Entonces José antes
de llevarse la taza a la boca dijo:
- Alí,
¿como perdiste tu botella? ¡Contá
por favor!-
Entonces Alí,
mientras servía el licor a Luis y
a Paco, comenzó su relato diciendo:
.-Antes de
contarles sobre como la perdí, es
mejor explicarles “que” fue lo que perdí.-
-Bien Alí.
Contá porque ninguno de nosotros
sabíamos nada sobre tu talismán
de la suerte.- dije mientras mis compañeros
asentían con un gesto.
Comenzó
diciendo:- Antes de partir de Fez allá
en Marruecos, mi “baba” me entregó
mi nazarlik y me dijo que lo cuidará
con mi vida si era necesario. Me contó
que su “baba” se lo había entregado
antes de morir con idéntica demanda.
Y que a su vez su padre se lo entregó
también y así sucesivamente
de generación en generación.
Al entregármelo también me
dijo que era importante que siempre lo lleve
conmigo a todos lados porque él me
preservaría de todos los males a
mí y a quien estuviera conmigo. Según
mi padre- prosiguió -la botella estaba
labrada con símbolos escritos en
una lengua muy antigua y decía que
en su interior estaba preso un genio que
había sido sorprendido enamorando
a la única hija de un Califa muy
malvado. Este lo atrapó y logró
encerrarlo en la botella por más
de mil años en castigo por su atrevimiento.
Esta botella debía ser protegida
hasta que se cumpliera la condena impuesta
por el Califa, so pena de padecer miles
de sufrimientos eternos a quien perdiera
o abriera la botella liberando al genio.-
-Pero... ¿
por qué era un amuleto de la suerte?-
preguntó Luis
-Porque al
estar cerca de él, recibiría
la influencia del genio atrapado en la botella
y nada podría pasarme.- dijo Alí
mientras nos servía otra vuelta de
su exquisito café a la marroquí.
-Por eso, aquel
día que me hallaba a la deriva a
merced del oleaje, le pedí a mi genio
que me enviara ayuda y fue entonces que
aparecieron ustedes para socorrerme - dijo
muy emocionado.
Y decinos Alí...
¿cuándo perdiste a tu genio?-
preguntó José mirando por
la amplia ventana que daba al muelle donde
estaba amarrada la lancha.
-Hace cinco
días me levanté temprano porque
el agua golpeaba en la escalinata de la
casa. Entonces bajé para arriar algunas
cosas y después salí con el
bote a sacar el espinel que tenía
sobre el Ceibo pegado a los juncos del arroyo.-
Luego prosiguió – Cuando llegué
a la estaca noté que la línea
estaba sobre los juncos y que sería
dificultoso sacarla. Además el agua
subía fuerte y el oleaje me llevaba
para adentro. Entonces tomé la línea
con mis manos y comencé a subirla
al bote. Había muchos bagrecitos
y carpas chicas, pero cuando estaba llegando
al final, un fuerte tirón me llevó
medio cuerpo afuera del bote y un anzuelo
se prendió de la manga de mi saco-.
-¿Y
que bicho era? pregunté intrigado.
No sé. Creo que era una carpa grande.-
contestó
-Seguí
Alí ¿Qué pasó
después? pregunté ansioso.
-Me tiré
para atrás con todas mis fuerzas,
pero no me había dado cuenta que
la bolsa había quedado enredada en
el tolete y cuando tiré, se rompió
y cayó al agua-.
Vi que la botella
flotaba y era arrastrada por la corriente
río abajo. Salté al agua para
alcanzarla y nadé tras ella, pero
cuando estuve cerca de tomarla, la línea
enganchada en la manga impidió que
me acercara más. Sentí que
mi corazón quería salir de
mi pecho. Desesperado volví al bote
para remar tras ella. Al subir sufrí
un frío mortal que me atenazaba desde
adentro. La botella había desaparecido
de mi vista . Ya no la vi más. Congelado
regresé a casa para cambiarme de
ropa e intentar volver para encontrarla,
pero la tormenta se había desatado
furiosa y sería imposible verla de
nuevo.-
¿Saliste
después para ver si quedo entre los
juncos? indagó Luis.
-Si, fui después
de la tormenta. Y dos días seguidos
salí para buscarla. Recorrí
palmo a palmo cada remanso, cada juncal
y cada orilla... y nada. Me cansé
y ahora espero que el infierno del Califa
se desate sobre mi cabeza.- concluyó
sereno.
Todos nos quedamos
extasiados por el relato de nuestro amigo
y nadie se atrevió a preguntar nada
más. El mutismo dominaba la morada.
Afuera un trueno quebró el silencio
anunciando un chaparrón más
grande. La lluvia animada golpeaba la ventana
de la casa. Las gotas resbalaban hasta juntarse
unas con otras y dibujaban diminutos arroyos
cristalinos sobre el vidrio.
De pronto Alí
dijo con voz ahora trémula:
-El genio se
escapó de la botella:-
Al oír
semejante afirmación, todos lo miramos
asombrados.
-¿Qué?-
pregunté-
-¿Cómo
lo sabés? dijo Paco.
-Porque hace
dos días que lo veo. Viene a buscarme.-
Continuará...