Prologo
Cada
tanto, los idealistas de esta página,
convocan mi intervención a fin de revelar
un análisis sobre alguien en particular
o algún acontecimiento en especial. O
tal vez, narrarles alguna ficción vinculada
al mundo que nos simboliza y su mística
Pescanauta. A mí modesto entender, la
palabra que acabo de aludir, tiene cuatro acepciones
<a quo> y bien definidas
desde su origen:
La
pesca, y sus nobles artes.
La náutica, y su depurada técnica.
El compañerismo y el libre albedrío
para compartirlo.
Y por último, aquella que suscitó
la génesis de esta comunidad y se precipitó
a través del encuentro inicial de un
puñado de pescadores y me refiero…a
la aventura.
Hoy mi relato
está dispuesto a todos aquellos que trasiegan
en sus genes, el estigma de la curiosidad y
la epopeya. Porque eso también somos
todos los Pescanutas, un poco aventureros, soñadores
y quijotescos.
Los invito
a repasar este relato de anticipación,
dedicado a todos los Pescanautas y en especial
a mi amigo y colega Don Fernando de la Cruz
por el altruismo y aquilatada dedicación
para con todos los miembros de ésta noble
cofradía.
El
Autor.
Capitulo
I. En el principio.
Una
fría madrugada de invierno en el pleno
corazón del Delta. Un lugar solitario,
lejos... olvidado.
El manto blancuzco cubría la superficie
del arroyo de lado a lado. Un sonido apagado
quebró el silencio espectral que dominaba
el páramo. De pronto, traspasando el
velo níveo, emergió una silueta
oscura que navegaba silenciosa. Al acercarse
al viejo muelle de la casona, se definió
más clara la pequeña embarcación
que silenciosa se aproximó a un costado
del mismo. Cuatro hombres descendieron portando
pesados bultos. Sigilosos dejaron su estiba
sobre la planchada. Cajas y cañas de
pescar, bolsos, y cinco pesados baúles,
fueron acomodados con cuidado y sin hacer ruido.

El
quinto hombre, permanecía inmóvil
al comando de la lancha, esperando que los pasajeros
terminasen la descarga. Cuando ésta concluyó,
separaron la embarcación y tal cual como
vino, silenciosa y rauda… se sumergió
nuevamente en la bruma.
Los
cuatro hombres, callados y meticulosos tomaron
sus pertenencias y dirigieron sus pasos por
el sendero hasta la pequeña propiedad.
Uno de ellos, alto y robusto, no dejaba de observar
con nerviosismo en todas direcciones, como si
tuviera temor de ver a alguien más en
la solitaria isla.
Una
vez dentro de la vivienda, encendieron un farol
a kerosén y un par de velas. El progreso
no había llegado por aquellos rincones
perdidos de Dios. El más joven habló
mientras se frotaba con ímpetu sus manos.
-¡Bueno
muchachos, no podíamos elegir un mejor
día para llegar a la casa! ¿Que
les parece la neblina que encontramos, eh?
-¡Perfecto!
-contestó el hombre canoso, último
en entrar a la casa. Este agregó:
-¡Ni
que la hubiéramos planeado! ¡Ja
Ja!
-
¡Bien, entonces esperemos que todo salga
como lo hemos pensado! Estoy seguro que nada
podrá molestarnos y no hay razones para
estar nerviosos ¿No es cierto Nene?
- dijo el joven mientras se dirigía al
corpulento que observaba a través de
la pequeña ventana del comedor.
-Perdoname
Juan, sólo me dura un poco el cagazo,
nada más - contestó sin
sacar sus ojos del vidrio.
-Estoy
seguro de que tus nervios se van a calmar cuando
se disipe la niebla y veas que estamos en un
lugar solitario. Sin vecinos ni nada. Sólo
nosotros y miles de pajaritos que nos harán
compañía durante nuestras…”vacaciones”
- le respondió irónico Juan.
-¡También
se suponía que en la Comisión
no habría nadie y sin embargo apareció
ese tipo de la nada y casi arruina todo!
- soltó el canoso mientras acomodaba
sus cosas.
-Es
cierto Salcedo, aún estoy pensando quién
cuernos era ese tipo. Planeé esto hace
más de un año. Estudié
cada paso, cada rincón de ese edificio
mientras fregaba el piso. Conocía a todos
los guardias, sus horarios, sus rondas, todo.
Pero este tipo no estaba en los planes. No era
un doctor ni científico ni un guardia.
Yo los conocía a todos porque trabajé
doble turno y cubrí todo el horario de
la planta. Definitivamente no sé quién
era - concluyó expectante Juan.
-Tal
vez el muchacho era nuevo o a lo mejor…no
sé - dijo el más gordo.
-¿Tal
vez qué, Rafa? -indagó
curioso el Nene.
-¿Y
si era de la competencia?
-
¡Bah! No lo creo, no tenía el aspecto.
Más bien estaba más asustado que
vos Nene. Lo que me llamó la atención
era la ropa que tenía puesta. Parecía
una especie de traje aislante o algo parecido.
Tal vez era un operario de la compañía
de electricidad que estaba haciendo un trabajo
de mantenimiento. Vaya uno a saber. No debemos
preocuparnos más y ahora a descansar
un poco que mañana tenemos que…
¡Ir de pesca! - sentenció
finalmente Juan.
Todos
asintieron callados y obedientes al jefe. Se
acomodaron cada uno en sus catres mientras repasaban
mentalmente los acontecimientos del día
anterior.
El
Nene era el más perturbado. Había
protagonizado el encuentro con el desconocido
y no podía olvidar su rostro desencajado
al encontrarse en medio de la penumbra con él.
Además temía por su vida pues
ocultaba el error que cometió cuando
sacó su arma para dispararle. Sabía
que la represalia sería severa y no estaba
dispuesto a exponerse contándolo a los
demás. Pero como dijo Juan el jefe, ya
de día los temores y dudas se irían
disipando y no habría porque temer. Al
minuto, más tranquilo, bostezó
largamente y se arropó con las mantas,
para luego quedarse profundamente dormido.
Afuera
la neblina era aún más cerrada
y faltaba mucho para el amanecer. El frío
impiadoso dominaba el paisaje. El silencio apenas
se interrumpió, cuando en plena oscuridad
y cerca de la casa, una sombra se agitó
nerviosa entre los arbustos.
Capitulo
II. Ciudad Mega Delta.
 |
La
aerocinta estaba colmada de pasajeros. Los carriles
Express eran los más concurridos. Todos
deseaban llegar rápido a sus ocupaciones
y no les molestaba que gracias a la velocidad
con que circulaba la corredera, el paisaje exterior
resultara borroso y turbio a simple vista. Pero
estaban más cómodos que los ocupantes
de las bandas más lentas. Contaban con
asientos y un complejo sistema de comunicación
que los conectaba con sus asuntos. Era un transporte
agradable pues la cubierta de film exacarbonado
que envolvía las cintas, resguardaba
a los viajeros de las inclemencias exteriores.
La velocidad no se percibía ya que el
aire circundante se movía a la misma
velocidad que las bandas y sólo se notaba
su paso cuando necesariamente el pasajero debía
ir trasladándose de las franjas más
veloces a las lentas, para concluir el viaje
en la plataforma de arribo. Allí abordaba
otro contingente de pasajeros y con cada paso
iban subiendo de cinta en cinta, cada vez más
veloces, hasta encontrar la que más le
convenía. La última era la Express
y se desplazaba a 300 mts. por segundo.
La
aerocinta, era el trasporte público de
pasajeros y transportaba a 50 millones de personas
por día, recorriendo una distancia de
12.400 kilómetros sobre Nueva Buenos
Aires y Ciudad Mega Delta.
Se
alimentaban con pilas de Hesenhorf y su funcionamiento
era autónomo, controlado por servos robots,
monitoreando cada punto del recorrido con sensores
y cámaras especiales. Su mantenimiento
era completamente automático y funcionaba
sin problemas desde que fue puesta en funcionamiento,
hace más de un siglo. El único
cambio significativo que introdujeron sus constructores,
fue cuando reemplazaron sus soportes rígidos
y enclavados sobre el terreno, por las plataformas
de levitación gravitacional. Los únicos
puntos de apoyo, los constituían los
Domos de intercambio, verdaderos centros de
transferencia y tráfico en donde millones
de transeúntes peregrinaban durante todo
el día en busca de sus destinos. En estos
puntos había edificios de oficina y vivienda,
núcleos de transporte Transpod y derivaciones
hacia otros subsistemas de aerocintas constituyendo
una efectiva telaraña de circulación
sobre las enormes urbes.
Marcos
Santoro se desplazaba en una cinta estándar.
Le gustaba ir observando el mundo exterior que
se habría como abanico ante sus enormes
ojos azules. En ese momento una sólida
neblina cubría los cimientos de la ciudad,
allá abajo. Poco quedaba de la antigua
edificación Neogótica del Siglo
XX. Los imponentes edificios se erguían
soberbios por sobre todas las cosas. Crecían
desde la bruma y rara vez las nubes develaban
sus cúpulas. Monstruos de fibroaluminio,
hexacarbonatos y polímeros nanosintéticos
habían reemplazado las antiguas y endebles
estructuras de cemento y hierro con que se construían
las casas.
Marcos
vivía en Nueva Buenos Aires, en el barrio
de San Vicente y trabajaba como operario científico
en la O.M.E.E.T; Organización Mundial
para el Estudio del Espacio Tiempo en Mega Delta,
transformada hacia dos siglos en el polo mundial
del desarrollo de proyectos científicos
de la Confederación Terrestre. Con sus
escasos 25 años, había llevado
a cabo una serie de concepciones científicas
muy exitosas que le aportaban prestigio entre
sus pares y superiores. Inteligente y de buen
carácter, se proyectaba como un futuro
miembro de la comunidad intelectual.
Se
hallaba inmerso en sus pensamientos cuando una
voz agradable y femenina le sonó directamente
en su cerebro, proveniente del sistema de comunicación
intracraneal.
“Nos
acercamos al Domo de Intercambio DOM D-15G3.
Tiene 1 minuto para el descenso. Gracias por
elegirnos”.
Metódico,
comenzó a descender una a una las cintas
del transporte hasta quedar sobre la de arribo.
Un paso más y ya estaba sobre la explanada
del domo principal de Mega Delta. Un cartel
de bienvenida le anunciaba entre otras cosas,
datos para los siguientes cruces y subsistemas,
la hora actual y la fecha, ya que los viajes
en Transpod provocaban en el usuario, la pérdida
momentánea de la noción del espacio
y el tiempo.
“Bienvenido
a: Mega Delta. Estado Austral. Abril 5 Año
2.469 08:32 AM Tiempo del Este Temp. Domo 23.8º
C Temp. Exterior 27.3º C”
Los
Transpod era lo último en tecnología
en transporte terráqueo. Auténticas
redes de transferencia virtual al instante,
se habían planificado durante muchas
décadas para trasladar personas y cosas
de un punto a otro del planeta en microsegundos.
Las cabinas Transpod, se encontraban en los
domos principales de las megas ciudades del
planeta. Básicamente era un sistema D.A.A.,
Desintegración Artificial Asistida. El
sujeto dentro de la cabina se descomponía
en sus átomos básicos, controlando
cada elemento un cerebro polimodal que se encargaba
de la reconstitución del objetivo al
finalizar del viaje. La información del
sujeto se desplazaba de un lugar a otro a la
velocidad de la luz, y lo hacia en “lotes”
uno a uno dejando una copia en el origen como
medida precautoria por si ocurría algún
percance durante el transporte. Finalmente,
si el sujeto llegaba sano y salvo, dicha copia
se destruía automáticamente por
un gestor automático generado por el
cerebro electrónico que dio inicio a
la tele-transportación.
Trasladarse
con este sistema era muy fácil. Solo
se requería ingresar a la cabina e informar
al control, el número de domo al cual
se pretendía llegar. Este control, escaneaba
la identidad del sujeto y según el valor
del pasaje, debitaba los créditos necesarios
de su cuenta para solventarlo. Al contrario
de las aerocintas, este sistema lo regía
un consorcio privado y requería de un
abono para utilizarlo.
Había
gente reacia en utilizar este sistema pues no
les gustaba la idea de que un cerebro electrónico
lo desmembrara a uno en billones de partículas
subatómicas, volaran por el espacio hechos
paquetes y finalmente, existiera una copia de
si mismo dando vueltas por ahí. Muchos
se preguntaban si verdaderamente uno mismo,
no era una copia de su original muerto y olvidado
en algún micro chip de cesio y repuesto
a la vida después de subsanar el inconveniente.
Otros más escépticos, opinaban
que aprovechando la desmaterialización
de un ser humano, las grandes corporaciones
científicas, aprovechaban la oportunidad
para hacer experimentos con los átomos.
Sacando algunos y reemplazándolos por
otros quién sabe con qué fines.
Depuración genética, aseguraban
algunos, introducción de pautas de comportamiento
argumentaban otros, o manipulación de
información, sentenciaban los más
radicales.
Lo
cierto es que a Marcos no le agradaba este sistema
y prefería las cintas para viajes cortos
y las naves de impulsión gravitatoria
para los más prolongados. Pero sabía
que tarde o temprano, no existiría otro
sistema más que la teletransportación.
Y
él estaba allí, entremezclado
entre los humanos más ortodoxos que transitaban
intactos de un lado a otro en cintas de plástico
o volando con motores de fusión magnética
y los que disfrutaban ser atomizados y viajar
junto a otras 10 mil personas más, a
través de un superconductor de xerenita
de 3 micras de diámetro.
Se
encogió de hombros y continúo
avanzando por la explanada del domo hasta la
aerocinta que lo llevaría al edificio
central de la O.M.E.E.T. en pleno corazón
de Mega Delta.
Capitulo
III. Igual a equis.
Un
rayo tibio de sol, se colaba por la banderola
de la ventana. Cientos de trinos, desvelaban
al nuevo día. La bruma aún fresca,
tachonaba el musgo de la orilla, trasformándose
en cristal de hielo crepitante.
Juan
entró a la casa con algunos troncos y
leña bajo el brazo. Sus manos enguantadas
se frotaban vigorosamente entre sí. Un
hálito lechoso brotó de su boca
cuando habló.
-¡Mierda
que hace frío! Afuera hay una escarcha
que te atraviesa las botas.
Colocó
los troncos en el hogar y encendió el
fogón con algunas hojas de diario amarillento.
Minutos
más tarde, los cuatro desayunaban mientras
la charla fluía animada. Más relajados
y descansados elaboraban los pasos siguientes.
-
Che, no se pueden quejar de su jefe ¿eh?
Sólo faltaba que les lleve el desayuno
a la cama ¿No?- dijo Juan.
-¡Si!
¡Para mañana anotame! ¡Ja
Ja Ja! - propuso Salcedo.
Festejaron
la ocurrencia. Todo parecía indicar que
hasta ahora, salvo el pequeño incidente
con el desconocido en el laboratorio, el proyecto
marchaba viento en popa. Al menos eso era lo
que sus ánimos dejaban entrever.
Juan
iba a sentarse pero recordó algo. Se
tanteo los bolsillos de su campera y de uno
de ellos, sacó un objeto y lo dejó
sobre la mesa. A simple vista, parecía
un par de gafas protectoras para natación
de color negro, y las lentes estaban completamente
oscuras e impenetrables.
Salcedo
preguntó:
-¿Y
eso, de dónde lo sacaste, che?
-
No sé, estaba afuera entre los troncos
y la leña. Seguro que lo perdió
algún pibe en el verano.
Rafa
tomó el extraño objeto y lo examinó
minuciosamente. Se lo apoyó sobre los
ojos y luego exclamó:
-
No creo que alguien pueda ver debajo del agua
con esto. Más bien parece unas antiparras
de soldador ¡No se ve nada por acá!
Y acá hay un botón que si lo apret…
Juan
no lo dejó terminar porque le arrebató
el aparato de las manos y arrojándolo
algo molesto a un rincón detrás
de un mueble dijo:
-
Perdoname Rafa pero hay algo más importante,
después vemos que es el coso ese ¿Eh?
Muchachos, préstenme su atención,
ahora hay que repasar un poco los pasos a seguir
- recalcó Juan.
Los
demás permanecieron en silencio, mientras
una nueva ronda de mate comenzó a circular
entre el grupo. Pero Rafa no podía dejar
de pensar en el extraño artefacto que
aún permanecía detrás del
mueble.
Juan
se puso de pie y tomó una pequeña
rama de sauce que usó a manera de fusta
militar.
-Bien,
como ya saben ustedes tenemos unos “mangos”
ahí en nuestros baúles –
señaló con la vara hacia un rincón.
- La idea general es de separarlos en partes
iguales para cada uno de nosotros, y desde ya
dejaremos a un lado, un pucho para gastos varios.
¿De acuerdo?
-¡Sí,
claro, por supuesto! - contestaron
los demás.
-¡Correcto!
– prosiguió. Después
cada uno de nosotros irá por separado,
uno cada día, con su parte y la llevará
a una isla cualquiera. Allí enterrará
su plata en donde más le guste y tomará
con el GPS las coordenadas para luego ubicarlo
más adelante…digamos un año
o un poco más. O sea, hasta que la cosa
se enfríe.
Acto
seguido, sacó de su bolso, un pequeño
aparato de color oscuro. Estiró su brazo
hacia Rafa y le entregó el dispositivo.
Luego continuó:
-Todos
hicimos un pequeño cursito de GPS ¿No?-
miró de reojo a cada uno de sus compañeros.
El
Nene se movió nervioso en la silla y
evitó deliberadamente la mirada de su
jefe. Juan notó la perturbación
del muchacho, pero prosiguió.
-
Espero que el tipo ese les haya explicado bien
el funcionamiento del aparatito - continuó.
Se trata de que sólo ustedes sepan la
exacta ubicación de sus botines. Nadie
más debe saberlo. Ni siquiera cuando
piensan venir a buscarlo. Es decisión
suya y de nadie más. Sólo así
nos protegeremos uno del otro. Es mucha la tentación
y no quiero boludeces.
Volvió
a interrogarlos con sus ojos. Los demás
lo escuchaban atentos.
-
Sigo. Como les dije entonces, iremos uno por
uno con el bote que está en el fondo
a recorrer la zona y cada uno buscará
un lugar apropiado para esconder su tesoro.
Una vez enterrado, tomará lectura con
el GPS y será con la cabeza y no anotará
nada ¿correcto? – aguardó
un segundo y prosiguió. Una vez
que todos hicimos lo mismo, esperaremos unos
días para ver si alguien nos vio o anduvo
husmeando y después nos vamos “de
pesca” para el lado uruguayo. Y cuando
estemos cerca del punto que ya tengo marcado
en el aparato, nos bajamos, agarramos las bicicletas
que hace cinco meses dejé enterradas
junto a los documentos falsos y adiós…cada
uno por su lado. Sin saber nombres, sin teléfonos
ni direcciones, nada. Desaparecemos para siempre.
-¡Para
siempre no! Tenemos que volver por la guita-
rectificó Rafa.
-
Si, ya sé – respondió
Juan y juntando sus dos manos en gesto de suplica,
con vos baja y amigable dijo:
-
Muchachos, muchachos, si me hacen caso y no
son impacientes, esperando un año, nada
más que un año, cuando vuelvan
por acá con la pala, no van a tener ningún
problema. Yo se los aseguro-
y después les preguntó:
¿Confían
en mí?
-
¡Sí Juan, por supuesto!-
contestaron todos.
-
Bueno, entonces háganme caso y todo va
a salir bien ¿de acuerdo?
Todos
asintieron con gesto afirmativo. Nadie tenía
la intención de defraudar a su jefe.
Hasta ahora, todo había salido bien y
no tenían intenciones de arruinarlo justo
al final.
-Bueno,
yo ya estuve mirando el bote y el motor mientras
ustedes apolillaban bien calentitos. Parece
que todo está bien. El tanque tiene nafta
y aceite suficiente para nuestras expediciones
y para el viaje final ¿Alguna
duda?- indagó después.
Se
cruzaron las miradas como interrogándose
entre ellos, pero todo estaba muy claro.
-
No, ninguna – contestó
Salcedo.
-¡Pero
yo si tengo una! – anunció
Juan.
-
¿Vos? – se sonrieron nerviosos.
Que el Jefe tenga dudas les resultó extraño.
-¿Cuál?
– insistió Salcedo.
-
Vos Rafa ¿decime una cosa, estas por
resfriarte vos?
-
¿Yo? No ¿Por qué?
– contestó el aludido.
-
Porque desde ayer que veo que andas con un frasco
de vitaminas encima - y señaló
hacia el bolsillo izquierdo de la camisa de
Rafa.
El
hombre se llevo su mano al pecho y tomó
un cilindro metálico del bolsillo de
su prenda y luego de observarlo dijo:
-
¡Ah, esto! ¡No… lo que pasa
que lo encontré en el tesoro con la guita
y me lo guardé por las dudas! Me había
olvidado, no sé realmente que
cuernos es.
-
¿Lo abriste?- preguntó
Salcedo.
-
¿No dije acaso que me olvidé?
¡Tomá che, abrilo vos si querés!-
concluyó molesto.
Salcedo
tomó el cilindro y giró la tapa
a rosca. Retiró ésta y extrajo
de su interior un papel, cuidadosamente enroscado.
Lo colocó sobre la mesa ante la atenta
mirada de sus compañeros, y con mucho
cuidado, comenzó a desplegarlo. Cuando
concluyó, dejó la hoja rectangular
y se llevó la mano al mentón.
Sus compañeros aguardaban una explicación
de lo que habían descubierto.
El
papel era blanco, pero su tono amarillento,
evidenciaba cierta antigüedad. Grueso y
resistente, media 25 centímetros por
30 de largo. Estaba totalmente escrito con símbolos
matemáticos y algebraicos de toda índole.
Estos fueron estampados a mano alzada con tinta
negra azulada y con esmerada prolijidad. Los
símbolos, caracteres, números
y letras, estaban agrupados de tal manera que
parecía un solo bloque. Todo junto, uno
al lado del otro, como una fórmula matemática
complejísima. Demasiado complicada a
simple vista.
-
¡Debe ser una ecuación!
– soltó Rafa.
-¿Una
qué? ¿Ecuación? ¿Y
cómo sabes eso vos? –
interrogó Salcedo.
-
No sé. Solo sé
que se parece a una ecuación.
-¿Sí,
pero por qué?
–
¡Porque al final de todo dice… igual
a equis!
Continuará…