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La Ecuación Rosenthal -- Por Josecito


Prologo

Cada tanto, los idealistas de esta página, convocan mi intervención a fin de revelar un análisis sobre alguien en particular o algún acontecimiento en especial. O tal vez, narrarles alguna ficción vinculada al mundo que nos simboliza y su mística Pescanauta. A mí modesto entender, la palabra que acabo de aludir, tiene cuatro acepciones <a quo> y bien definidas desde su origen:

La pesca, y sus nobles artes.
La náutica, y su depurada técnica.
El compañerismo y el libre albedrío para compartirlo.
Y por último, aquella que suscitó la génesis de esta comunidad y se precipitó a través del encuentro inicial de un puñado de pescadores y me refiero…a la aventura.

Hoy mi relato está dispuesto a todos aquellos que trasiegan en sus genes, el estigma de la curiosidad y la epopeya. Porque eso también somos todos los Pescanutas, un poco aventureros, soñadores y quijotescos.

Los invito a repasar este relato de anticipación, dedicado a todos los Pescanautas y en especial a mi amigo y colega Don Fernando de la Cruz por el altruismo y aquilatada dedicación para con todos los miembros de ésta noble cofradía.

El Autor.

 

Capitulo I. En el principio.

Una fría madrugada de invierno en el pleno corazón del Delta. Un lugar solitario, lejos... olvidado.
El manto blancuzco cubría la superficie del arroyo de lado a lado. Un sonido apagado quebró el silencio espectral que dominaba el páramo. De pronto, traspasando el velo níveo, emergió una silueta oscura que navegaba silenciosa. Al acercarse al viejo muelle de la casona, se definió más clara la pequeña embarcación que silenciosa se aproximó a un costado del mismo. Cuatro hombres descendieron portando pesados bultos. Sigilosos dejaron su estiba sobre la planchada. Cajas y cañas de pescar, bolsos, y cinco pesados baúles, fueron acomodados con cuidado y sin hacer ruido.

El quinto hombre, permanecía inmóvil al comando de la lancha, esperando que los pasajeros terminasen la descarga. Cuando ésta concluyó, separaron la embarcación y tal cual como vino, silenciosa y rauda… se sumergió nuevamente en la bruma.

Los cuatro hombres, callados y meticulosos tomaron sus pertenencias y dirigieron sus pasos por el sendero hasta la pequeña propiedad. Uno de ellos, alto y robusto, no dejaba de observar con nerviosismo en todas direcciones, como si tuviera temor de ver a alguien más en la solitaria isla.

Una vez dentro de la vivienda, encendieron un farol a kerosén y un par de velas. El progreso no había llegado por aquellos rincones perdidos de Dios. El más joven habló mientras se frotaba con ímpetu sus manos.

-¡Bueno muchachos, no podíamos elegir un mejor día para llegar a la casa! ¿Que les parece la neblina que encontramos, eh?

-¡Perfecto! -contestó el hombre canoso, último en entrar a la casa. Este agregó:

-¡Ni que la hubiéramos planeado! ¡Ja Ja!

- ¡Bien, entonces esperemos que todo salga como lo hemos pensado! Estoy seguro que nada podrá molestarnos y no hay razones para estar nerviosos ¿No es cierto Nene? - dijo el joven mientras se dirigía al corpulento que observaba a través de la pequeña ventana del comedor.

-Perdoname Juan, sólo me dura un poco el cagazo, nada más - contestó sin sacar sus ojos del vidrio.

-Estoy seguro de que tus nervios se van a calmar cuando se disipe la niebla y veas que estamos en un lugar solitario. Sin vecinos ni nada. Sólo nosotros y miles de pajaritos que nos harán compañía durante nuestras…”vacaciones” - le respondió irónico Juan.

-¡También se suponía que en la Comisión no habría nadie y sin embargo apareció ese tipo de la nada y casi arruina todo! - soltó el canoso mientras acomodaba sus cosas.

-Es cierto Salcedo, aún estoy pensando quién cuernos era ese tipo. Planeé esto hace más de un año. Estudié cada paso, cada rincón de ese edificio mientras fregaba el piso. Conocía a todos los guardias, sus horarios, sus rondas, todo. Pero este tipo no estaba en los planes. No era un doctor ni científico ni un guardia. Yo los conocía a todos porque trabajé doble turno y cubrí todo el horario de la planta. Definitivamente no sé quién era - concluyó expectante Juan.

-Tal vez el muchacho era nuevo o a lo mejor…no sé - dijo el más gordo.

-¿Tal vez qué, Rafa? -indagó curioso el Nene.

-¿Y si era de la competencia?

- ¡Bah! No lo creo, no tenía el aspecto. Más bien estaba más asustado que vos Nene. Lo que me llamó la atención era la ropa que tenía puesta. Parecía una especie de traje aislante o algo parecido. Tal vez era un operario de la compañía de electricidad que estaba haciendo un trabajo de mantenimiento. Vaya uno a saber. No debemos preocuparnos más y ahora a descansar un poco que mañana tenemos que… ¡Ir de pesca! - sentenció finalmente Juan.

Todos asintieron callados y obedientes al jefe. Se acomodaron cada uno en sus catres mientras repasaban mentalmente los acontecimientos del día anterior.

El Nene era el más perturbado. Había protagonizado el encuentro con el desconocido y no podía olvidar su rostro desencajado al encontrarse en medio de la penumbra con él. Además temía por su vida pues ocultaba el error que cometió cuando sacó su arma para dispararle. Sabía que la represalia sería severa y no estaba dispuesto a exponerse contándolo a los demás. Pero como dijo Juan el jefe, ya de día los temores y dudas se irían disipando y no habría porque temer. Al minuto, más tranquilo, bostezó largamente y se arropó con las mantas, para luego quedarse profundamente dormido.

Afuera la neblina era aún más cerrada y faltaba mucho para el amanecer. El frío impiadoso dominaba el paisaje. El silencio apenas se interrumpió, cuando en plena oscuridad y cerca de la casa, una sombra se agitó nerviosa entre los arbustos.

 

Capitulo II. Ciudad Mega Delta.

La aerocinta estaba colmada de pasajeros. Los carriles Express eran los más concurridos. Todos deseaban llegar rápido a sus ocupaciones y no les molestaba que gracias a la velocidad con que circulaba la corredera, el paisaje exterior resultara borroso y turbio a simple vista. Pero estaban más cómodos que los ocupantes de las bandas más lentas. Contaban con asientos y un complejo sistema de comunicación que los conectaba con sus asuntos. Era un transporte agradable pues la cubierta de film exacarbonado que envolvía las cintas, resguardaba a los viajeros de las inclemencias exteriores. La velocidad no se percibía ya que el aire circundante se movía a la misma velocidad que las bandas y sólo se notaba su paso cuando necesariamente el pasajero debía ir trasladándose de las franjas más veloces a las lentas, para concluir el viaje en la plataforma de arribo. Allí abordaba otro contingente de pasajeros y con cada paso iban subiendo de cinta en cinta, cada vez más veloces, hasta encontrar la que más le convenía. La última era la Express y se desplazaba a 300 mts. por segundo.

La aerocinta, era el trasporte público de pasajeros y transportaba a 50 millones de personas por día, recorriendo una distancia de 12.400 kilómetros sobre Nueva Buenos Aires y Ciudad Mega Delta.

Se alimentaban con pilas de Hesenhorf y su funcionamiento era autónomo, controlado por servos robots, monitoreando cada punto del recorrido con sensores y cámaras especiales. Su mantenimiento era completamente automático y funcionaba sin problemas desde que fue puesta en funcionamiento, hace más de un siglo. El único cambio significativo que introdujeron sus constructores, fue cuando reemplazaron sus soportes rígidos y enclavados sobre el terreno, por las plataformas de levitación gravitacional. Los únicos puntos de apoyo, los constituían los Domos de intercambio, verdaderos centros de transferencia y tráfico en donde millones de transeúntes peregrinaban durante todo el día en busca de sus destinos. En estos puntos había edificios de oficina y vivienda, núcleos de transporte Transpod y derivaciones hacia otros subsistemas de aerocintas constituyendo una efectiva telaraña de circulación sobre las enormes urbes.

Marcos Santoro se desplazaba en una cinta estándar. Le gustaba ir observando el mundo exterior que se habría como abanico ante sus enormes ojos azules. En ese momento una sólida neblina cubría los cimientos de la ciudad, allá abajo. Poco quedaba de la antigua edificación Neogótica del Siglo XX. Los imponentes edificios se erguían soberbios por sobre todas las cosas. Crecían desde la bruma y rara vez las nubes develaban sus cúpulas. Monstruos de fibroaluminio, hexacarbonatos y polímeros nanosintéticos habían reemplazado las antiguas y endebles estructuras de cemento y hierro con que se construían las casas.

Marcos vivía en Nueva Buenos Aires, en el barrio de San Vicente y trabajaba como operario científico en la O.M.E.E.T; Organización Mundial para el Estudio del Espacio Tiempo en Mega Delta, transformada hacia dos siglos en el polo mundial del desarrollo de proyectos científicos de la Confederación Terrestre. Con sus escasos 25 años, había llevado a cabo una serie de concepciones científicas muy exitosas que le aportaban prestigio entre sus pares y superiores. Inteligente y de buen carácter, se proyectaba como un futuro miembro de la comunidad intelectual.

Se hallaba inmerso en sus pensamientos cuando una voz agradable y femenina le sonó directamente en su cerebro, proveniente del sistema de comunicación intracraneal.

“Nos acercamos al Domo de Intercambio DOM D-15G3. Tiene 1 minuto para el descenso. Gracias por elegirnos”.

Metódico, comenzó a descender una a una las cintas del transporte hasta quedar sobre la de arribo. Un paso más y ya estaba sobre la explanada del domo principal de Mega Delta. Un cartel de bienvenida le anunciaba entre otras cosas, datos para los siguientes cruces y subsistemas, la hora actual y la fecha, ya que los viajes en Transpod provocaban en el usuario, la pérdida momentánea de la noción del espacio y el tiempo.

“Bienvenido a: Mega Delta. Estado Austral. Abril 5 Año 2.469 08:32 AM Tiempo del Este Temp. Domo 23.8º C Temp. Exterior 27.3º C”

Los Transpod era lo último en tecnología en transporte terráqueo. Auténticas redes de transferencia virtual al instante, se habían planificado durante muchas décadas para trasladar personas y cosas de un punto a otro del planeta en microsegundos. Las cabinas Transpod, se encontraban en los domos principales de las megas ciudades del planeta. Básicamente era un sistema D.A.A., Desintegración Artificial Asistida. El sujeto dentro de la cabina se descomponía en sus átomos básicos, controlando cada elemento un cerebro polimodal que se encargaba de la reconstitución del objetivo al finalizar del viaje. La información del sujeto se desplazaba de un lugar a otro a la velocidad de la luz, y lo hacia en “lotes” uno a uno dejando una copia en el origen como medida precautoria por si ocurría algún percance durante el transporte. Finalmente, si el sujeto llegaba sano y salvo, dicha copia se destruía automáticamente por un gestor automático generado por el cerebro electrónico que dio inicio a la tele-transportación.

Trasladarse con este sistema era muy fácil. Solo se requería ingresar a la cabina e informar al control, el número de domo al cual se pretendía llegar. Este control, escaneaba la identidad del sujeto y según el valor del pasaje, debitaba los créditos necesarios de su cuenta para solventarlo. Al contrario de las aerocintas, este sistema lo regía un consorcio privado y requería de un abono para utilizarlo.

Había gente reacia en utilizar este sistema pues no les gustaba la idea de que un cerebro electrónico lo desmembrara a uno en billones de partículas subatómicas, volaran por el espacio hechos paquetes y finalmente, existiera una copia de si mismo dando vueltas por ahí. Muchos se preguntaban si verdaderamente uno mismo, no era una copia de su original muerto y olvidado en algún micro chip de cesio y repuesto a la vida después de subsanar el inconveniente. Otros más escépticos, opinaban que aprovechando la desmaterialización de un ser humano, las grandes corporaciones científicas, aprovechaban la oportunidad para hacer experimentos con los átomos. Sacando algunos y reemplazándolos por otros quién sabe con qué fines. Depuración genética, aseguraban algunos, introducción de pautas de comportamiento argumentaban otros, o manipulación de información, sentenciaban los más radicales.

Lo cierto es que a Marcos no le agradaba este sistema y prefería las cintas para viajes cortos y las naves de impulsión gravitatoria para los más prolongados. Pero sabía que tarde o temprano, no existiría otro sistema más que la teletransportación.

Y él estaba allí, entremezclado entre los humanos más ortodoxos que transitaban intactos de un lado a otro en cintas de plástico o volando con motores de fusión magnética y los que disfrutaban ser atomizados y viajar junto a otras 10 mil personas más, a través de un superconductor de xerenita de 3 micras de diámetro.

Se encogió de hombros y continúo avanzando por la explanada del domo hasta la aerocinta que lo llevaría al edificio central de la O.M.E.E.T. en pleno corazón de Mega Delta.

 

Capitulo III. Igual a equis.

Un rayo tibio de sol, se colaba por la banderola de la ventana. Cientos de trinos, desvelaban al nuevo día. La bruma aún fresca, tachonaba el musgo de la orilla, trasformándose en cristal de hielo crepitante.

Juan entró a la casa con algunos troncos y leña bajo el brazo. Sus manos enguantadas se frotaban vigorosamente entre sí. Un hálito lechoso brotó de su boca cuando habló.

-¡Mierda que hace frío! Afuera hay una escarcha que te atraviesa las botas.

Colocó los troncos en el hogar y encendió el fogón con algunas hojas de diario amarillento.

Minutos más tarde, los cuatro desayunaban mientras la charla fluía animada. Más relajados y descansados elaboraban los pasos siguientes.

- Che, no se pueden quejar de su jefe ¿eh? Sólo faltaba que les lleve el desayuno a la cama ¿No?- dijo Juan.

-¡Si! ¡Para mañana anotame! ¡Ja Ja Ja! - propuso Salcedo.

Festejaron la ocurrencia. Todo parecía indicar que hasta ahora, salvo el pequeño incidente con el desconocido en el laboratorio, el proyecto marchaba viento en popa. Al menos eso era lo que sus ánimos dejaban entrever.

Juan iba a sentarse pero recordó algo. Se tanteo los bolsillos de su campera y de uno de ellos, sacó un objeto y lo dejó sobre la mesa. A simple vista, parecía un par de gafas protectoras para natación de color negro, y las lentes estaban completamente oscuras e impenetrables.

Salcedo preguntó:

-¿Y eso, de dónde lo sacaste, che?

- No sé, estaba afuera entre los troncos y la leña. Seguro que lo perdió algún pibe en el verano.

Rafa tomó el extraño objeto y lo examinó minuciosamente. Se lo apoyó sobre los ojos y luego exclamó:

- No creo que alguien pueda ver debajo del agua con esto. Más bien parece unas antiparras de soldador ¡No se ve nada por acá! Y acá hay un botón que si lo apret…

Juan no lo dejó terminar porque le arrebató el aparato de las manos y arrojándolo algo molesto a un rincón detrás de un mueble dijo:

- Perdoname Rafa pero hay algo más importante, después vemos que es el coso ese ¿Eh? Muchachos, préstenme su atención, ahora hay que repasar un poco los pasos a seguir - recalcó Juan.

Los demás permanecieron en silencio, mientras una nueva ronda de mate comenzó a circular entre el grupo. Pero Rafa no podía dejar de pensar en el extraño artefacto que aún permanecía detrás del mueble.

Juan se puso de pie y tomó una pequeña rama de sauce que usó a manera de fusta militar.

-Bien, como ya saben ustedes tenemos unos “mangos” ahí en nuestros baúles – señaló con la vara hacia un rincón. - La idea general es de separarlos en partes iguales para cada uno de nosotros, y desde ya dejaremos a un lado, un pucho para gastos varios. ¿De acuerdo?

-¡Sí, claro, por supuesto! - contestaron los demás.

-¡Correcto! – prosiguió. Después cada uno de nosotros irá por separado, uno cada día, con su parte y la llevará a una isla cualquiera. Allí enterrará su plata en donde más le guste y tomará con el GPS las coordenadas para luego ubicarlo más adelante…digamos un año o un poco más. O sea, hasta que la cosa se enfríe.

Acto seguido, sacó de su bolso, un pequeño aparato de color oscuro. Estiró su brazo hacia Rafa y le entregó el dispositivo. Luego continuó:

-Todos hicimos un pequeño cursito de GPS ¿No?- miró de reojo a cada uno de sus compañeros.

El Nene se movió nervioso en la silla y evitó deliberadamente la mirada de su jefe. Juan notó la perturbación del muchacho, pero prosiguió.

- Espero que el tipo ese les haya explicado bien el funcionamiento del aparatito - continuó. Se trata de que sólo ustedes sepan la exacta ubicación de sus botines. Nadie más debe saberlo. Ni siquiera cuando piensan venir a buscarlo. Es decisión suya y de nadie más. Sólo así nos protegeremos uno del otro. Es mucha la tentación y no quiero boludeces.

Volvió a interrogarlos con sus ojos. Los demás lo escuchaban atentos.

- Sigo. Como les dije entonces, iremos uno por uno con el bote que está en el fondo a recorrer la zona y cada uno buscará un lugar apropiado para esconder su tesoro. Una vez enterrado, tomará lectura con el GPS y será con la cabeza y no anotará nada ¿correcto? – aguardó un segundo y prosiguió. Una vez que todos hicimos lo mismo, esperaremos unos días para ver si alguien nos vio o anduvo husmeando y después nos vamos “de pesca” para el lado uruguayo. Y cuando estemos cerca del punto que ya tengo marcado en el aparato, nos bajamos, agarramos las bicicletas que hace cinco meses dejé enterradas junto a los documentos falsos y adiós…cada uno por su lado. Sin saber nombres, sin teléfonos ni direcciones, nada. Desaparecemos para siempre.

-¡Para siempre no! Tenemos que volver por la guita- rectificó Rafa.

- Si, ya sé – respondió Juan y juntando sus dos manos en gesto de suplica, con vos baja y amigable dijo:

- Muchachos, muchachos, si me hacen caso y no son impacientes, esperando un año, nada más que un año, cuando vuelvan por acá con la pala, no van a tener ningún problema. Yo se los aseguro- y después les preguntó:

¿Confían en mí?

- ¡Sí Juan, por supuesto!- contestaron todos.

- Bueno, entonces háganme caso y todo va a salir bien ¿de acuerdo?

Todos asintieron con gesto afirmativo. Nadie tenía la intención de defraudar a su jefe. Hasta ahora, todo había salido bien y no tenían intenciones de arruinarlo justo al final.

-Bueno, yo ya estuve mirando el bote y el motor mientras ustedes apolillaban bien calentitos. Parece que todo está bien. El tanque tiene nafta y aceite suficiente para nuestras expediciones y para el viaje final ¿Alguna duda?- indagó después.

Se cruzaron las miradas como interrogándose entre ellos, pero todo estaba muy claro.

- No, ninguna – contestó Salcedo.

-¡Pero yo si tengo una! – anunció Juan.

- ¿Vos? – se sonrieron nerviosos. Que el Jefe tenga dudas les resultó extraño.

-¿Cuál? – insistió Salcedo.

- Vos Rafa ¿decime una cosa, estas por resfriarte vos?

- ¿Yo? No ¿Por qué? – contestó el aludido.

- Porque desde ayer que veo que andas con un frasco de vitaminas encima - y señaló hacia el bolsillo izquierdo de la camisa de Rafa.

El hombre se llevo su mano al pecho y tomó un cilindro metálico del bolsillo de su prenda y luego de observarlo dijo:

- ¡Ah, esto! ¡No… lo que pasa que lo encontré en el tesoro con la guita y me lo guardé por las dudas! Me había olvidado, no sé realmente que cuernos es.

- ¿Lo abriste?- preguntó Salcedo.

- ¿No dije acaso que me olvidé? ¡Tomá che, abrilo vos si querés!- concluyó molesto.

Salcedo tomó el cilindro y giró la tapa a rosca. Retiró ésta y extrajo de su interior un papel, cuidadosamente enroscado. Lo colocó sobre la mesa ante la atenta mirada de sus compañeros, y con mucho cuidado, comenzó a desplegarlo. Cuando concluyó, dejó la hoja rectangular y se llevó la mano al mentón. Sus compañeros aguardaban una explicación de lo que habían descubierto.

El papel era blanco, pero su tono amarillento, evidenciaba cierta antigüedad. Grueso y resistente, media 25 centímetros por 30 de largo. Estaba totalmente escrito con símbolos matemáticos y algebraicos de toda índole. Estos fueron estampados a mano alzada con tinta negra azulada y con esmerada prolijidad. Los símbolos, caracteres, números y letras, estaban agrupados de tal manera que parecía un solo bloque. Todo junto, uno al lado del otro, como una fórmula matemática complejísima. Demasiado complicada a simple vista.

- ¡Debe ser una ecuación! – soltó Rafa.

-¿Una qué? ¿Ecuación? ¿Y cómo sabes eso vos? – interrogó Salcedo.

- No sé. Solo sé que se parece a una ecuación.

-¿Sí, pero por qué?

– ¡Porque al final de todo dice… igual a equis!

Continuará…

     
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