Río impiadoso, río místico,
río color de león. Apelativos
propios del Gran Paraná cuando en
su desembocadura, el hálito del sudeste
y el agua impetuosa desborda el albardón
de la isla. El sudeste, viento y agua, frío
y lluvia, vida que llega cabalgando sobre
un jamelgo enardecido y se asoma temerario
en el pórtico del delta.... mi delta,
nuestro delta.
Así me recibió el Paraná
de las Palmas el sábado por la madrugada
cuando la proa de la Mithodea se atrevió
a mostrar su afilado chapitel en las puertas
mismas del Canal Arias.
Un moderado bailoteo al llegar al centro
del cauce, me hacia imaginar que lo peor
estaba afuera, en el pórtico....en
las piedras. Virada a estribor y Vangelis
me estremecía el corazón con
“1492 - La conquista del paraíso”.
Golpes en la roda y un vaho de agua espumosa
y sombría me empapaba el rostro y
calaba mi esencia.
Arrimada al Capitancito y después
de consultar a mi compañera, decidimos
quedarnos en su abrigo para disfrutar la
jornada.
Mientras el ancla fragmentaba el cristal
líquido y se hundía apaciblemente
en el fluido herido, el sol tornasolaba
el elíseo en su simiente y los ocres
del alba nos recibían anunciando
el nuevo día.
El fragor de la flama emergiendo del brasero,
escaldaba el desayuno y las medialunas recién
echas perfumaban el aire húmedo del
recinto con su exquisito aroma dulzón,
en tanto mi compañera desplegaba
un mantel de hilo bordado, dando un toque
distinto a la cubierta de la Mithodea.
La primera cebada y un mordisco a la factura,
instauraban el acto predecesor de una fecha
inolvidable.
El cielo plomizo, los árboles mecidos
por la brisa, el agua calma y... de pronto
la vi allí. Mis ojos observaban pero
mi cerebro se negaba a creerlo. No sabía
porque, pero allí estaba, en el agua,
en el aire. Una mancha pestilente se asomaba
al arroyo, proveniente del Paraná.
Seguí con la vista la senda de la
mácula para determinar su génesis
y mi corazón dio tres vueltas carnero
en el aire cuando los vi. Sobre el Palmas
y a 150 metros de mi posición, río
abajo, estaba fondeada la “Brava”.
Su capitán Claudio esta vez estaba
flanqueado por el mismísimo Profesor
Víctor De Víctor. Mi semblante
desencajado asustó a mi amiga que
se preocupó por mi salud pues no
comprendía la gravedad de la situación.
Me resbalé por el respaldo de la
butaca y traté de no darle importancia
al acontecimiento. Proseguí con una
tertulia animada pero mi corazón
delator no me dejaba tranquilo. Una parte
de mí pretendía disfrutar
de la compañía y de la ocasión
pero, mi lado observador necesitaba examinar
los belitres que se hallaban a escasa distancia.
Me propuse entonces tratar de no perjudicar
mi feliz estadía pero procuraría
no perderlos de vista. ¿Cómo
lo haría sin arruinar la jornada?
Sentí cierto alivio al verificar
que el catalejo se hallaba en su sitio,
elemento esencial para recabar la información
necesaria para elaborar mis anotaciones.
La radio, si bien no se hallaba sintonizada
en el canal habitual, estaba encendida y
ponerla en frecuencia no sería mayor
obstáculo, salvo que debería
dejarla a un volumen bajo para no mortificar
a mi doncella.
Me hallaba indolente y sumido en estas
reflexiones cuando la atmósfera se
quebrantó con un sonido disonante
proveniente del motor de la “Brava”.
Angustiado observé que la embarcación
se ponía en movimiento. Instintivamente
y sin meditarlo, salté al comando
de mi esquife y cuando estaba presto a encender
los Volvos con la finalidad de salir en
persecución del dúo, el sonido
perturbador se detuvo y el silencio volvió
a ganar su lugar en los aledaños.
Fue cuando descubrí la mirada torva
de mi compañera que alarmada había
contemplado mi saldo felino y mi posterior
inacción sobre los controles. Para
justificarme, le expliqué que había
descubierto los aceleradores abiertos y
que de dejarlos así, se producirían
anomalías mecánicas en la
planta motriz del navío. Rogué
encarecidamente que sus conocimientos sobre
mecánica fuesen escasos y me creyera.
Luego ensayó un mueca y más
tranquila, se deslizó hacia el interior
de la cubierta vaya a saber uno para que
menesteres, hecho que aproveché para
encaramarme al fly y asomarme entre los
arbustos para otear a los rastreados. Entonces
noté que la maniobra se había
ejecutado para emplazar la embarcación
más cerca de los juncos, ya que la
corriente y el viento los había movido
hacia afuera y perjudicaba la colocación
de sus líneas cerca de los matojos.
Bajé nuevamente a cubierta y sintonicé
el VHF en el canal erótico y en ese
preciso momento, la voz de Simón
anunciaba su comparecencia en el estuario
a bordo de la “Zona Delta”.
También pude escuchar a otros integrantes
del fárrago depredador que intentaban
ubicarse a resguardo en el agitado piélago
fluvial y a los escabrosos de siempre que
martirizan con sus cotorreos licenciosos
los oídos educados de la audiencia
náutica.
Nuevamente la comparecencia de mi compañera
en la cubierta me ubicó en la realidad
y no tuve más remedio que rendirme
al bálsamo extasioso que produce
la presencia femenina en ciertas circunstancias.
Así transcurrió la mañana
repartida entre mates, tortas fritas, catalejo
y otras cosas más importantes.
Al medió día acompañando
el frugal almuerzo, degustamos un Malbec
perlado que concitó a mi damisela
a sumirse en una reparador descanso que
aproveché para examinar a mis antagonistas.
Ellos seguían en sus menesteres
y por lo que deduje, sus alforjas ya estaban
atiborradas de rapiña dantesca ya
que cada captura la festejaban con vehemencia
pueril y se congratulaban con lo acertado
que había resultado la elección
del lugar. Los festejos eran ampulosos y
exagerados y sobre todo, aquellos propinados
por el rector que llevaba en su cuenta más
capturas que su acompañante. En lo
que se dice habitualmente en la jerga pesqueril,
“Le llenó la cara de escamas”
La tarde transcurrió tranquila y
sin sobresaltos climatológicos para
los artesanados del mal y mi dama de honor
había despertado de su modorra tardía
con lo que la jornada comenzaba a tornarse
más movida a bordo de la Mithodea.
El la “Brava” comenzaban los
alistamientos necesarios para retornar a
la marina. Sobre el occidente se gestaba
la bruma carmesí que delataba el
inminente final del día , dejando
el paso a las tinieblas de la noche.
La “Brava” partió rauda
con su estiba fúnebre esquivando
las ondas voluptuosas que el sudeste inclemente
parecía enviarles desde la entrada
misma del Delta. Cuando lograron trasponer
el canal, permanecieron sobre la costa del
Río Capitán a los efectos
de amarinarse y documentar fotográficamente
el tenor de sus fechorías. Los destellos
relampagueantes sobre los arbustos, así
lo delataba.
Mis pensamientos corrían velozmente
por las sinapsis de mis neuronas, imaginando
una nueva dupla aprehensiva que no escatimaría
recursos para confiscar los bienes zoológicos
que moran en estas aguas.
Esta vez el refrán esta acertado,
Dios los cría y el viento los amontona.
Las voces se fueron acallando, la ventisca
había recuperado su reinado. Vangelis
otra vez sonaba en la gramola. Me quedé
como otras veces mirando por la borda la
estela vacía que se perdía
en la noche, hasta que una voz me hizo recordar
que había otra sociedad que atender.
Hasta el próximo informe, si
puedo. Josecito.