
Hoplias Malabaricus. Tararira
común. En cautiverio |
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Semienterrada
en el fango del fondo de las lagunas, bañados,
arroyos y aguas someras y poco profundas
de la cuenca del plata y el Salado yace
enterrada una pequeña bestia antediluviana.
Durante el invierno se limita a dormitar
semiconsciente para devorar a algún
incauto pececillo que ose despertarla y
le permita subsistir. Cuando se hacen presentes
los primeros días cálidos
de la primavera, despierta de su letargo
con mucha hambre y de muy mal humor. Lentamente
su poderoso cuerpo cilíndrico, fusiforme
y acorazado con escamas grandes y una gruesa
capa de mucus va elevando su actividad metabólica
conforme sube la temperatura. Cuidadosamente
elige un recoveco entre la vegetación
acuática desde donde pueda observar
un claro o un cauce mayor, y se asienta
a esperar. A su vez, las células
pigmentarias de su epidermis varían
su color de acuerdo a la cantidad de luz
que reciban. Por lo general, cuanto más
clara es el agua, el color tenderá
a las gamas de verde oscuro y negro, mientras
que la turbidez provocara cambios hacia
el beige, marrón pálido y
gris.
Como
se trata de un pez que en actividad basal
necesita muy poco oxígeno, puede
esperar sin casi producir batido opercular
alguno. Así, perfectamente camuflada,
escondida en algún accidente subacuático
generado por vegetación, y en completa
inmovilidad es como debemos imaginarnos
a la tararira. Cuando algún organismo
comestible se aventura por su territorio
(peces, anfibios, roedores y hasta aves),
la tararira sale disparada por un movimiento
espasmódico de su cola con forma
de paleta, y ataca con sus poderosas mandíbulas
muñidas de dientes extremadamente
afilados. No realiza grandes persecuciones
a su alimento, puesto que es una torpe nadadora
y además le genera un gasto energético
importante al no estar adaptada a aguas
abiertas, aunque ocasionalmente y por las
noches realiza cortos desplazamientos para
cazar e investigar mejores lugares para
asentarse.
Es
una cazadora al acecho perfectamente adaptada
para tal fin como fruto de miles de años
de evolución. Pez miembro de la familia
Erythrinidae, es un characiforme atípico
por faltarle la aleta adiposa, lo que le
confiere la condición de primitivo.
La tararira es un pez territorial, que lucha
con sus congéneres por el territorio
y el alimento, lo cual explica las frecuentes
mutilaciones que presentan en la cola o
la cabeza.
La hembra construye un nido en donde deposita
sus huevas, las cuales luego de ser fecundadas
por el macho, son celosamente defendidas
por la pareja hasta la eclosión.
Los alevinos también son guiados
por el cuidado paternal hasta que se puedan
valer por si solos.
En
aguas argentinas, muy raramente supera los
5 kilos de peso, pero se han tenido datos
sin confirmar de ejemplares de hasta 8 kilos.
Los
otros 2 miembros de su familia presentes
en nuestras aguas son la tararira ñata
y la azul. La tararira ñata, “tarango”
o “mochita” (Hoplerythrynus
unitaeniatus) es de menor tamaño,
raramente superando los 30 cm. Habita aguas
de bañados y esteros de las zonas
subtropicales centroamericanas, la cuenca
amazónica, Chaco, Formosa y por supuesto
aguas del litoral mesopotámico. Presenta
un cuerpo más corto y una cabeza
mas roma (de ahí su nombre de “mochita”).
Tal vez, la diferencia mas importante con
la tararira común es la atípica
vascularización de la vejiga natatoria,
lo cual le confiere la habilidad de respirar
aire gaseoso y le permite sobrevivir en
aguas pantanosas con escasa cantidad de
oxígeno, ascendiendo hasta la superficie
para retener burbujas que expulsa una vez
absorbido todo el oxígeno que contenían.
Algunos autores sugieren que tiene la capacidad
de realizar cortos desplazamientos terrestres.
El
otro miembro de la familia es la tararira
azul (Hoplias lazardae), hermana mayor de
la malabaricus, abundante en nuestro vecino
país Uruguay. A diferencia de la
nuestra, esta puede alcanzar tamaños
descomunales, como ejemplo se sabe de ejemplares
capturados hace unos 20 años que
superaban los 13 kilos. Este animal vive
en aguas mucho mas limpias, corrientes y
oxigenadas, y posee adaptaciones para tal
fin como ser una silueta mas estilizada,
con una cabeza más fina y ahusada,
y una musculatura mas compacta. Por la noche
abandona los cauces principales para cazar
en los arroyos de aguas quietas.
La
pesca
La
tarucha es uno de nuestros peces más
voraces, cualidad que le permite ser capturada
en todas las modalidades posibles de pesca.
Comparativamente con otros peces de similar
porte (dorado, chafalote, trucha, pejerrey,
boga, etc), no presenta una gran pelea.
Un gigantesco ejemplar de arriba de los
3,5 kilos se entrega dócilmente luego
de saltar y retorcerse por un breve lapso,
sin realizar grandes corridas. Lo que atrae
a tal séquito de fanáticos
es la violencia con la que se manifiesta
el pique, además de la accesibilidad
de la pesca y la posibilidad de buscarla
vadeando.
Aunque
es dueña de una cabeza muy osificada,
la abundancia de carne en el interior permite,
contrario a la opinión de muchos,
capturarla con ínfimos señuelos
dotados de pequeños anzuelos triples
y equipos ultralivianos. El uso de multifilamento
ayuda muchísimo, y no solo a recuperar
los señuelos enmarañados en
la vegetación subacuática,
un solo corto y violento tirón generado
por una insignificante cañita de
1,60 y 4 libras y transmitido por una línea
sin elasticidad es suficiente para hincar
los anzuelos. La tararira hará el
resto masticando el molesto artificial que
tanto dolor e irritación le produce,
muchas veces asegurando su propia captura.
En mi opinión, el elevar la potencia
del equipo o el uso de uno de bait cast
se justifica solo ante la posible presencia
de ejemplares muy grandes, la posibilidad
de prender a otra especie en los lances
o la existencia de muchos obstáculos
naturales como juncos, lentejilla, gambarrusa,
elodea, etc. lo que hace que tengamos que
pelear contra el pez mas un par de kilos
de ensalada de vegetación acuática.
Por lo demás, el equipo debe estar
balanceado para el peso promedio de los
señuelos a utilizar. Su potencia
es a elección del usuario.
El calor se está instalando. A lustrar
los señuelos, separar los que están
muy maltrechos (para conservar como trofeos),
cambiar triples y llaveritos… Y a
rayar urgentemente los señuelos inmaculados!
Bruno
Saccone
Estudiante
de Ciencias Biológicas de la UBA
bsaccone@pescanautas.com.ar