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Forrajeros: mucho más que carnadas -- Bruno Saccone

Son varias las especies que sirven de alimento a peces mayores que habitan la cuenca del plata. Si bien no son exhaustivamente estudiadas, lo merecen, ya que constituyen el primer escalafón de la cadena alimentaria dulceacuícola en cuanto a ictiofagia se refiere (llámese ictiofagia a la dieta a base de peces)

El sábalo (hablaremos de el en otra nota) representa sin duda alguna el forrajero más importante y la base de la dieta de los grandes del río, aunque estos no desdeñen prácticamente ningún pez que se les ponga a tiro y quepa en sus bocas, pero ¿qué pasa con los ejemplares menores?

La tararira, por ejemplo, no es capaz de engullir un sábalo adulto, pero bien se sirve de sus juveniles como alimento, y aquí se presenta la primera conjetura en clasificar y enumerar a los forrajeros. Prácticamente individuos de pequeño tamaño de cualquier especie se pueden considerar forrajeros para especies cazadoras. No faltará la tararira que se degluta a un pequeño doradillo, para después ser engullida por su madre, cayendo los dos dentro de la clasificación de forrajeros.

Dejando este tipo de paradigmás ecológicos a un lado y teniendo en cuenta que la condición de “forrajero” se trata de una división artificial que no está delimitada por ningún carácter compartido por los individuos que la componen (salvo el ser devorados), resulta bastante ambigua y arbitraria.

Sabalito

El sabalito es erróneamente confundido por juveniles de su primo mayor, el sábalo.
Se trata de una familia distinta (por eso me refiero a el como su “primo” y no como su “hermano”) que está constituida por peces de pequeño tamaño que comparten rasgos fisonómicos y hábitos limnófagos (consumidores de detritos orgánicos). Se trata de la familia Curimatidae, compuesta de cientos de especies no todas caracterizadas, aunque el de mayor distribución y cantidad sea Cyphocharax Sp.

En el Paraná medio es común que estos peces se movilicen junto a los cardúmenes de sábalos y mojarras, y que sean atacados por doradillos que carecen del tamaño para engullir a los grandes. Al tener por costumbre nadar pegados a la orilla, los dorados en sus arremetidas frenéticas son capaces de caer fuera del agua. Si se tiene la suerte de presenciar este espectáculo y se dispone de un copo, una simple pasada proveerá de la mejor carnada posible para ese determinado momento. Ni que hablar de tener un señuelo lipless con rattles (tipo Rattlin´ Rap) de color similar.
Los sabalitos realizan migraciones reproductivas una vez al año, viven en aguas semicorrientes y se alimentan sobre los fondos de barro o arcilla blanda. Ocasionalmente aprovechan las grandes crecidas de los ríos para aventurarse por bañados y esteros y poder alimentarse del mucho más rico suelo allí presente. Grave error, porque se adentran en reino de la tararira, que se da verdaderas panzadas de ellos junto a algún ocasional cachorro de surubí. Los dorados esperarán pacientes la disminución del nivel del río para darles caza en las bocas de los desagües que se producen cuando estos ambientes vuelcan el agua en los cauces mayores.

Dientudo

Nuevamente, hay varias especies de characiformes pequeños vulgarmente conocidas como dientudos. Todos ellos son terribles y eficientes predadores de invertebrados y especies menores, muy bien propensos a tomar artificiales. Un dato muy valorable es que son incansables predadores de las larvas del mosquito, por lo que se trata de un factor de control biológico muy importante de estos molestos animalitos.

Hidrodinámicamente son muy eficientes, por lo que no es raro encontrarlos en violentas correderas o aguas abiertas sujetas a grandes correntadas.
Su reproducción no está estudiada. Sin embargo, estableciendo paralelismos con otras especies de characiformes, es muy probable que desoven en aguas someras de arroyos y lagunas y sus huevas no estén pedunculadas (unidas al sustrato), sino que estén sueltas y sean fecundadas azarosamente. Evidentemente es un sistema reproductivo muy efectivo, como lo demuestra su abundancia en casi todos los ámbitos, y en especial algunas lagunas bonaerenses.
Son animales muy agresivos, territoriales y de hábitos gregarios.
Los que más abundan en nuestros ríos son:

  • Dientudo jorobado (Cynopotomus argenteus), en donde argenteus hace alusión a su color similar a la plata. Se trata de un dientudito que rara vez supera los 15 cm. de longitud total y que se encuentra cubierto de miles de pequeñísimás escamás que se desprenden con facilidad. Se le evidencia una marcada “joroba” en el lomo.
    Según el gran pescador Roberto Zapico Antuña, esta especie se alimenta preferentemente de los parásitos que atacan las branquias del dorado, y por ello su presencia indica la de estos parásitos, por ende la ausencia de dorados. Lejos de ser esto un dato concreto y con fundamentos, vale la pena tenerlo en cuenta tanto para cuando se busca pescar dorados como cuando se atrapa uno de estos peces, que debe ser devuelto al agua inmediatamente. Además, según especialistas, su eficacia una vez fileteado para la pesca del pejerrey es muy pobre.
  • Dientudito o dientudo maculado (Charax leticiae)
    Se trata de un pececito muy parecido al anterior, pero de escamás más grandes, que usualmente viene entremezclado con las mojarras que se adquieren como carnada.
    Posee un punto negro muy bien definido a la altura de donde terminan sus aletas pectorales y por donde pasa su línea lateral.
    Este, por el contrario, resulta una carnada excelente, que puede usarse entero para buscar el matungo o la tararira o bien filetearse.
  • Dientudo común (Oligosarcus sp.)
    Este dientudo se asemeja a una mojarra ligeramente alargada y rematada en un hocico más puntiagudo. Posee escamás grandes, ojos muy desarrollados y dientes como alfileres. Se trata del dientudo que mayor tamaño puede alcanzar (a veces hasta más de 30 cm.) y el más estilizado. Los conocidos “zapatos” que se obtienen en el río de la plata cuando se busca el pejerrey pertenecen a esta especie. Se trata de una carnada excelente, que posee una carne firme y muy grasa, que absorbe poco agua y despide un olor muy atractivo, junto a una piel de un plateado intenso altamente reflectante.

Mojarras

Sin dudas el más importante de todos los forrajeros de nuestros ríos platenses. Presentes por millones en casi cualquier ambiente acuático de la cuenca parano-platense gracias a su increíble capacidad de adaptación. Estos pequeños pero poderosos characiformes de cuerpo aplanado lateralmente viven en aguas tranquilas de prácticamente cualquier espejo y curso de agua de la cuenca. Pese a su reducido tamaño, son verdaderas máquinas: devoran absolutamente todo: Zooplancton en sus primeros estadios de vida, plantas acuáticas, insectos, huevas y alevinos de otros peces, carroña, etc., para lo cual están muñidas de una boca protrusible con afilados dientes córneos en sus bordes.

Se reproducen a un ritmo increíblemente rápido. Dependiendo del clima, pueden desovar decenas de veces por año (cuanto más templada esté el agua, más desovan, aumentando la cadencia en temporada estival).

La hembra desova entre las piedras, palos sumergidos, plantas acuáticas, etc. Adhiriendo sus huevas con una secreción mucosa a estas estructuras. El macho, luego, rociará los ramilletes de huevas con su esperma, aumentando la eficiencia de la fecundación.

Las huevas que se desprenden pueden adherirse a las patas de aves acuáticas que las transportarán hasta ambientes nuevos. Las huevas resisten el viaje, y sólo eclosionarán una vez que las condiciones sean las apropiadas.

El haber adoptado esta estrategia reproductiva, junto a un tiempo de eclosión muy corto y una alta adaptabilidad de los alevinos les permitió a estos animales proliferar en cualquier espejo temporal o semipermanente de agua dulce.

Hay varias especies, pero las más conocidas e importantes son:

  • La mojarra común (Astyanax fasciatus), de un tamaño mediano (hasta 10 cm.), es la captura por excelencia de los mojarreros y probablemente la primer presa capturada por cualquier pescador. Para su desgracia se trata del alimento de cabecera de las taruchas rioplatenses, y por lo tanto una excelente carnada para tentarlas. Para el pejerrey suelen ser demásiado grandes, y además no sobreviven mucho tiempo en las bolsas y los baldes porta carnadas, y su color blancuzco y pálido no produce la atracción de otras especies.
  • La mojarrita o tetra (Hemigrammus caudovitatus) es habitante preferente de aguas más oxigenadas y cristalinas de lagunas y arroyos (Ej.: lago de Palermo, lagunas de Bragado, etc.). A diferencia de la común, esta no suele exceder los 5-7 cm. y además posee un color plateado azulado muy brillante, lo cual la convierte en la mejor carnada para el pejerrey. Se distinguen en el balde por su lomo negro azulado comparado con el verde oscuro del de otras especies.
  • La mojarra “colita colorada” (Aphyocharax rubripinnis), se distingue por su cuerpo más corto y ancho dorsoventralmente. No se trata de una buena carnada por compartir las características de la mojarra común.
  • La mojarra “pacusa” (Astyanax abramis) habita más prolíficamente las aguas paranaenses. Debe su nombre a su morfología ovoidal similar al pacú.
    Se mueve en cardúmenes inmensos, cerca de la orilla, y alborotando la superficie con sus saltos y borbollones. Aunque su eficiencia como carnada es limitada a la palometa, la manduva, el manduré y demás especies sin demásiadas preferencias, los cardúmenes en movimiento de esta especie pueden indicar la presencia del dorado.

Espero que estas líneas ayuden a entender un poco más a nuestras habituales “carnadas”, y que esto les redunde en una mejor pesca.

 

Un abrazo a todos
Bruno Saccone
Estudiante de Ciencias Biológicas de la UBA
bsaccone@pescanautas.com.ar

 
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