Tres días en la zona del Lago Verde, flotando el rio Rivadavia, el Arrayanes y el propio lago color esperanza. Paisajes que parecen salidos de nuestros sueños y una pesca de truchas inolvidable solo con moscas secas y a pez visto. El antes y el después de la experiencia y la sensación resultante de sentirse un pescador nuevo, distinto, mejor.
La camioneta de la Dirección de Pesca me condujo por los caminos de ripio del Parque Nacional Los Alerces, Chubut, hasta el lugar que sería mi morada durante tres días a orillas del Lago Verde. Todavía con el recuerdo vivo – y el cansancio- de las jornadas transcurridas en Trevelin y las buenas pescas en el Rio Grande, contemplé admirado el hermoso paisaje que se presentaba ante mis ojos. La última curva y en comienzo de una pendiente dejaron ver entre los árboles la bahía con la playa de piedra que caracteriza la margen de este lado del lago. Está nublado, se acercan el otoño y el final de la temporada. A pesar de esto, la temperatura es bastante benigna para la época y si bien sopla viento, no es tan fuerte. Pero los colores están atenuados por lo gris del día.
Tras recorrer un sendero rodeado de arboles en galería y atravesando parte del camping que allí se encuentra, llegamos a la tranquera del complejo El Aura Fishing Lodge. Sabía que el lugar tenía una muy buena fama y el orgullo de ser considerado uno de los mejores establecimientos de pesca con mosca de la Argentina; pero las fotos que vi, ni las que saque, hacen justicia a la verdadera belleza que se percibe y el aire mágico que se respira en ese lugar.
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Otra de las cosas que quedarán grabadas en mi memoria y que debo agradecer a esta nueva pasión que creció en mí de la pesca con mosca, es la relación con ciertos personajes dignos de libros de cuento. La noche anterior se presentó en medio de mi cena el que hoy es mi guía. En pocos minutos pude comprobar su sapiencia, su buena onda y su amor por lo que hace: Rodolfo “Rolo” Pradere es uno de los principales con que cuenta el Lago Verde Wilderness Resort. Varios años lleva guiando en la zona y conoce cada río, cada lago, cada montaña de esta parte de la Patagonia cercana a Esquel. Sin muchos tapujos y consciente a simple vista de mi poca experiencia, me sugirió de una forma poco diplomática que si quería aprender y saber lo que era la pesca con mosca, que dejara la caja de streamers y las líneas de hundimiento en la cabaña y que me preparara a sufrir la adrenalina de pescar “ a pez visto”. Me reconoció que lo más probable iba a ser que tuviera numerosos sinsabores y tal vez saliera frustrado, pero que si llegaba a enganchar aunque sólo fuera una trucha con una seca y un líder 4 o 5x, mi vida como pescador a futuro no sería la misma. Acepté el guante con cierto reparo y para mis adentros pensé: “… de ultima escondo la cajita en la espalda del chaleco y chau…”
Pensé que todo estaba perdido cuando a medianoche se descargó una tormenta como pocas veces antes había visto. El viento huracanado y la copiosa lluvia, me desvelaron y solo mejoró mi humor prender la salamandra a leña del estar y, enfundado en una frazada, contemplar esperanzado a través del ventanal el lago un amanecer sin agua..
Primera parte: Flotada en el Rio Rivadavia
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Los dioses se apiadaron de mí y el día nació sin nubes y con poco viento. El Lago Verde hacia honor a su nombre: el reflejo de los rayos del sol sobre su superficie lo hacían brillar como una esmeralda. Rolo y su acompañante ya me esperaban listos cerca del estacionamiento. Desayuné frugalmente por la ansiedad y me arrepentí de no probar los manjares que colmaban la gran mesa junto a la ventana. Pocos minutos más tarde, bajábamos entre los tres la balsa en el lago Rivadavia. Una oficial de pesca del Parque nos solicitó los permisos, cosa que me alegró bastante.
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Con unas pocas remadas, Rolo se acercó al paredón de piedra que hay a la derecha de la embocadura del rio del mismo nombre. Según él, muchas veces los primeros casts de precalentamiento deparan algún pique sorpresa. Mientras yo lanzaba, mi guía me miraba callado, sin emitir sonido alguno. Solo se oía el chapoteo de las palas de los remos en el agua y el deslizarse de la línea por los pasa hilos. Uno a uno fui barriendo los lugares que consideraba más adecuados para encontrar una trucha, pero sin resultado. Cuando hice una pausa, comenzó la lección.
Rodolfo tiene años de experiencia y, aparte de ser un gran casteador, está acostumbrado a ver y corregir los errores de sus clientes y amigos. Con suma paciencia comenzó a marcarme cada error, cada gasto de energía superfluo. Siempre dije que no hay mejor inversión para alguien que sale a pescar pocas veces durante cada temporada, que hacerlo con un guía. El costo es ínfimo si comparamos con las horas de instructor, y que en un día podemos aprender lo que nos llevaría meses o años de práctica solos.
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A partir de ese momento, aprendí a ver otro río y a realizar una pesca que me hechizó.
El Rivadavia es angosto, no se necesitan largos casts y desde la balsa, la tarea es más sencilla de lo que parece, especialmente si hay poco viento. Lo primero es hacer un solo tiro, sin falsos casts. A lo sumo para secar la mosca de tanto en tanto. Se usan moscas chicas y de las clásicas; Hummpies, Royal Wulff, Parachutes, Caddies, Mayflies, etc. A pesar de estar casi en el final de la temporada, hay muchos insectos en el aire y en el agua.
Como suele ocurrirle a los novatos como yo, la primera trucha se escapó. Estaba tratando de ubicar mi mosca en la línea de comida que se forma producto de las suaves corrientes del rio. Todo lo que cae al agua se concentra allí, en una delgada línea que corre y se arremolina cada tanto. El rise de una pequeña trucha comiendo a intervalos, asomando solo el “hocico” para succionar el diminuto alimento arrastrado y gastando la menor energía posible: solo la necesaria que se equipare con la aportada por el bocado. Rolo me la marcó, me la sirvió en bandeja. Un primer lance dejó mi mosca muy lejos y fuera de la línea. El segundo casi se enreda entre los árboles; el tercero, le dio a la trucha ¡en medio de la cabeza! Como era de esperar, la misma desapareció en milésimas de segundo y mi maestro solo me dedicó una mirada que decía todo.
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Recuerden que arriba de la balsa el tiempo no se detiene y perder una oportunidad, es para siempre. Empecé a tomarle la mano al tema de lanzar y hacer un mend – impulsar la caña y la línea rio arriba para que la mosca quede más tiempo inmóvil en el mismo lugar, antes de que derive por efecto de la corriente y el peso de la propia línea- inmediatamente después de tocar el líder el agua.
Hasta aquí, solo parecía cosa de encontrar los peces y ponerles las plumas “en la boca”. Pero pocas cosas me prepararon para vivir lo que experimenté minutos después. Tras darle la vuelta a un recodo con una playa de piedras, un pozón bastante ancho y de agua turquesa inenarrable, resultó ser la morada de ocho o diez truchas ENORMES. Si, a simple vista podía ver a los ejemplares mantenerse plácidamente en contra la corriente, moviendo sus colas y apenas cambiando de lugar para tomar el alimento sumergido. Según Rolo, algunas podían llegar a ¡los cuatro kilos! Y si llegaba a haber algún salmón encerrado…
Les tiré con todo. Varamos la balsa en las piedras y usé todo mi arsenal. Cuando hube acabado las secas, recurrí a ninfas mínimas con la aprobación de mi guía. En anzuelos en los cuales casi no podía enhebrar el tippet, pequeñas larvas y hormigas, princes y demás resultaron infructuosas. La frustración se apoderó de todo mí ser. Cuando bajé los brazos por el cansancio, decidimos aprovechar el lugar para almorzar. Estamos cerca de la confluencia del Colehuay con el Rivadavia. Solo cuando me aflojé un poco, pude percibir la belleza embriagadora del lugar. Saboreando las viandas que nos prepararan en El Aura, caminé río abajo para conocer más del lugar. El Rivadavia está lleno de truchas. Y esto es literal. Se ven a simple vista. Ya sea comiendo en la superficie o en profundidad, el agua es tan transparente que es imposible no verlas. A fines de temporada según mis amigos, ya hablan varios idiomas. Han sido pinchadas varias veces y desconfían hasta de lo natural. Pero si damos con la mosca justa, el lugar exacto donde comen y la presentación impecable del tiro, hay buenas chances de tentar a una de estas marrones, arco iris o fontinalis residentes.
Se me acaba el río y hasta ahora sólo conseguí perder un pique, asustar a tres ejemplares y mover a otros tantos.
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Pero Rolo no renunciaba a remar y posicionarme en los mejores lugares. Ni a dejar de corregirme e instruirme en la historia del fly según su punto de vista. Supongo que fruto de su perseverancia, más que de la mía, aconteció el milagro tan esperado. Trataba de colocar otra vez mi mosca, una Adams con paracaídas en la línea de comida. Segundos antes mi amigo me había marcado una arco iris de un tamaño bastante interesante y, para mi fortuna, muy glotona. No dejaba pasar ningún insecto que pasara por su campo visual. Un lance, y paso por el costado sin que le preste atención. Otro más, y nada. Pradere me hace cambiar la mosca, una irresistible. Consigo interesarla, se mueve, pero está lejos. Engancho en un espino pero zafo… Los brazos del remero no pueden sostener más la balsa en el lugar. Más de seis posibilidades para intentar son un lujo, y quedo fuera del alcance. Cuando miro río abajo, aparece otro remolino y una soberbia trucha comiendo en medio de él. La mosca pasó por donde tenía que pasar. La tomó con una suavidad que hacía difícil saber el momento exacto en el que debía clavarla. Parecía no terminar de subir y tomar la mosca para luego bajar con ella. Lo increíble de pescar en estos ríos, es que uno ve toda la secuencia, desde que la trucha se percata de que una mosca viene derivando. Casi no percibí cuando succionó el engaño; fue tan suavemente que me sorprendió no verlo en la superficie. Por suerte había hecho todo bien y el tippet y la línea estaban tensos. Levanté la puntera y comenzó la fiesta.
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Fue increíble y muy difícil de transmitir con palabras la sensación de tener ese pez enganchado, saltando, corriendo, queriendo meterse en cada tronco hundido cercano, sufriendo porque no cortara el fluorocarbono de 4x. Es de esas truchas que quedan en el recuerdo para siempre. La primera a pez visto, con seca, ahí y con toda la complejidad que antes les relaté. Después vinieron por suerte varias más, tanto en el Arrayanes como en el lago.
A partir de ese momento sentí que era otro pescador: uno mejor. Y se lo debía en gran parte a mi viaje al Lago Verde y a mi maestro y guía, mi nuevo amigo, Rolo Pradere
mgchaves@pescanautas.com.ar