Estamos acostumbrados a relacionar la pesca de lenguados con la boca de la albufera de Mar Chiquita, el río Quequén al verter sus aguas en el Atlántico o el puente en la zona de San Blas. En esta oportunidad Pablo Aquerrebere nos relata las bondades de pesqueros en la República Oriental del Uruguay donde los tamaños de los ejemplares capturados nos invitan a tenerlos muy en cuenta a la hora de vacacionar en el vecino país.
Entre fines de diciembre y el 15 de enero la actividad de esta particular especie se dio en dos momentos: las primeras horas del día y la puesta del sol.
Este año la cantidad de piezas obtenidas fue mucho menor a temporadas anteriores, pero mejoraron sensiblemente los tamaños. Lo sorprendente fue que las capturas no bajaron de los 4 kilos obteniendo varios que superaron, increíblemente, los 10 kilos de peso.
La zona elegida fue una inmensa ensenada que arranca de este a oeste en la playa de Solanas llegando hasta Punta Negra cerca de Piriápolis.
La pesca del lenguado podemos compararla con una cacería, un verdadero desafió que exige del pescador largas caminatas, aprender a leer el agua, y fundamentalmente no bajar los brazos en ningún momento hasta tener la fortuna de dar con ellos.
La modalidad empleada es el baitcasting con carnada: varas de 2,70 a 2,90 metros de acción media, reel rotativo del tipo Abu Ga rcía 5.500 o los modelos tipo “huevito”, como el Silver o Black de Abu García, cargados con nylon del 0,35 o 0,40 de excelente calidad.
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La línea es muy sencilla: confeccionada con dos anzuelos y brazoladas no inferiores a los 0,70 metros, la plomada depende de la corriente, siendo las más comunes de 50 a 60 gramos del tipo palito, para no enganchar en el fondo y confundir los roces en las piedras con piques.
La técnica consiste en arrojar el aparejo y recuperarlo lentamente. El pique en general es un golpe seco. Inmediatamente debemos liberar el carretel, sin soltar línea, a fin de evitar la panza en el momento de la clavada; si notamos que el pez pide sedal lo dejamos llevar, sin ofrecer resistencia, contamos hasta 30 o 50 según gusto y teoría de cada uno, tensamos, y a continuación clavamos firmemente.
La carnada por excelencia es el filete de pejerrey mediano a chico en lo posible bien fresco, no descartando las tiras de calamar, con las cuales también obtuvimos excelentes resultados.
A mediados de enero emprendimos nuestro regreso a Buenos Aires, con la promesa de volver a intentar dar con grandes lenguados más adelante.
Tras un mes de ansiedad e ilusiones, el 11 de febrero nos encontrábamos conversando sobre esta veleidosa pesca con nuestros amigos uruguayos.
Nos comentaban que la pesca estaba muy irregular debido a los cambios de viento y los temporales acaecidos, esto trajo como consecuencia un cambio en las características de la costa. Los bancos, veriles y pozones (lugares elegidos por estos predadores para acechar a pequeños peces cangrejos y calamares) habían cambiado de ubicación.
Ante este panorama dirigimos nuestros pasos hacia la enorme extensión comprendida entre el faro de José Ignacio y La Paloma.
Aunque de aguas más profundas, hacia sus extremos la playa adquiere un perfil mas suave que permite realizar intentos con probabilidades de éxito.
En varias jornadas obtuvimos buenos resultados, no los de enero, pero ejemplares superiores a los 5 y 6 kg., que nos obligaron a ir por ellos en mas de una ocasión.
Esto nos confirma que una actitud activa y positiva es lo que nos conduce a buen puerto en esta actividad que tanto amamos. Salir de esquemas rígidos y buscar resultados ensayando lugares y variaciones de la técnica agudizan nuestros sentidos como pescadores deportivos.
Hasta la próxima aventura, Pablo.
Pescanautas agradece a Pablo Aguerrebere por permitirnos publicar esta nota y a todos los amigos pescanautas que nos ofrecen sus relatos de vivencias inolvidables.