Con mi amigo Pablo Rizzo
teníamos un asunto pendiente, ir
a pasar la noche en el delta juntos, sin
muestras familias, en busca de las grandes
tarariras. Decidimos que el viernes 28 de
diciembre sería un inocente día
para tentar a las Hoplias malabáricus,
que hasta el momento nos venían siendo
bastante esquivas.
Llegamos a la guardería
a eso de las 17 horas, con toda la vianda,
el agua, el tinto y todo tipo de carnadas.
El termómetro
marcaba 33 grados, la sensación térmica
por lo menos 36, ya habíamos decidido
que la primer parada era para un chapuzón
mientras armábamos los equipos. Nos
dirigimos hacia el río San Antonio,
entramos por el arroyo Santa Mónica
donde tenía datos de buenas pescas
de taruchas.
Ubicamos el pozo del
final, y tiramos con toda la artillería,
pero no obtuvimos respuestas, solo un bagre
lagunero, capturado por Pablo, nos hizo
buscar otro sector con mas actividad. Antes
de salir giro la cabeza hacia el sur y veo
que una impresionante nube avanzaba sobre
nosotros, lo que nos acotó los lugares
para pernoctar.
Pablo sostenía
que en el arroyo Surubí, en el primer
tramo cercano al canal Honda había
taruchas y de las azules, la nube nos venía
siguiendo, las sombras de la noche oscurecían
el río, por lo cual decidí
verificar la sospecha de Pablo y anclamos
el KIO KIO III cerca de un barco fondeado
y semi abandonado, 400 metros antes de las
curvas serpenteantes de uno de los arroyos
mas pintorescos de nuestro delta cercano.
Mientras yo armaba
dos cañas de fondo encarnadas con
morenas, Pablo tiraba una para taruchas
también de fondo y otra para ver
si capturaba alguna carpa o boga.
El agua parecía un estanque, nada
de viento , muchos mosquitos y el ambiente
que se ponía mas y mas pesado, anunciando
que la tormenta era inminente.
El primer pique fue
de Pablo que obtuvo un lindo bagre amarillo
al que fileteó como un experto. Mientras
esperábamos otro pique nos dispusimos
a comer los sandwiches y a destapar el tinto,
tarea que se me vio frustrada, una de mis
cañas se arqueaba y la chicharra
comenzó a sonar, clavé ansioso
y mal, y después de unos segundos
de linda lucha el pez zafó, la morena
estaba como chupada, muestra clara que no
era una tarucha, al rato otra vez , el mismo
pique, ahora me tomé mi tiempo ,
la lucha se prolongó un par se minutos,
pero otra vez ganó el pez y la morena
ya parecía trasparente, por lo que
la cambié por filete de bagre y me
dispuse a descorchar finalmente el tinto.
La actividad de los
refucilos contrastaba con la cantidad de
piques, varios minutos de espera y tengo
un pique mas violento, clavo y una palometa
del tamaño de un plato se había
tragado el anzuelo 4/0 de mi línea.
El viento comenzó
a soplar y la corriente cambió de
sentido, al igual que la marea, lo que deseábamos
a esa altura era un pique aunque mas no
sea uno. Fue al rato que observamos que
la puntera de la caña de spinning
cargado con multifilamento comenzó
a cabecear, esperé y deje comer,
al ratito una fuerte llevada y clavé
con ganas, el pez salió como un rayo
en direcciones cambiantes y quitaba y quitaba
hilo, lo pude frenar primero frente a los
juncales y cuando cruzó el rió
en dirección a los troncos semi sumergidos
pego un salto y pudimos ver que era una
tarucha grande, acá nos atrapó
la ansiedad y el miedo a perderla, a mi
pues jamás había tenido una
lucha tan mano a mano con una tararira de
ese porte y para Pablo pues es amante de
las empanadas gallegas de tarucha. La fui
arrimando sin aflojar, Pablo agarró
el copo, sacó medio cuerpo afuera
del barco y lo sumergió esperando
la llegada del pez, al verlo, todavía
bajo el agua en un artístico movimiento
logró introducirlo en el copo mientras
la tarucha con contorsiones violentas le
lavaba la cara una y otra vez hasta que
la izó a la embarcación. ¡Que
taruchón!, medio retacón pero
muy cilíndrica acusó 4 kilos
en la balancita.
Las primeras gotas
nos trajeron de nuevo a la realidad, preparamos
la nave para la tormenta teniendo mucho
cuidado con los rayos que caían por
todos lados, para esto pusimos todas las
cañas en forma horizontal y no levantamos
la antena del VHF.
Luego movimos la embarcación,
y esto que sirva de consejo, buscamos una
zona libre de árboles y embicamos
el barco con la proa al sudeste, la idea
es la siguiente, al estar tan baja el agua,
el miedo era que se desate una sudestada
mientras dormíamos, y de no fondear
así, corríamos el riesgo de
terminar en tierra firma y que si el río
bajaba de repente sería imposible
regresar a su cauce natural.
La lluvia fue tremenda,
desde ya que la pesca se cortó por
completo y casi no pudimos dormir, pero
cada tanto salíamos a controlar nuestra
posición y observábamos la
gran captura. Con mi amigo Pablo compartimos
otra salida juntos, el pique, la comida
las bromas, el vino, las fotos, pero aún
no probé la empanada gallega...