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De señuelos y tarariras en Oyarbide -- Mauricio Oñate


Todavía estaba haciendo frío para que las tarariras estuviesen agresivas. No obstante ello, veníamos de un sábado con viento norte, noreste sostenido que hacía que a partir de media mañana la calidez de la primavera se derramara sobre el reparo de los arroyos del Delta. Las glicinas, hacía al menos una semana que le estaban colgando el color lila al verde de algunos de los dueños del Delta, los árboles.

Probablemente fueron mis ganas de calidez y flores lo que motivo a que ni bien comenzaba a clarear, estuviera al timón de mi lancha, junto con mí compañera, dibujándole las primeras estelas de espuma blanca a los otros dueños del Delta, los ríos.

De este modo, en algo así como una hora estábamos fondeados en una de las lagunas interiores que se esconden al sur de la isla Oyarvide.

De arroyos y lagunas

Usualmente, cuando entro en alguna de estas lagunas, me tomo mi tiempo para armar los equipos, tomar un café y reconocer el lugar, poniendo la mirada, principalmente, en detectar si hay movimientos de peces, si están comiendo y cómo lo están haciendo. De este modo, a la vez de aprender, dejo que lentamente vuelva la calma y que la naturaleza recobre su ritmo; que por cierto, esa mañana venía bastante agitado. Habíamos ido a buscar tarariras y allí estaban. Cazando en muy poca agua y preferentemente pegadas a los camalotes o directamente debajo de ellos. Estos movimientos, me daban la pauta de qué tipo de señuelos comenzar a utilizar.


Plop

A modo de referencia, empezamos a pescar en una profundidad de 50 centímetros. Dirigíamos nuestros lances hacia la costa, en donde no había más de 10 centímetros y traíamos los señuelos de modo tal de hacerlos pasar pegados a los bordes de camalotes. El Plop que había elegido para comenzar a pescar, estaba haciendo su trabajo.

Un tirón brusco con la puntera de la caña, unos 2 ò 3 segundos quieto, un tirón más suave y de nuevo la quietud, recoger un poco de nylon con pequeños tironcitos, de nuevo la pausa y el movimiento seco de la puntera dado con cortos pero enérgico golpes de muñeca. Uno, dos, tres tiros intentando darle vida a ese muñequito verde que iba, cómo un pedacito de nada, cortando el aire y volvía, como algo con vida, rompiendo la superficie del agua.

Estaba tan atento a cómo se movía mi señuelo, que apenas si alcance a ver la dentellada que cómo un rayo lo tomó a la vez que intentaba llevarlo debajo del camalotal. La caña en alto, con el mango apuntando al cielo y la puntera señalando el agua. El freno del reel defendiendo al nylon, yo como bobo, yendo desde el embrujo místico de ese minuto eterno del pique, a la conciencia de lo que debía hacer para concretar la captura. La tararira queriendo comer “ese muñequito” a la vez que, desconcertada, se defendía de lo desconocido.

En realidad sólo fueron unos minutos hasta el arrime a la embarcación pero, para esta época y por ser de las primeras con spinning, pareció toda una eternidad.

Cambiamos de señuelo, esta vez un Crazy Crawler nadaba con su particular estilo, simpático y gracioso, a la vez que dejaba una pequeña estela de espuma y diminutas burbujas.


Crazy Crawler

 


Mojarra

Una y otra vez iba completando un abanico imaginario pero, esta vez las tarariras no se sentían atraídas por la cadencia de este “loco crawler”. Los chasquidos y los saltos debajo de los camalotes seguían sucediendo.

El viento se había despertado, rizaba la superficie y, dándole batalla al sol, nos recordaba que el frío, anárquico, aún no se había ido. Las ramas de los sauces, estrenando verdes, acariciaban mi mirada.

Nuevo cambio de señuelo, esta vez una mojarra chica de paleta corta , y a probar suerte haciéndola trabajar a media agua.
Un lance al centro de la laguna, luego otro hacia la margen derecha, otro de nuevo al centro y uno más hacia la margen izquierda. El señuelo cae, dos vueltas a la manivela del reel y mi “mojarra” que frena su natación bruscamente. Clavo hacia el costado y el sesgo del nylon dibuja una V con el vértice apuntando a la parte más profunda del canal. Vuelvo a clavar con un golpe seco, mientras afirmo el carrete del reel con la mano y.....de golpe , la tensión del nylon cede. La caña sin tensión.. y mi “mojarra” que vuelve sin su paleta, despintada y con los dientes marcados. Algún doradillo había desayunado plástico esa mañana...

Mientras buscaba en mi caja algo que se pareciera a lo que el doradillo había destruido, repartía mi atención entre los colores y la precisión de un Martín Pescador que estaba comiendo mojarritas y la puntera de la caña que habíamos encarnado con filet de sábalo fresco. Esta vibraba y cabeceaba intermitentemente. Tenia la línea armada con una pequeña boya Plop que utilizo sólo como indicador de pique y estaba navegando muy despacito y suave (podría compararlo con la sutileza de alguien que camina en puntas de pie para no ser descubierto)

Empuño la vara, quito la chicharra y libero totalmente el tambor del reel. La llevada se detiene. No obstante ello, el nylon transmite tironcitos cortos, se afloja y recobra tensión un par de veces más. Con el pulgar sobre el tambor del reel, ahora soy yo quien da pequeños tirones y afloja la tensión según mi percepción de lo que hay del otro lado de la línea. Este “juego mágico” duró varios minutos, hasta que por fin el pez , quizás irritado por los movimientos que yo le estaba imprimiendo a la caña o quizás solamente por que tuvo ganas de hacerlo, emprendió una lenta pero constante llevada..

Acompaño con la puntera de la caña en la misma dirección de la corrida, a la vez que la voy bajando. Cuando la tensión aumenta , movimiento seco hacia arriba y: el agua explota, las gotas, por unos segundos, le ponen color transparente al aire, dos Gallinetas que estaban sobre los camalotes se asustan y vuelan apuradas y otra vez a disfrutar del momento culminante, místico, preciso y siempre diferente.

En spinning continuamos probando muñecos y “latitas”. Las cucharas también irritaban bastante a las tarariras que atacaban casi cualquier cosa que se moviera por su territorio.

Cucharas

Los pájaros, el verde, el agua y la pesca se quedaron con mi tiempo de esa mañana.
Cerca del mediodía, la cantidad de piques disminuyó y debido a que el río estaba bajando bastante rápido, decidimos salir del arroyo antes de tener que esperar unas 6 ò 7 horas el repunte que nos permitiera navegar por encima de la barra de arena y fango que habitualmente protege estos lugares.

De intuiciones y regresos

Durante la tarde navegamos rumbos imaginarios, jugamos a enamorar desembocaduras que la bajante protegía sin dejarnos siquiera acariciar. Finalmente fondeábamos en aquellos lugares en donde nuestra intuición adivinaba la paz. Aquí y allá intentábamos con las bogas, pero a juzgar por los resultados, esta vez ellas habían decidido jugar a las escondidas. Con el sol poniéndole sobras al este, elegimos el regreso por la ruta de los palos que marcan el derrotero a Martín García.. Cruzamos el Paraná de las Palmas y muy despacito navegamos por sobre los palos hundidos del arroyo Surubí.

Hasta aquí, el ritmo del Delta se nos había pegado en la piel. El Urión, que a la mañana, frío, tranquilo y solo, habíamos navegado como dos exploradores, ahora nos devolvía a la realidad de un domingo que como un ladrón se nos colaba queriendo quedarse con los perfumes de las glicinas, como un arrebatador que forcejeaba por quedarse con el sol que se nos había trepado a las miradas, con lanchas, botes, cruceros y veleros que regresaban victoriosos por haberle ganado un pedacito más de libertad a la quietud de las amarras

Mauricio

 
 
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