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Todavía
estaba haciendo frío para que las tarariras
estuviesen agresivas. No obstante ello, veníamos
de un sábado con viento norte, noreste
sostenido que hacía que a partir de media
mañana la calidez de la primavera se derramara
sobre el reparo de los arroyos del Delta. Las
glicinas, hacía al menos una semana que
le estaban colgando el color lila al verde de
algunos de los dueños del Delta, los árboles.
Probablemente
fueron mis ganas de calidez y flores lo que motivo
a que ni bien comenzaba a clarear, estuviera al
timón de mi lancha, junto con mí
compañera, dibujándole las primeras
estelas de espuma blanca a los otros dueños
del Delta, los ríos.

De
este modo, en algo así como una hora estábamos
fondeados en una de las lagunas interiores que
se esconden al sur de la isla Oyarvide.
De
arroyos y lagunas
Usualmente,
cuando entro en alguna de estas lagunas, me tomo
mi tiempo para armar los equipos, tomar un café
y reconocer el lugar, poniendo la mirada, principalmente,
en detectar si hay movimientos de peces, si están
comiendo y cómo lo están haciendo.
De este modo, a la vez de aprender, dejo que lentamente
vuelva la calma y que la naturaleza recobre su
ritmo; que por cierto, esa mañana venía
bastante agitado. Habíamos ido a buscar
tarariras y allí estaban. Cazando en muy
poca agua y preferentemente pegadas a los camalotes
o directamente debajo de ellos. Estos movimientos,
me daban la pauta de qué tipo de señuelos
comenzar a utilizar.
A
modo de referencia, empezamos a pescar en una
profundidad de 50 centímetros. Dirigíamos
nuestros lances hacia la costa, en donde no había
más de 10 centímetros y traíamos
los señuelos de modo tal de hacerlos pasar
pegados a los bordes de camalotes. El Plop que
había elegido para comenzar a pescar, estaba
haciendo su trabajo.
Un
tirón brusco con la puntera de la caña,
unos 2 ò 3 segundos quieto, un tirón
más suave y de nuevo la quietud, recoger
un poco de nylon con pequeños tironcitos,
de nuevo la pausa y el movimiento seco de la puntera
dado con cortos pero enérgico golpes de
muñeca. Uno, dos, tres tiros intentando
darle vida a ese muñequito verde que iba,
cómo un pedacito de nada, cortando el aire
y volvía, como algo con vida, rompiendo
la superficie del agua.
Estaba
tan atento a cómo se movía mi señuelo,
que apenas si alcance a ver la dentellada que
cómo un rayo lo tomó a la vez que
intentaba llevarlo debajo del camalotal. La caña
en alto, con el mango apuntando al cielo y la
puntera señalando el agua. El freno del
reel defendiendo al nylon, yo como bobo, yendo
desde el embrujo místico de ese minuto
eterno del pique, a la conciencia de lo que debía
hacer para concretar la captura. La tararira queriendo
comer “ese muñequito” a la
vez que, desconcertada, se defendía de
lo desconocido.
En
realidad sólo fueron unos minutos hasta
el arrime a la embarcación pero, para esta
época y por ser de las primeras con spinning,
pareció toda una eternidad.

Cambiamos
de señuelo, esta vez un Crazy Crawler nadaba
con su particular estilo, simpático y gracioso,
a la vez que dejaba una pequeña estela
de espuma y diminutas burbujas.
Una
y otra vez iba completando un abanico imaginario
pero, esta vez las tarariras no se sentían
atraídas por la cadencia de este “loco
crawler”. Los
chasquidos y los saltos debajo de los camalotes
seguían sucediendo.
El
viento se había despertado, rizaba la superficie
y, dándole batalla al sol, nos recordaba
que el frío, anárquico, aún
no se había ido. Las ramas de los sauces,
estrenando verdes, acariciaban mi mirada.
Nuevo cambio de señuelo, esta vez una mojarra
chica de paleta corta , y a probar suerte haciéndola
trabajar a media agua.
Un lance al centro
de la laguna, luego otro hacia la margen derecha,
otro de nuevo al centro y uno más hacia
la margen izquierda. El señuelo cae, dos
vueltas a la manivela del reel y mi “mojarra”
que frena su natación bruscamente. Clavo
hacia el costado y el sesgo del nylon dibuja una
V con el vértice apuntando a la parte más
profunda del canal. Vuelvo a clavar con un golpe
seco, mientras afirmo el carrete del reel con
la mano y.....de golpe , la tensión del
nylon cede. La caña sin tensión..
y mi “mojarra” que vuelve sin su paleta,
despintada y con los dientes marcados. Algún
doradillo había desayunado plástico
esa mañana...
Mientras buscaba en mi caja algo que se pareciera
a lo que el doradillo había destruido,
repartía mi atención entre los colores
y la precisión de un Martín Pescador
que estaba comiendo mojarritas y la puntera de
la caña que habíamos encarnado con
filet de sábalo fresco. Esta vibraba y
cabeceaba intermitentemente. Tenia la línea
armada con una pequeña boya Plop que utilizo
sólo como indicador de pique y estaba navegando
muy despacito y suave (podría compararlo
con la sutileza de alguien que camina en puntas
de pie para no ser descubierto)
Empuño
la vara, quito la chicharra y libero totalmente
el tambor del reel. La llevada se detiene. No
obstante ello, el nylon transmite tironcitos cortos,
se afloja y recobra tensión un par de veces
más. Con el pulgar sobre el tambor del
reel, ahora soy yo quien da pequeños tirones
y afloja la tensión según mi percepción
de lo que hay del otro lado de la línea.
Este “juego mágico” duró
varios minutos, hasta que por fin el pez , quizás
irritado por los movimientos que yo le estaba
imprimiendo a la caña o quizás solamente
por que tuvo ganas de hacerlo, emprendió
una lenta pero constante llevada..
Acompaño con la puntera de la caña
en la misma dirección de la corrida, a
la vez que la voy bajando. Cuando la tensión
aumenta , movimiento seco hacia arriba y: el agua
explota, las gotas, por unos segundos, le ponen
color transparente al aire, dos Gallinetas que
estaban sobre los camalotes se asustan y vuelan
apuradas y otra vez a disfrutar del momento culminante,
místico, preciso y siempre diferente.
En
spinning continuamos probando muñecos y
“latitas”. Las cucharas también
irritaban bastante a las tarariras que atacaban
casi cualquier cosa que se moviera por su territorio.
Los
pájaros, el verde, el agua y la pesca se
quedaron con mi tiempo de esa mañana.
Cerca del mediodía, la cantidad de piques
disminuyó y debido a que el río
estaba bajando bastante rápido, decidimos
salir del arroyo antes de tener que esperar unas
6 ò 7 horas el repunte que nos permitiera
navegar por encima de la barra de arena y fango
que habitualmente protege estos lugares.
De
intuiciones y regresos
Durante
la tarde navegamos rumbos imaginarios, jugamos
a enamorar desembocaduras que la bajante protegía
sin dejarnos siquiera acariciar. Finalmente fondeábamos
en aquellos lugares en donde nuestra intuición
adivinaba la paz. Aquí y allá intentábamos
con las bogas, pero a juzgar por los resultados,
esta vez ellas habían decidido jugar a
las escondidas. Con el sol poniéndole sobras
al este, elegimos el regreso por la ruta de los
palos que marcan el derrotero a Martín
García.. Cruzamos el Paraná de las
Palmas y muy despacito navegamos por sobre los
palos hundidos del arroyo Surubí.
Hasta
aquí, el ritmo del Delta se nos había
pegado en la piel. El Urión, que a la mañana,
frío, tranquilo y solo, habíamos
navegado como dos exploradores, ahora nos devolvía
a la realidad de un domingo que como un ladrón
se nos colaba queriendo quedarse con los perfumes
de las glicinas, como un arrebatador que forcejeaba
por quedarse con el sol que se nos había
trepado a las miradas, con lanchas, botes, cruceros
y veleros que regresaban victoriosos por haberle
ganado un pedacito más de libertad a la
quietud de las amarras
Mauricio
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