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Todas
las especies, toda la emoción
Mirando
hacia Mar del Plata desde el piso 18 del departamento
en Miramar, los rayos y relámpagos anunciaban
una tormenta de aquellas sobre esa ciudad y por
lo tanto sobre Mar Chiquita.

A
las 5:30 hs ya estaba levantado, ansioso por la
salida, ya el cielo se veía completamente
estrellado. ¡Que suerte!, preparé
el traje de agua, una muda de ropa por si las
moscas y a desandar los 80 km que me separaban
de una nueva aventura. A las 6:30 hs, el sol despuntaba
en el horizonte.

Al
llegar a la casa de nuestro guía Pablo
Rizzo, encontré la embarcación amarinada,
en el agua con los equipos, carnadas y cajones
ordenados. Los cinco tripulantes nos colocamos
los chalecos salvavidas y abordamos la Dos Mares,
un Grand Jean 6.70 espacioso y con todos los elementos
de seguridad. Navegamos la boca de la albufera
y salimos al mar esquivando las rompientes para
anclarnos a 800 m de la costa.
El
mar estaba sucio algo revuelto, pero los piques
no se hicieron esperar. Varias corvinas y algunos
congrios y gatusos fueron capturados.
Como
los tamaños de las capturas eran chicos,
Pablo optó por otro pesquero, internándonos
unos 3000 m. Aquí el agua era más
clara y comenzaron a obtenerse besugos y cada
tanto alguna corvina, pero nuestro capitán
no se conformó y cambiamos nuevamente.
Buscando
un nuevo banco en el GPS, nos dirigimos unos 10000
m mar adentro donde las condiciones del agua eran
superiores, el clima seguía siendo maravilloso
y solo corría una suave brisa.
Y
aquí si, cambió el tamaño
de los besugos y aparecieron buenas corvinas,
pescadillas, palometas, pez palo y la "nota
musical" la dio un pez guitarra pescado por
uno de los tripulantes.
Pasado
el mediodía, cuando la suave brisa se iba
transformando en un viento molesto, regresamos
con la pesca hecha y las ganas de volvernos a
encontrar.
Pablo
Rizzo realmente no escatimó esfuerzos ni
combustible para dar con el pique en un día
complicado debido a la tormenta caída la
noche anterior.
La
jornada culminó con la limpieza y el fileteado
del pescado en manos de Rodrigo.
Quiero
agradecer a Pablo, a su mujer Flavia y a sus hermosos
hijos Violeta, Francisco y Martina por la amabilidad
y hospitalidad con la que me recibieron.
Hasta
la próxima aventura
El Rafa
Adrenalina
pura
La
familia Chamorro en pleno nos juntamos en Mar
Chiquita para hacer una pesquita con nuestro amigo
y guía Pablito Rizzo.
El día espectacular, casi sin viento lo
que nos iba a permitir navegar sin problemas.
Pasadas las 8 hs. nos encontramos con la Dos Mares
lista para zarpar con la idea de realizar una
pesca variada y dar con algún escualo.
Nos acompañaba un cliente de Pablo que
iba en busca de su tiburón, hacia un par
de años que se le venía negando,
pero ese día fue promesa del guía
el volver con uno.
Don
Gonzalo y Fede venían afilados con la variada,
en días anteriores se dieron el lujo de
obtener pescadillas con spinners.
Comenzamos
la pesca a unos 3000 m de la costa con muy malos
resultados. El mar estaba muy calmo pero el viento
del NO traía agua sucia por lo que Pablo
decidió adentrarse en el mar buscando aguas
más claras. Poca variada nuevamente, los
tiburones brillaban por su ausencia lo que incentivó
al capitán a hacer la heroica, utilizando
el ultimo recurso, nos llevo a un banco de piedras
distante unos 7.500 m de la costa.
Por
fin encontramos un lindo cardumen de besugos que
nos entretuvieron un rato hasta que empezamos
a ver, al levantar las piezas, como eran perseguidas
por unos “bacotines”.
El
pique se puso difícil, los besugos eran
chicos y nuestro compañero de pesca sentía
los efectos de las horas pasadas en el mar. Nos
dimos los típicos "10 minutos más"
y cuando no habían pasado cinco, la chicharra
canta una corrida espectacular dando por comenzada
la fiesta.
Era impresionante ver esa vara, de estreno, arqueada
a más no poder y el reel casero (si, fabricado
por su dueño) chillando sin parar. Del
otro lado, a unos 300 m algo grande pedía
línea y no hubo más remedio que
soltar el fondeo, levantar la pata del motor y
librar la lucha mano a mano entre el pescador
y su presa.
En
el fragor de la lucha, todos nosotros como espectadores
de lujo y tan entusiasmados como nuestro compañero,
sentimos un ruido metálico en el piso de
la lancha, miramos y un tornillo del reel se había
caído, el resto de los que sostenían
la carcaza no resistían la fuerza y se
aflojaban al mismo tiempo. De urgencia, con un
destornillador y mientras el pez sacaba nylon,
Gonzalo ajustaba los tornillos nuevamente.
Había
pasado una hora y ya nadie sabia cuanto iba a
resistir el equipo, era tiempo de apurar el paso.
Se puso en línea con la presa y a recoger
nylon. Fue algo impresionante poder verlo acercarse
desde el fondo, era una pieza de esas que adornan
vestíbulos con sus fotos. La adrenalina
subía cada vez más y el bacota se
rendía cada vez menos. Se acercaba, daba
vueltas alrededor de la lancha y corría...
una, dos, tres, muchas veces mostrándose
pero sin arriesgar, como sabiendo hasta donde
llegar..
Así
nos tuvo por unos cuantos minutos más,
haciendo lo imposible en pos de su libertad, pero
una hora y cuarenta minutos de constante forcejeo
son demasiado para cualquiera, incluso para un
ejemplar de sus cualidades.
Cansado pero no rendido paso pegado a la borda
y el primer bicherazo falló. Enredado en
la línea, suponíamos que esta vez
cortaba, toda la suerte que habíamos tenido
cuando se enredó en el cáncamo de
proa y en la pata del motor, sin cortar, se esfumaba...
pero no, una arrimada más y un certero
bicherazo de Gonzalo lo dejaron casi inmóvil
junto a la banda de estribor. El bravo capitán
lucio todo su coraje y al mejor estilo “Cocodrilo
Dundee”, puñal en mano, se abalanzó
sobre el escualo...
Volvimos
a respirar todos, bueno, todos menos uno...
La pesca estaba más que hecha, el cajón
con besugos era una simple anécdota. Relajados,
emprendimos la búsqueda del fondeo y nos
preparamos para navegar los casi 10.000 m que
nos separaban de la costa, ya que sin darnos cuenta,
esa maquina infernal que estaba del otro lado
de la línea nos había remolcado
2.500 m mar adentro.
Fuimos
testigos, y participes de una gran aventura. La
satisfacción en tierra fue enorme, no todos
los días uno se puede arrimar a un pescadito
de 2,40 metros de longitud.

Un
abrazo para todos
Gonza
Pescanautas
muestra siempre la realidad, pero recomienda a
los guías y pescadores, practicar la pesca
de escualos con devolución. Año
tras año la población de tiburones
disminuye un 15%. Tomemos conciencia así
todos, alguna vez, podamos disfrutar de aventuras
como estas.

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